"Dentro de poco dejaré de existir -dijo inexpresiva mostrando una pistola automática-, claro, ahora mismo estoy hablando en presente. Mi presente. Tú, en cambio, considéralo como pasado; cuando veas esto hará mucho tiempo que desaparecí; seguro que te preguntarás por qué. Yo tengo otra pregunta: ¿Por qué respondiste al anuncio? Ya conocías esta pregunta, te la hice en más de una ocasión. "El morbo de ser observado", contestabas una y otra vez. A mí también me gustaba que mi marido me observara cuando hacía el amor con otro; aunque he de confesarte que me gustaba más cuando él no podía vernos o, mejor dicho, cuando tú imaginabas que él no podía vernos. Pero de eso hace mucho tiempo. Insistías, volvías una y otra vez y yo no podía escapar a tu demanda; aquello que bien pudo ser una colección de encuentros esporádicos se transformó en una red que nos estranguló" "Mis preguntas. ¿Recuerdas aquella noche en que te pregunté si alguna vez habías matado a alguien? Dudaste. Tardaste en responder. No dijiste nada pero negaste con la cabeza. Una negativa tranquila y a la vez sincera, pero al mismo tiempo turbadora. Te creí, no habías matado nunca a nadie pero también entendí que un gesto mío bastaría; quizá interpretaste que aquello se trataba de una orden. Toda una demostración de tu necedad. ¿Cómo iba a saber yo que, tres semanas después, te temblaría la mano?" Colmeiro se revolvió en su silla. No era posible que ella supiese que fue él quien apretó el gatillo. Nunca comentó nada con ella mientras tramaba su plan, ni siquiera una alusión, una palabra extraviada o una frase huida de un sueño. Pensó que quizá la intuición acaba materializando aquello que abraza. Años atrás dejó un cuerpo convulso y ensangrentado a sus espaldas en la puerta de una sauna con la noche como único testigo. Todavía le parecía oler esa sangre, escuchar el eco del disparo romper el silencio de la oscuridad. Y a pesar de lo escandaloso de aquel cuerpo desplomado y espasmódico sobre la acera ni siquiera fue relacionado con el asunto. En ocasiones, Colmeiro, pensaba que aquello había ocurrido tan sólo en su imaginación. La expresión de Helena se serenó en la pantalla. -Él no se equivocó; siempre supo que debió de tratarse de uno de mis amantes. Aquello no era una cuestión de negocios, no, las financias se resuelven por medio de accidentes. Y aún así, desde su silla de ruedas, decidió que la justicia la impartiría en mí. Te tembló el pulso, Flavio. Y gracias a tu maldito pulso, a tu puta bala perdida entre dos vértebras en lugar de la nuca, gracias a todo eso, un día desperté y comprobé estupefacta que mi muñeca estaba esposada al cabezal de la cama. Desde ese momento él comenzó a descargar toda su venganza sobre mí, alimentada como un perro y violada por embajadores de la escoria mientras él miraba sin parpadear desde su silla de ruedas. Perdí la noción del tiempo que pasé esposada a la cama. A oscuras. Todavía me parece oír las ruedas de la silla rechinar en dirección al cuarto, en dirección a mi miedo. Su voz cavernosa y malhumorada y resentida: "¿No tenías suficiente?" Acabé desmoronándome bajo ese eco ¿Creías que dejé de responder a tus llamadas por gusto? ¿Pensabas que el silencio al otro lado de la línea me pertenecía? ¿Tal vez enojada porque lo intentaste matar? Si acaso, porque ni de eso fuiste capaz. "Ahora ya sabes de mi silencio, ya conoces el trozo de historia que te falta y ya puedes deshacer todas tus elucubraciones. No creo que pueda seguir ocultando el cadáver durante mucho más tiempo. A veces se desprende algún muelle de la cama ¿sabes? Un muelle que se clava en el corazón, hay tantas cosas que se clavan en el corazón... Costacorta te mostrará la salida" La pantalla se fundió en negro y a Flavio Colmeiro le pareció que el rostro de Helena sobrevivía al fundido de la pantalla. Cuando dirigió su mirada al notario, éste le estaba apuntando con una pistola. -No lo tome como algo personal, señor Colmeiro.

|