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En letras de molde
RASCANDO EN ESO NAUSEABUNDO DE LAS GUERRAS
de J.M. Ferrer

 
Un escritor que merece urgentemente una semblanza en el capítulo correspondiente de Literatuya es, sin ninguna duda, Rafael Sánchez Ferlosio. Por mil razones, y quizás una de las más importantes por haber abandonado hace ya mucho la Literatura.

Debería escribirla alguien que le conociera bien, dejando de lado tópicos y demás, pero que rastreara y aclarara las pistas que hacen hablar de él, desde hace bastantes años, como alguien mítico. Mitos… Aún hoy se habla de la eclosión de "El Jarama" cuando se quiere reseñar la aparición de uno de sus últimos libros, o del contraste inexplicado con su "Alfanhuí". Queda marcando su carácter desde el inicio la educación, alejada de las escuelas , que él y Carmen Martín Gaite quisieron para su hija, muchos años antes que el recientemente fallecido Ivan Illich lanzara sus proclamas en esta materia. Y flota por el aire, en las escasas ocasiones en que aparece por alguna entrevista con imagen, el halo misterioso que irradia un personaje de opiniones contracorriente, de aspecto desaliñado, con cuello de camisa (blanca) retorcido…

En este clima pre-bélico de mitades de marzo he leído "La hija de la guerra y la madre de la patria" (Destino, 2002), una recopilación de artículos y escritos que ya tienen un tiempo, pero que presentan ahora una actualidad inusitada. Su libro III ("Campo de Marte") contiene una serie de punzantes escritos sobre lo que señala que hay detrás de expresiones muy ligadas a arranques de barbaridades belicosas, a las justificaciones que obligan a desencadenar animaladas de éstas que nos ocupan, etc. De su capítulo -sin desperdicio- 3 ("Catarsis"), entresaco las frases que siguen. Como siempre, valiente y sincero, no deja de ahondar en ejemplos que lo políticamente correcto, o aquello de que "el fin justifica los medios", habrían dejado en esta ocasión de lado, sin nombrar. Así, habla de la forma en que Churchill supo encandilar a toda una nación en un momento crítico muy cercano a la derrota total. Él mismo lo explica: "¿No se trataba de ganar la guerra? - preguntaría un positivista -, pero no es esa mi cuestión, sino la índole perversa de la guerra misma y en primer lugar precisamente el que haya que ganarla y el que ganarla exija rebajarse a tal extremo de primitivismo, de indigencia mental y superstición. El que no pueda hacerse otra cosa no trueca en bueno aquello único que es forzoso hacer". Veamos la frase:

"Churchill, iluminado por la Astucia de la Razón en persona, vio al instante que con la guerra ya desencadenada, Francia rendida, y en el trance más tenebroso y amenazador para la Patria, no podía incitar al pueblo a lanzarse con arrojo a la tempestad de hierro y fuego anunciando un dorado horizonte imaginario de gloria y de victoria; los númenes germánicos habían dado al enemigo todo su furor teutónico, pero él removió el rescoldo de la ideología cristiana, la única de las concepciones de este mundo que le ofrecía el instrumento de catarsis del que podía ya esperar la salvación: el amor del sufrimiento: 'Sangre, sudor y lágrimas', tres líquidos, nótese bien, que hacían un agua lustral de incomparable poder de purificación: sacrificio expiatorio ante la diosa Albión y sacrificio apotropaico ante la diosa Niké. Con tres palabras hizo sentirse en estado de gracia a la nación entera, dispuesta a aceptarlo todo desde aquel sentimiento de pureza y de inocencia, desde aquella ilusión de ingravidez angélica; ningún conjuro podría haber sido más redondamente artero y eficaz."

Y, más adelante: "Un antiguo cronista castellano describió esa sinergia de este modo: 'Cuando los hombres son muchos ayuntados, ligeramente son de engañar', donde 'engañar' abarca más que 'hacer creer mentiras', vale también como sugestionar, seducir, enajenar; enajenarse justamente cada uno, por efecto de endoso, en la totalidad. De ahí que la guerra sea el estado de suprema plenitud de un pueblo en cuanto pueblo." Quizás por esto una sensación ambivalente me invadió el viernes pasado, tras los quince minutos casi "institucionales" que en las grandes empresas se dedicaron a parar y hacer notar la oposición de la gente a lanzarse a la insensatez de la guerra que nos anuncian. Por una parte, reconfortado de ver que muchos no comulgaban con ruedas de molino. Por otra, algo incómodo al ver como, envalentonados por la fuerza que parecía inferirles el número de personas concentradas con ese propósito, un par se avanzaban dos o tres metros al resto del grupo, enarbolando una pancarta, y lanzaban gritos y propuestas de ocupar la calle, con ojos de (ridícula, si se piensa) victoria. Y por los aires de victoria de los aplausos finales en que prorrumpió la multitud, como ahora resulta que se oye en funerales ¿Por qué dejar atrás el emocionante silencio de la presencia multitudinaria?

 

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