Quedamos para aquella misma noche. Lo de no creer en las patrias era, al menos, un punto de referencia, una de esas cosas que definen, como el número del carnet de identidad. Desde entonces sabría todo lo que debía decir (y no decir) delante de ella.
Fuimos a cenar. Un restaurante elegante. Hablamos y hablamos. Eso nunca me había ocurrido con Sorkunde, que me apremiaba físicamente de forma tan inmediata que impedía absolutamente la circulación por mi cabeza de cualquier idea abstracta. Yolanda no sólo estudiaba Derecho. Por las tardes acudía a clases de alemán e italiano (El francés y el inglés formaban parte de su herencia de la infancia) pero también sacaba tiempo para acudir a un gimnasio. En Navidades esquiaba sobre nieve, en Semana Santa esquiaba sobre agua y dilataba los veranos en cualquier lugar del planeta. Para ella, Londres o París eran barrios cercanos a su casa, y Vladivostok algo tan lejano como, para una estructura mental diversa a la suya, Burgos o Logroño. No es que yo fuera un viajero precisamente. A decir verdad, odiaba los viajes, y también a esa gente que los practica a menudo y acaba hablando de ellos con el orgullo un poco idiota del que muestra un trofeo de caza. Yolanda me abrumó. Quince años más joven que yo y, sin embargo, había estado en todas partes. - Yo soy una ciudadana del mundo -acostumbraba decir (frase que demuestra, una vez más, que viajar mucho no certifica una completa lucidez). Sus notas eran brillantísimas. Sabía bastante de informática y tenía en su haber la asistencia a diversos cursos, seminarios y jornadas: desde modelo a relaciones internacionales. Perfecta analfabeta de nuestra política local, le apasionaban sin embargo otro tipo de cuestiones: las relaciones Este-Oeste o las relaciones Norte-Sur. - ¿Qué opinas del problemas kurdo? Fue, por ejemplo, lo primero que dijo en el restaurante, cuando regresaba del cuarto de baño. Lo dijo casi desde la puerta, mientras avanzaba por ese pasillo que formaban las mesas repletas de gente. Lo dijo con voz alta y segura, mientras avanzaba hacia mí, contoneándose. Yo estaba terminando mis natillas. La cucharilla se paralizó entonces a la entrada de mi boca. Muchos comensales volvieron la cabeza para mirarla. Estaba dirigiéndose a mí, pero parecía preguntar qué opinaba sobre el problema kurdo a todo el restaurante. Sin embargo nadie se rió. Quién podría reírse de aquel vestido rojo tan ajustado o de aquellos zapatos de tacón alto que percutían sonoramente sobre el suelo de madera. - Los kurdos, claro. - Un genocidio. Es indignante -dijo. - Desde luego. Intolerable. Los kurdos me habían parecido siempre muy nacionalistas, pero creo haberme explicado: la cortesía y todo eso. Acabamos en un hotel de la ciudad e hicimos el amor. Yolanda tenía experiencia y, como era una ciudadana del mundo, yo estaba seguro de que ya habían pasado por su vagina al menos un negro, un árabe, un surfista de California, un coleccionista de bonsáis de Yokohama y numerosos profesionales liberales de cualquier capital europea. - No ha estado mal - dijo a la mañana siguiente, yéndose a la ducha. A mí me había parecido formidable, pero no lo dije por prudencia: hubiera podido decepcionarla. Desde entonces, nos vimos con frecuencia. Hablábamos de todo. De arte y de política. De moda y de Dios. Del sexo y del petróleo. Yolanda era de esas personas que no sólo quieren saber mucho, sino también relacionar sus conocimientos, formarse juicios y opiniones, apuntar con cuidado dónde deben sentenciar con rotundidad y dónde comentar prudentemente "Es un problema más complicado de lo que parece". Y, por supuesto, no confundir cuándo emplazarse en uno u otro de esos dos criterios. Una sola equivocación en ese campo puede costar a una persona inteligente toda su reputación. Pero su praxis de la inteligencia incluía también las lenguas. Después de todo, yo tenía facilidad para los idiomas (qué remedio me quedaba). Yolanda no pudo resistirse. Iba por temporadas. Yo debía esperar su primera frase, en uno u otro idioma, para elegir en mi cabeza el código que correspondía aquel día. Resultaba un poco ridículo tomar algo con ella en una cafetería donde me conocían desde siempre y sentirme obligado a ignorar a mis amigos para enfrascarme en una hermética conversación en otro idioma; o encontrarme en el bar de la universidad con unos colegas, y ver cómo se acercaba un vestido rojo para, sin prestar atención a nadie, oír que me decía, tras un leve toque en el brazo: - Darling, remember we´ll go to the cinema tonight. Cierto día. Yolanda me estaba comentando sus progresos con el italiano. - Es una lengua preciosa, de gran musicalidad. Ese era el tipo de piedras angulares que sostenían nuestra relación. - Cariño, ya sabes que la conozco sobradamente. También empezamos a hablar en italiano. Pero yo me sentía ya desfallecer.

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