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LECTURAS OLVIDADAS
de Ignacio Ortolá

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1.- CUANDO LOS ESPEJOS SON CRUELES

Hay ocasiones en las que mi apariencia me aburre. Me miro al espejo y la imagen que me devuelve me parece vulgar, tan sosa y anodina, que hace brotar en mí el triste pensamiento de que paso por la vida sin dejar más huella que la de unas pisadas sobre la arena que las olas del tiempo se encargarán de borrar irremediablemente.

Esto me desasosiega y hace que se me ocurran proyectos delirantes con los que sazonar mis días y volverlos eternos, dignos de ser recordados. Son quizás empresas de muy improbable realización o aventuras imposibles más propias de un capítulo de Verne o de Salgari que de mi diario, pero en las que siempre resulto ser un osado protagonista que vuela alto sobre el común de los mortales. En ellas doy pinceladas de colores nítidos que mi imaginación dibuja para alegrar mi tránsito vital y, aunque no se materialicen jamás, en mi fuero interno pasan a incorporarse a la historia de mi vida con la misma fuerza y naturalidad que hubieran tenido de ocurrir realmente. Entonces la imagen gris que en el pasado me devolvía cruelmente el espejo sin un ápice de compasión, se convierte en la fotografía de vivos colores de un héroe moderno reconocible hasta en el sutil brillo de sus pupilas, un dechado de inteligencia, sagacidad y buenas maneras.

Recientemente sufrí una de estas decepciones ante el espejo. Quedé abatido ante mis veteranas canas, tan iguales a las del resto de los cuarentones, los cincuentones… “Las canas son el paso previo a la decadencia definitiva –pensé, triste y meditabundo, mientras me derrumbaba sobre el sillón- son blancas, el color de la nieve, el color del frío, del invierno, de la decrepitud. A pesar de mis cuarenta y tres años tengo el pelo igual de blanco que el de un anciano de setenta y tres, y por tanto nada me diferencia de él, excepto que todavía conservo la dentadura… ¡por el momento!”.

Me encontraba en plena divagación crepuscular, pero en esta ocasión no se trataba de una crisis cualquiera como otras veces. Mis pensamientos se precipitaban en caída libre hacía el abismo y nada los detendría hasta que se estrellaran contra la cruda realidad. Con la mirada perdida en el techo giraba lentamente entre las manos un vaso de vino con el que mitigaba mis pesares. Pequeños sorbos me inundaban la boca con el sabor rojo de las uvas mientras mi mente vagaba entre negros desfiladeros y mis ojos paseaban su decepción por los estantes repletos de libros de la habitación.


2.- LOS LABERINTOS DEL SABER


En estas divagaciones me encontraba cuando, poco a poco, con el mismo ritmo lento y descuidado con que fui dando cuenta de la botella, acabé interesándome por los títulos grabados sobre los lomos de colores de los libros.

La contemplación de una biblioteca siempre encierra un cierto componente iniciático; nunca se la conoce por completo aunque sea propia y modesta. Entre las filas de libros se esconden títulos comprados en determinado momento bajo el impulso de quién sabe qué inquietudes intelectuales más tarde olvidadas o arrinconadas por el impulso de nuevas curiosidades, eterno camino que el pequeño lector jamás termina de recorrer.

Desde mi sillón leía con interés creciente los títulos. Algunos estaban rotulados con grandes letras sobre el amplio lomo de una obra enorme que amenazaba ser de tediosa e inacabable lectura. Otros apenas resultaban legibles debido a su microscópica letra impresa sobre esmirriados volúmenes incapaces de contener su largo título. Y los había también de retorcida tipografía, con alargados adornos que hacían imposible el reconocer las palabras: “con semejante florilegio nadie se atrevería jamás a leerlo, no comprendo cómo fui capaz de comprarlo siquiera”.

Tras un rato de concentrado deambular visual reparé en unos volúmenes que reposaban acostados sobre un estante. Espoleado por la curiosidad fui inclinando la cabeza con el ánimo de dilucidar qué extraños libros eran aquéllos que rompían el orden y la armonía de mi bien dispuesta biblioteca. Temo que mi vista no es muy buena; nunca destaqué entre mis condiscípulos a la hora de copiar de exámenes ajenos –no por falta de interés, sino de condiciones- y la botella de buen tinto que ya navegaba entera por mis venas nublaba mis ojos con los vapores engañosos del alcohol. Así pues, incapaz de mantener por más tiempo semejante posición que me podía descalabrar de un momento a otro, me levanté del sillón, me acerqué hasta la estantería y alcé ligeramente los libros para descubrir de una vez por todas qué diablos se ocultaba allí. Cuando leí los títulos no pude contener mi sorpresa: “La Odisea”, “La Eneida”, “La Ilíada”, “La Divina Comedia”.

Recordaba vagamente haber leído La Odisea en tiempo lejano, las aventuras de Ulises -el rico en ingenios- se entretejían entre mis recuerdos de joven lector junto con las mías propias -seguramente más imaginarias aún que las cantadas por Homero- pero en absoluto guardaba en la memoria el menor rastro de las demás obras: nada de La Ilíada, excepto la historia del caballo de madera; y mucho menos de La Eneida, ¿acaso el nombre de su protagonista? Respecto a La Divina Comedia… mejor dejémoslo correr, un vacío completo, ¡nada de nada!

Con el asombro marcado en el rostro, incapaz de recordar que en un tiempo seguramente remoto en que mis neuronas, además de más despiertas también eran más osadas, incapaz de recordar, digo, que hubiera leído en alguna ocasión unos libros tan seleccionados, ojeé las páginas de La Divina Comedia, que era la que estaba sobre las demás obras. No daba crédito a mis ojos: “no es posible que en algún tiempo de mi vida haya despachado semejante memorial y que no conserve ni una sola idea de él, ni un mal esqueleto, ni siquiera un pequeño huesecillo roído con el que sorprender a mis amigos, en su mayor parte unos iletrados convencidos de que la única sabiduría se encuentra en las tabernas escondida en el fondo de un tonel”.

“¡Y además está en verso!”, exclamé.

Entonces ocurrió el milagro. Aquellas palabras activaron un resorte oxidado en mi cerebro y los recuerdos vinieron a mí. El comentario respecto a los versos expresado con la voz de la incredulidad, me trajo a la memoria la lejanísima rememoración de unas reflexiones que escribí con entusiasmo juvenil tras la lectura de la obra del Alighieri. El recuerdo acudió seguramente porque esa misma sorpresa que me acababa de producir la visión de los versos, fue precisamente la que me deparó la obra el día lejano en que la cogí de entre los anaqueles de la vieja Librería París-Valencia donde la compré.
Todavía no completamente convencido de que en algún día perdido en el tiempo hubiera leído obra tan seria y voluminosa, y mucho menos aún de haber escrito comentario alguno -o en todo caso sabiéndome muy capaz de hacerlo impunemente sin haber leído siquiera una página- me puse a revolver viejas carpetas en las que guardaba algunas líneas escritas en mi juventud en papeles que ya amarilleaban. Palabras escritas con la veleidad… de quien todavía no conoce nada y cree estar descubriendo el Congo. Tras un rato de marear los papeles de aquí para allá y rebuscar entre cajas y baúles, encontré aplastado bajo el manual de Derecho Romano del profesor Valiño lo que buscaba: tres cuartillas cuadriculadas escritas por las dos caras se iniciaban bajo el escueto –y severo- título de: “La Divina Comedia. Dante”, como si se tratara de una tesis doctoral… ¡de tres cuartillas! En fin, creo que debo ser indulgente conmigo mismo.

Fue entonces cuando recordé con toda claridad los tiempos en que, en uno de mis arranques fantásticos que me impelían a huir de la gris monotonía, ¡planeé convertirme en un intelectual!


3.- TIFÓN EN MANILA.


Mi pretendido viaje hacia el saber arrancó una lejana tarde de noviembre en la que sostenía con mi amigo Claudio Navamuño una de nuestras habituales conversaciones de jóvenes inquietos. Claudio era un tipo moreno de ojos sagaces con el que me unía una amistad a prueba de quebrantos, amistad que con el paso de la vida devino en compadreo pues acabé apadrinando a su hijo Guillermo y él a mi perro Gandul, dos glotonas criaturas. Supongo que en la época a la que me refiero debíamos tener entre dieciocho y veinte años. Malvivíamos como cualquier estudiante universitario y por lo común no teníamos en el bolsillo más que el dinero justo para tomar un vino grosero en un tabernucho o comprar ocasionalmente un libro viejo al que con frecuencia le faltaba alguna página.

Claudio era poseedor de una memoria extraordinaria que le otorgaba el privilegio de recordar todo cuanto leía, ya fuera banal o trascendente. Un calco ibérico de Funes, el Memorioso porteño. Tanto le daba repetir al detalle los diecisiete ingredientes de la bullabesa, como la lista de los filósofos presocráticos. Cierto es que no era esto virtud sino don, regalo con el que la naturaleza le había tocado y que no le llevaba más trabajo que exponer los textos a su vista como si de un papel fotográfico se tratara. Pero otra cualidad tenía mi compadre que es justo reconocerle como mérito: una capacidad de síntesis, una visión de lo esencial que le hacía dirigir su atención hacía lo verdaderamente clave de un tema, de un asunto, concentrando sus esfuerzos al máximo en esa dirección sin permitirse distracciones ni pérdidas de tiempo.

Todo lo contrario que yo, enredado siempre en fijaciones monotemáticas a las que me entregaba por largos periodos de tiempo que absorbían completamente mis lecturas. Un buen día me surgía al encuentro, pongamos por caso, el Almirante Cristóbal Colón, e inmediatamente me ponía manos a la obra, indagaba, buscaba referencias bibliográficas, compraba dos, tres o cuatro libros y comenzaba la lectura del primero de ellos, los Diarios del propio Colón, por ejemplo. Tan pronto como el Almirante citaba lecturas, autores, antecedentes, fábulas, leyendas, alucinaciones y extravagancias, de todo iba tomando yo cumplida nota en un cuaderno con el afán de conseguir también todos aquellos libros que sirvieron al descubridor para iluminar su gran proyecto. Tanto me daba que fuera el gran Beda, como el Viejo de la Montaña, el fraile Granción, o San Ambrosio, todos entraban en el saco. Colón me llevaba a comprar El Libro de las Maravillas, de Marco Polo, La Geografía, de Estrabón, la Vida de Alejandro el Grande, de Arriano, y la crónica de los viajes auspiciados por Enrique el Navegante, y emprendía su lectura con entregada pasión. Mas también aquellos sabios y viajeros remontaban su saber a otros muchos que les precedieron, y todos ellos iban ocupando su sitial en mi cuaderno, que pronto quedaba sin espacio para acomodar a tanta gente. Eran como cerezas que se engarzaban hasta formar una larga ristra. Pretendía coger una, brillante y jugosa, con el deseo de disfrutar de su sabor, estiraba de ella y me encontraba con un largo etcétera de frutos rojos enganchados unos a otros. Así era mi manera de leer.

Mientras perdía el tiempo leyendo la tramposa obra que escribió Diego Colón ensalzando a su padre, Claudio hacía semanas que había finalizado los dos libros que se agenció: los Diarios, y la acreditada biografía de Colón escrita por el profesor Fernández-Armesto que encontró por azar en la biblioteca de su tío abuelo Martín, ensayo del que leyó sólo algunos capítulos, pero que le bastó para incorporar definitivamente a su acervo los datos esenciales sobre la historia del Descubrimiento. Cuando seis meses después acabé de leer los más de quince libros que se cruzaron en mi camino durante la lectura de los Diarios, tenía una maraña tal en la cabeza que no era capaz de reconocer como cierto ni siquiera que Colón fuera el primero en llegar a América, y pasaba el tiempo en las librerías buscando títulos relacionados con las sagas danesas, los balleneros vascos y los legendarios marineros franceses de Saint Malo.

Pero volvamos a nuestra historia. Aquel día del mes de noviembre de hace ya demasiados años, conversábamos Claudio y yo mientras regresábamos de un rastreo por las viejas librerías de lance de la calle de la Nave. Le contaba a Claudio que, a pesar de los años que llevaba leyendo frenéticamente, seguía teniendo grandes lagunas. Desconocía enormes parcelas literarias que no constaban en mi mapamundi de lecturas: las vastas estepas rusas se me escapaban por inabarcables, no conocía a los hermanos Karamazov ni al resto de su familia, y los filósofos no comían jamás a mi mesa. Y lo que era peor: difícilmente colmaría mi ignorancia si continuaba hincándole el diente al primer libro que me caía en las manos sin mayor criterio, ni orden ni propósito, que la mera intuición o el impulso de los sucesivos arranques y manías personales, lecturas caprichosas que me hacían caer en largos periodos dedicados a leer todo lo publicado sobre -por ejemplo- las expediciones coloniales al África Negra del siglo XVIII, los relatos escritos ocultamente bajo seudónimo por encumbrados escritores latinoamericanos, o el teatro español del siglo de oro.

Así pues, cuando aquella tarde de otoño le planteé a Claudio mi propósito de diseñar un plan de lectura que comprendiera sin faltar uno a los más grandes entre los grandes de la literatura, un plan que me obligara a ceñirme a él escrupulosamente evitando distracciones, me encontré con su acostumbrado entusiasmo ante los nuevos proyectos y también con un importante punto de partida que nos era favorable: las lecturas que ambos habíamos emprendido hasta la fecha diferían en el modo, pero no en el objeto. Las inquietudes habían sido semejantes y por tanto las lecturas principales también. Yo aportaba mayor dispersión y heterodoxo bagaje, y Claudio rigurosa selección, solidez y buen criterio. Pero los dos coincidíamos en algunas piedras angulares. A partir de ahí, de lo que se trataba era de identificar sobre qué pilares íbamos a construir nuestro templo de saber.

Acordar una lista que albergara una veintena de títulos indiscutibles fue tarea que dio lugar a largas controversias, opiniones encontradas y, finalmente, ningún resultado. No había manera humana de coincidir más allá de tres o cuatro obras secundarias. Por tal razón, y para no pasar el tiempo discutiendo qué íbamos a leer -en lugar de leyendo efectivamente- pactamos nominar un primer libro que consideráramos fuera de toda duda -sin que fuera necesariamente el más importante- y emprender sin más dilación su lectura. Una vez finalizado éste, acordaríamos un segundo, después un tercero y así sucesivamente. Las propuestas que hicimos para ocupar el meritorio lugar de cabeza de lista fueron variopintas, descarriadas, extravagantes, disparatadas. Hay que tener en cuenta que ambos partíamos de algunos años de lecturas dispersas, heterogéneas, pero amplias, de manera que algunas de las cimas impresas habían sido ya escaladas individualmente por cada uno de nosotros, aunque con desigual fortuna: Claudio era capaz de rememorar el nombre de todos los personajes de Cien años de soledad, que se contabilizan también por centenares, y yo, tal como los leí, los incorporé a mi confusa pangea mental, inextricable ya para los restos.

Unos días después de nuestro paseo por el barrio viejo nos encontrábamos los dos sentados en torno a una gastada mesa de mármol del Café del Negrito. Tomábamos un vino barato cuando, entre sorbo y sorbo, y al albur de un titular de periódico leído al descuido que destacaba la dantesca tragedia provocada por un gigantesco tifón en Manila, los dos a una sola voz exclamamos: ¡La Divina Comedia! Fue así como decidimos que esa sería nuestra primera lectura, una obra siempre presente en otros textos, citada de forma recurrente por los más sabios, que representaba el compendio del saber de una época. Un trago del vino peleón de nuestros vasos rubricó nuestro acuerdo. Al día siguiente, cada cual por sus medios, se ocupó de agenciarse un ejemplar de la obra de Dante para emprender, por fin, el viaje hacia el saber, una obra que un periódico abandonado sobre una mesa vecina había determinado que fuera nuestra primera piedra.


4.- MANUAL PARA SER RECONOCIDO COMO UN INTELECTUAL FUERA DE TODA DUDA.


A la mañana siguiente visité la Librería París-Valencia con el temor a ser reconocido como un farsante nada más abrir la boca, un falso intelectual recién llegado de la barbarie que pretendía pasar por un Voltaire o un Diderot de pacotilla. Con estudiado aplomo ensayado ante el espejo poco antes de salir de casa me encaminé directamente hacia el fondo del establecimiento. Allí se encontraban los clásicos de Cátedra, Gredos o Espasa, una sección poco frecuentada en la que me entretuve morosamente curioseando entre los libros a la caza de mi objetivo, sin más guía que mi propio instinto, ni más ayuda que mi paciencia. No quería correr el riesgo de que alguno de los hábiles dependientes derrumbara mi endeble fachada a la primera oportunidad que le diera.

Revolviendo entre los centenares de volúmenes ordenados con pulcritud me salieron al paso todas las obras escritas desde la invención del pergamino, excepto La Divina Comedia. Buscaba y rebuscaba, pero no había manera de dar con ella. Y cuanto más se resistía, cuantas más dificultades encontraba, mayor era mi interés por hallarla. Pensé que La Divina Comedia era un libro tan poco solicitado que probablemente se agazapaba con habilidad entre la espesura libresca desde hacía años sin que nadie lo reclamara. Por lo poco que sabía me enfrentaba a una pieza de caza mayor, huidiza como pocas otras en la sabana literaria, así que olisqueaba en todos los rincones en la confianza de que por mucho que se escondiera la acabaría localizando. Pero el tiempo pasaba, se acababa mi paciencia y la fiera no se dejaba ver. Me resistía a acudir a un dependiente, temía que un titubeo incontrolado trepara por mi garganta al citar el nombre del Divino y me delatara, urbi et orbe, como el ignorante universal que era. Pero ya no me quedaban alternativas.

Escogí con disimulo al que parecía el empleado más novato y le pregunté con falsa desenvoltura, como si cada día desayunara con los siete sabios de Grecia: Perdona, estoy buscando La Divina Comedia de Dante y no la encuentro, ¿podrías ayudarme? El joven dependiente, que lucía unas greñas rizadas que le llegaban hasta los hombros, contestó con cierto sarcasmo: ¿Cómo dices que se llama la autora? Su respuesta me dejó confuso. Pero tras su aparente -y sospecho que fingida- ignorancia, el joven resultó ser un sabueso de sutilísimas artes venatorias. Le daba igual perseguir a Defoe, que a Sthendal o a Proust, y en apenas unos minutos olfateó la pista y acabó localizando la obra en su madriguera: La Divina se ocultaba cubierta de polvo tras las obras completas de Virgilio, un hábil escondrijo desde el que llevaba años observando las aburridas caras de los clientes.

El dependiente me ofreció la obra mientras me observaba con mirada curiosa intentando averiguar qué clase de individuo era capaz de pagar por aquel libraco polvoriento. Con su media sonrisa me entregó el libro y esperó mi reacción. Nada más recibirlo noté la sobrecarga de papel que el maldito Dante había empleado en escribir esa comedia divina nada liviana. Dándole la espalda ligeramente al sabueso sopesé el volumen; las mil quinientas o dos mil páginas que, a ojo de buen cubero, le echaba, pesaban atrozmente, y por primera vez desde que acordé con Claudio la lectura de tan alta obra, fui consciente del tremendo lío en el que me había metido. Sentí que las piernas me flojeaban por momentos. Amenazaban con dejar caer mi cuerpo provocando un estropicio en la colección completa, en elegante piel de color azul, de la editorial Gredos. Abrí el libro lentamente, con cuidado, y ojeé con curiosidad su interior, sin dejarme amedrentar por las inquisidoras miradas del dependiente. Leí:

A mitad del camino de la vida,
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado


¡Yo sí que me sentí extraviado en mitad de una selva oscura en ese instante! Aquella fue una inesperada sorpresa para la que no estaba preparado. Quedé petrificado, como una estatua, con una sola idea en la cabeza: que nadie sospechara jamás -y mucho menos Claudio- que había olvidado que La Divina Comedia ¡era una obra en verso!

Con el dedo tembloroso pasé una página con la secreta esperanza de encontrar en la siguiente el alivio de un texto en prosa… pero nada, allí seguían los versos uno tras otro hasta el final de la página. Hice un nuevo intento con algo menos de fe y mucha más ansiedad, y me topé de nuevo con otra sucesión de endecasílabos, ras-ras-ras-ras, que ocupaba toda la página. Con la desesperanza atenazándome el corazón pasé con rapidez las páginas recorriendo a velocidad de vértigo el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, y mis peores expectativas se vieron materializadas ante aquella pesadilla de versos infinitos.

Continuaba plantado frente a los estantes sin saber que hacer. El momento de tomar una decisión había llegado y no debía demorarlo más. Inspiré profundamente, cerré el libro aparentando convicción y sonreí. En el tono más sincero posible pronuncié estas palabras: "Me lo llevo". Al dependiente le cambió la cara. Emilio continúa trabajando en la librería, sólo que ahora le queda menos pelo y es el encargado. Cuando aparezco por la tienda en busca de algún libro siempre me saluda con su sonrisa irónica.

Mi gran momento había llegado por fin. Había entrado en la tienda en busca de una obra reservada solamente a una minoría selecta de cultos lectores y, a pesar de su hojarasca, a pesar de sus decenas de versos amontonados en cada página, ¡la había comprado! Me sentía orgulloso. ¡Me había convertido en un intelectual!

Relajado, satisfecho de mí mismo, disfruté de la íntima convicción de pertenecer a una elite silenciosa y discreta de verdaderos connaisseurs de la cultura. Me imaginaba como perteneciente a una suerte de hermandad al estilo masón, en la que sus miembros nos reconocíamos con apenas una mirada inteligente y un secreto símbolo realizado con los dedos. Desde lo alto de mi recién alcanzada posición de intelectual observaba a los demás clientes de la tienda como mis vasallos, pobres mortales que jamás llegarían a conocer los verdaderos arcanos de la sabiduría universal.

Con el libro bajo el brazo caminé con parsimonia hacia la caja registradora. La librería entera, la totalidad de los libros que albergaba, eran míos, pues aquellos eran mis dominios naturales, y tenía la certeza de que en breve plazo dominaría la filosofía, las ciencias y las artes, disciplinas que se abrirían a mi entendimiento y las absorbería como por ensalmo sin mayor esfuerzo.

¡Era el amo del mundo!


5.- TRES CUARTILLAS.


A la mañana siguiente, cuando tomaba una taza de café y vi sobre la mesa el libro que me aguardaba intacto, no pude evitar un pensamiento mezquino: "¿acaso no habré malgastado mi dinero?".

Imposible. Los intelectuales –pensaba- nos debíamos a nuestro objetivo de búsqueda del saber y eso requería en ocasiones duras exigencias, sacrificios que había que arrostrar con dignidad y entrega. Aparté con un gesto de la mano aquellas dudas tempranas que me enturbiaban las ideas e inmediatamente puse manos a la obra y comencé la lectura de La Comedia a buen ritmo. Todos los días despachaba una buena porción de páginas y tomaba notas de cuantas cuestiones llamaban mi atención. Pasados apenas dos meses, la di por finalizada y me propuse redactar un pequeño comentario para confrontar mis conclusiones con las de mi compadre Claudio. El resultado de aquella labor de exégesis, transcrito palabra por palabra sin la menor alteración, es el siguiente:


“La lectura de La Divina Comedia me ha proporcionado gratísimos momentos que difícilmente hubiera saboreado en el caso de haber optado por una versión en prosa. Se trata de una obra que debe ser leída en verso para disfrutarla plenamente, puesto que en verso fue concebida. Es cierto que en principio la inmensidad de los versos infinitos apabulla al lector impidiendo el necesario relajo con que se debe afrontar su lectura. Sin embargo, una vez superados los primeros titubeos, sorprende comprobar la facilidad con la que nos sometemos a su métrica y ritmo. La cadencia de las frases aligera la lectura y encadena nuestra voluntad, nos fuerza a seguir entonando la armonía de los versos como si se tratara de una canción.

No podía ser de otra manera. El contenido de los cantos, el objetivo de Dante es tan amplio, tan enorme su recorrido por la sabiduría, que hace necesario el vehículo de unos versos perfectamente medidos cuyo ritmo nos empuje en la lectura tirando de nosotros como una máquina de vapor.

En efecto, Dante nos sorprende de continuo con la vastedad de sus conocimientos. La Divina es una obra de madurez, fruto de una vida entregada al estudio y a la creación literaria. Esto mismo es reconocido por el autor, que persigue con esta obra alcanzar definitivamente el lugar reservado a los mejores poetas y ceñir sus sienes con el deseado laurel. Ninguna disciplina se escapa a su dominio: astronomía, geografía, matemáticas, medicina, botánica, teología, filosofía, mitología, historia; todas las artes y las ciencias desfilan por la obra con el beneplácito de su soberbio autor, dispuesto a mostrar al resto de los mortales todo el enorme peso de su erudición. La Divina Comedia se transforma así en un inestimable “libro de citas” donde podemos encontrar los más variados epigramas.

La obra, estructurada en tres partes, narra el viaje del autor a través del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, en busca de su amada Beatriz. Se trata de un viaje que no deja de tener ciertas similitudes con los ritos iniciáticos de la antigüedad: Dante es acompañado en todo momento por un maestro, al que reconoce como tal, que pone a su servicio su experiencia y sabiduría. El que Dante elija a Virgilio como Maestro es revelador de su admiración por los clásicos latinos y un reconocimiento expreso de La Eneida como fuente de inspiración directa de su obra (una lectura del Libro VI, donde Eneas desciende a los infiernos acompañado por la Sibila, muestra claramente su influencia), si bien el tema del descenso a los infiernos es clásico entre los autores de la Antigüedad.

Pero al margen del tema del viaje a los infiernos, reconozco en la obra de Virgilio una influencia más decisiva en La Divina: La Eneida fue creada con el objetivo de dotar de un pasado ilustre y mítico al pueblo romano, que reforzara su unidad y sus pretensiones de universalidad, fortaleciendo la figura de Augusto y su estirpe. Dante encuentra en La Eneida una solución a los graves problemas que asolaban la península itálica en el Siglo XIII, una tierra dividida, enfrentada, ensangrentada, que en opinión de su autor sólo podría superar sus problemas por el camino de la unidad imperial bajo la figura del Emperador del Sacro Imperio Romano. Es esta una de las máximas aspiraciones que Dante deja latir en La Comedia. Pero no la única, porque Dante se sirve de su obra fundamentalmente para aleccionar a sus coetáneos en el respeto a Dios y a los dogmas católicos. En este punto, Dante recurre tanto a los argumentos más sutiles e inaprensibles de la Escolástica, como a las más pueriles leyendas, dispuesto igualmente a convencer a los espíritus más cultivados o a amedrentar al vulgo ignorante.

En cuanto a este propósito propagador de la fe, dudo de la honestidad de Dante. El autor manifiesta un conocimiento profundo de la teología, pero también de la filosofía y de la mitología, y a menudo recurre a razonamientos más propios del platonismo que del cristianismo. Si a esto unimos sus continuas críticas al poder temporal del Papa, al que pretende reducir a un papel de mero pastor espiritual, me cuesta admitir esa ortodoxia que pretende asumir. Prefiero pensar, más bien, en un Dante sabio, conocedor de todas las filosofías y religiones –como demuestra en su obra- y consciente de los múltiples aspectos que puede ofrecer un mismo hecho; un Dante incapaz de la reducción que supone el pensamiento cristiano.

Sin embargo, pienso que Dante se sirve del vehículo del Cristianismo para dirigirse a sus lectores, dispuesto a utilizar la simplicidad de sus argumentos por una noble causa. Lo que defiende desde esa ortodoxia no es más que un código ético y moral, bueno en sí mismo, intemporal y no sujeto a dogmas, consustancial al hombre. Y no le importa conseguirlo disfrazándolo de fe.

Siguiendo con los tutores o padrinos durante su viaje, a Virgilio le sustituyen sucesivamente Estacio y San Bernardo de Claraval, y finalmente la ansiada Beatriz. A este respecto cabe interpretar la admiración de Dante por Beatriz desde el platonismo, y así, podemos decir que la contemplación de la más alta belleza que Beatriz representa para Dante supone el camino para la contemplación de Dios mismo.

En definitiva, y para terminar, nos encontramos ante una obra de arquitectura perfecta, donde todo está medido y planificado de antemano, un viaje planetario de siete días de duración a través de unos cantos perfectamente estructurados, donde nada se deja al azar. La mano de su autor se halla presente en cada verso dejando la huella de un hombre poco común que supo comprender la esfericidad de la Tierra y su disposición en el Cosmos en un tiempo dominado por la ignorancia y la superstición. Un hombre que utilizó los conocimientos disponibles en su tiempo para la persecución de un gran anhelo: la construcción de un nuevo orden internacional y de un nuevo orden moral. Si no lo consiguió, al menos nos dejó una obra irrepetible, plena de momentos de gran belleza, producto de un poeta soberbio y genial.


6.- EL ARCO DE ULISES


He copiado el texto tal cual lo escribí hace 20 años y estoy asombrado. A pesar de sus errores de concepto y de sus confusiones, de su desenfadada tendencia a la conjetura, de la bárbara reducción a tres cuartillas de tan voluminosa obra en un prodigio de condensación propio de un reductor de cabezas jíbaro, me maravilla que a mis veinte años fuera capaz de tantas reflexiones. Creo que ahora sería incapaz de escribir una cosa así. Al leerme descubro un lector apasionado, hambriento, desaforado.

Ojeo mi ejemplar de La Divina Comedia, el mismo que adquirí con tanto esfuerzo en París-Valencia, y me detengo con curiosidad en los versos que yo mismo subrayé sin reconocerlos tantos años después. Compruebo en mi rápido ojeo que llamaron mi atención las referencias a los autores clásicos y a los filósofos, también las abundantes palabras crípticas sobre secretos conocimientos, o las citas de personajes históricos. Pero especial asombro me causan los muchos versos subrayados que describen los tormentos de extraordinaria repulsión que Dante inflige a sus condenados al infierno. Descubro en mi joven personalidad un oculto placer en la lectura de los castigos demoníacos: sangre bañando los rostros agredidos por enjambres de avispas y moscones, gusanos que beben esa misma sangre a los pies de las víctimas, malolientes diablos de negras uñas con las que arrebatan las almas a los condenados, caminantes con el vientre abierto del que les cuelgan las tripas que arrastran en su deambular; y los inquietantes nombres de los diablos que pueblan los fuegos infernales: Malacola, Arrancapelos, Patasfrías, Barbatiesa, Ponzoñoso, Arañaperros, Tartaja y el loco del Verrugas. Cierro el libro sin poder contener una sonrisa tras leer los nombres de estos diablos dantescos.

Reclinado en el sillón con el libro cerrado todavía entre las manos, recuerdo el encuentro que tuve con Claudio para comentar las impresiones causadas por la lectura de tan larga obra.

Nuestra cita tuvo lugar un frío día del mes de febrero. Había estado lloviendo tenazmente y la ciudad estaba gris y mojada hasta los cimientos. Nos encontramos en un café destartalado cercano a la Plaza del Arzobispo al que acudí con mis tres cuartillas dobladas metidas en el bolsillo interior del abrigo. Un cristal de la ventana estaba roto y le faltaba un trozo por el que entraba el frío de la calle. Mientras nos tomábamos el acostumbrado carajillo barato sin quitarnos los abrigos, Claudio defendió su tesis de que La Divina Comedia era un libro exageradamente elogiado, probablemente porque eran muy pocos los que se habían atrevido a leerla íntegramente y opinaban con la ligereza que da contemplar el espectáculo desde la barrera. En su opinión La Divina era, evidentemente, una gran obra poética que había contribuido decisivamente a la construcción de un idioma y de una nación, pero a la que sobraba, cuanto menos, la mitad de su arboladura para que ese barco navegara más ligero y no encallara sometido por su desproporcionado peso.

Con el cuerpo algo más tonificado por el amargo café me atreví a quitarme el abrigo y saqué las cuartillas del bolsillo. Claudio se sorprendió ante mis notas. Mi inveterada holgazanería era sobradamente conocida y no esperaba que hubiera hecho tanto trabajo. Leí mi resumen con voz pausada, con el secreto placer que da el leerse a uno mismo, deteniéndome una fracción de segundo más de lo necesario en cada coma y en cada punto para intensificar su efecto, pero, sobre todo, para satisfacer mi autocomplacencia. Claudio quedó asombrado ante mis reflexiones, en buena parte compartidas y ya expresadas por él previamente, pero sobre todo estaba sorprendido por el trabajo de llevarlas al papel. Sin embargo, en un punto difería nuestra opinión: yo defendía la necesaria extensión de La Divina, a la que no sobraba ni un verso. Tan sólo uno que faltara ya cercenaría el sentido total del poema. Todos se influían y apoyaban entre sí, y sin su aporte de conjunto, sin alguno de sus puntos de apoyo, se derrumbaría por completo dejando un enorme montón de palabras sin valor ni sentido, los escombros de un palacio. El esfuerzo que había invertido en la lectura completa de la obra lo defendía ahora como imprescindible para su perfecta comprensión. No estaba dispuesto a admitir bajo ningún concepto que sobrara ni un verso del poema. La Divina navegaba veloz, precisamente, por las muchas velas desplegadas a un tiempo. De ninguna manera consentiría en arriar ninguna, por pequeña que fuera.

Claudio sonreía maliciosamente ante mi defensa apasionada. Me dejaba hablar. Las palabras se me iban por la boca como todavía hoy se me van, con desmesura, pero esa sonrisa que se le escapaba a Claudio me hacía vislumbrar la verdad que se ocultaba tras su silencio: Claudio no había leído la obra completa. Como siempre. Probablemente habría leído todo el Infierno, y quizás también buena parte del Purgatorio, pero en cuanto Dante hubiera comenzado a ascender por los círculos celestes, el aburrimiento le habría hecho saltar de una página a otra, picoteando alegremente aquí y allá hasta llegar al final en un abrir y cerrar de ojos.

Con la certeza de haber descubierto su embuste interrumpí abruptamente mi argumentación y le espeté en la cara: ¡no la has leído entera! Claudio explotó en una carcajada que no pudo contener en los límites de la buena educación, que me contagió de inmediato. El camarero nos miraba aburrido desde el otro lado de la barra sin comprender que dos miserables cafés dieran para tanto.

Charlamos durante casi dos horas. A través de la ventana del café se veían las cúpulas azules de las iglesias que destacaban sobre el oscuro perfil de las casas antiguas y de los palacios abandonados del barrio viejo.

Los días pasaron y nuestro plan de lectura, tan disparmente iniciado, continuó su recorrido azaroso por los senderos enrevesados de las letras. A La Divina Comedia le sucedieron algunos clásicos griegos y latinos. Las certeras flechas de Ulises, único héroe capaz de tender su formidable arco, silbaban al atravesar raudas el espacio literario en busca de nuevas fábulas y leyendas que leer. Así, fueron desfilando Quevedo y Shakepeare, por supuesto Cervantes, Cyrano, Fausto. Era un plan anárquico sin reglas ni plazos en el que cada uno de nosotros llevaba su propio ritmo de lecturas. El plan se extendió de ese mismo modo durante años, y lo cierto es que nunca lo dimos por terminado. Todavía hoy hacemos coincidir ocasionalmente alguna lectura que por alguna razón llama nuestra atención. El plan ya no existe como tal. Se ha ido desdibujando en su concepto inicial con el tiempo. No existen listas, ni compromisos para leer tantos o cuantos libros al año. Pero su contenido de fondo permanece y han sido muchos los libros sobre los que hemos paseado los ojos gracias a él. No sé el poso que habrá quedado después de tantas lecturas. Seguramente es poco lo que recuerdo de cada una de ellas. Otro, sin embargo, es el caso de Claudio, que a pesar de no haber completado jamás la lectura de La Divina, de vez en cuando se permite un alarde de memoria y cita algún verso hábilmente escogido. Pero de lo que no cabe duda es de que se trata de un camino largo, un largo viaje en el sentido en que lo entendió Cavafis:

Cuando salgas de viaje para Ítaca,
desea que el camino sea largo,
colmado de aventuras, colmado de experiencias.

Mantén siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla,
rico por todas las ganancias de tu viaje,
sin esperar que Ítaca te va a ofrecer riquezas.


7.- TINTA VERTIDA EN EL HUECO DE LA MANO.


Borges gustaba decir que todos los argumentos habían sido ya escritos en la Antigüedad y sólo cabía reinterpretarlos, escribirlos una y otra vez a sabiendas de que otros lo hicieron antes y mejor. En una de sus características genialidades llegaba incluso a afirmar que con Homero se concibieron ya todas las historias, todos los caracteres y personajes: el odio, el amor, la muerte, los celos, el dolor, la tragedia, la comedia, la ironía, la aventura, la épica, los héroes, los dioses, la victoria, el fracaso, la traición, el deseo… todos están contenidos en tan sólo dos obras, La Iliada y La Odisea. Lo único que podían hacer los desafortunados escritores que vinieron tras del poeta ciego era plagiar humildemente lo ya vivido por Aquiles y Ulises. Curiosamente, también Borges cargó en el final de su vida con una ceguera que le impidió seguir contemplando los libros que adoró mientras pudo, una ceguera que se instaló en su mirada poco a poco y que revistió su cabeza de noble clásico con el lustre, la mágica apariencia de un sabio griego que mira extraviado la infinitud de las estrellas.
En El Aleph, Borges utiliza una clave ya presente en otras de sus obras: la preocupación por la palabra, entendida como conjunto de signos cabalísticos que definen el arquetipo, y por tanto dan vida. Ya lo hizo en La escritura del Dios, un admirable cuento plagado de imágenes en la contención de sus escasas cuatro páginas. En la lobreguez de su encierro en una profunda cárcel circular de piedra, Tzinacán, el mago azteca de la pirámide, observa al jaguar que ocupa la otra mitad de la celda de la que le separa un muro con barrotes de hierro. Cuando Borges escribe que del otro lado hay “un jaguar que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio” da vida al jaguar mismo.

En su desesperanza, Tzinacán recuerda que el dios escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica que conjura todos los males que acaecerán en el fin de los tiempos. Esa sentencia se ha perdido, nadie la recuerda ni se sabe de nadie que la haya llegado a conocer, pero el dios la concibió de tal manera que ni el transcurso del tiempo, ni el azar, ni el paso de las generaciones la alterara. En sus largos años de encierro, Tzinacán estudia todas las posibilidades para dar con la sentencia. Un día, mientras observa el lento deambular del tigre en la otra estancia, se pregunta: “¿Qué tipo de sentencia construirá una mente absoluta? Aun en los lenguajes humanos no hay preposición que no implique el universo entero; decir “el tigre” es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. En el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Un dios sólo debe decir una palabra y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.”

Postrado en el suelo húmedo de su celda, el mago experimenta un día el éxtasis de la unión con la divinidad, la unión con las causas y los efectos de todas las cosas. Y es entonces cuando descubre también la sentencia mágica que el dios dejó escrita en las rayas oscuras del jaguar. Una secreta simbología inalterable al paso de los siglos: “Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales) y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma.” Pero una vez entrevistos los ardientes designios del universo, el mago ya no piensa en sí mismo y en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ya no le importa, porque forma parte del todo. Por eso no pronuncia la fórmula secreta y deja que le olviden los días, acostado en la oscuridad.

Este cuento recoge la pasión de Borges por el lenguaje, su anhelo por contener el todo en una palabra que muestre la infinitud, el universo completo. Quizás por esa misma razón jamás cultivó otro género que la poesía o el cuento breve, convencido de que lo que no pudiera contarse en unas cuantas páginas no merecía ser contado. Claro es, que esta tesis tiene sus excepciones también para Borges, excepción que reserva a unos pocos autores venerables: Cervantes, Quevedo, Shakespeare, Dante, naturalmente los clásicos, Homero.

En El espejo de tinta, retoma Borges la idea de la palabra como creación, como invención de la realidad. De nuevo acude a la intervención mágica de un hechicero, Abderráhmen El Masmudí, para su escenificación literaria. El Masmudí se encuentra preso de Yakub, cruel gobernador del Sudán, que le exige la demostración de su famosa magia para perdonarle la vida. Borges describe el ritual del hechicero nombrando, citando los utensilios y productos necesarios para su magia. Nos fascina con el encadenamiento de objetos comunes, domésticos, y el exotismo de especias de origen remoto, que con su sola mención hace brotar en la mente del lector la fantasía de un rito ancestral: “Pedí una pluma de caña, unas tijeras, una gran hoja de papel veneciano, un cuerno de tinta, un brasero, unas semillas de cilantro y una onza de benjuí”. Borges enumera objetos, cita, y con la sola enumeración, crea la realidad ante el lector. “Recorté la hoja en seis tiras, escribí talismanes e invocaciones en las cinco primeras, y en la restante las siguientes palabras que están en el glorioso Qurán:”Hemos retirado tu velo, y la visión de tus ojos es penetrante” –doce palabras, veintidós sílabas, qué enigmático habría sido que Borges hubiera escrito esta sentencia como una frase de catorce palabras y cuarenta sílabas-.

El rito continúa: “Luego dibujé un cuadro mágico en la mano derecha de Yakub y le pedí que la ahuecara y vertí un círculo de tinta en el medio. Le pregunté si percibía con claridad su reflejo en el círculo y respondió que sí. Le dije que no alzara los ojos. Encendí el benjuí y el cilantro, y quemé las invocaciones en el brasero. Le pedí que nombrara la figura que deseaba mirar. Pensó y me dijo que un caballo salvaje, el más hermoso que pastara en los prados que bordean el desierto. Miró y vio el campo verde y tranquilo y después un caballo que se acercaba, ágil como un leopardo, con una estrella blanca en la frente.”

Yakub nombra una palabra y al instante su imagen aparece en la tinta con nitidez. Así transcurren los días y las noches, mostrando El Masmudí toda la infinitud del universo en la pequeñez de ese círculo de tinta vertido en la palma de la mano. En él vio Yakub las ciudades y los desiertos, el mar, las mujeres, las estrellas y los planetas, las pirámides, la sombra que proyecta el toro y la del pez que está debajo de él.

¿Se inspiró Borges en la historia de la bella Sherezade, que cada noche narraba un cuento al rey Sahriyar para alargar su vida? Quizás fuera así, quién sabe, veo que la conjetura fácil sigue instalada en mí. De lo que no cabe duda es de que Borges admiraba Las mil y una noches, una lectura a la que acudía una y otra vez y que conocía en profundidad; imagino a María Kodama leyéndole cada día uno de los mil y un cuentos en los años en que sus ojos nublados ya no le permitían hacerlo por sí mismo.

Pero volviendo al tema del poder creador de la palabra, a la infinitud encerrada en una sentencia mágica o en un círculo de tinta, ¿no nos recuerda nada este cuento y su imagen del círculo negro en el hueco de la mano?, ¿no acude a nuestra memoria ese mismo punto diminuto que engloba todo el universo y que se esconde en un escalón del sótano de Carlos Argentino Daneri? Quizás sea en El Aleph donde Borges hace su creación más paradigmática del todo contenido en un punto, en una palabra. Borges -cuenta María Kodama- conocía la tradición de los cabalistas según la cual quien lograra descubrir y pronunciar correctamente el nombre de cuatro letras de Dios, el Tetragrammaton, podría crear un mundo.

En El Aleph, Borges utiliza la primera letra del alfabeto hebreo, la letra que designa la divinidad misma, para denominar el descubrimiento de Carlos Argentino Daneri. Un punto del espacio, oculto en el sótano de su casa, en el que se contienen todos los puntos: “un lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. El microcosmo de alquimistas y cabalistas. Borges desciende, incrédulo, las escaleras del sótano que le muestra Daneri, y ocupa la posición, única y exacta, tumbado en el suelo, para vislumbrar el aleph. Daneri le deja a solas en el sótano y apaga la luz. Borges duda, no ve nada. Cierra los ojos. Los vuelve a abrir en medio de la oscuridad. Entonces ve el aleph y queda maravillado. La visión de todas las cosas del universo, simultáneas, sin tiempo, el antes, el ahora y el después, se ofrece a su vista en un todo giratorio que se contiene en los escasos tres centímetros de diámetro del aleph maravilloso: una edición original de Plinio, bisontes desbocados, miríadas de hormigas, la sangre en circulación por sus venas, árboles gigantescos y calles atestadas, máquinas de complicados engranajes, una telaraña en el interior de una pirámide, un astrolabio, la podredumbre de los restos enterrados de su idolatrada Beatriz Viterbo…

De nuevo el universo contenido en un pequeño punto. Borges se divierte a costa de sus lectores y amplía a su capricho la lista de otros puntos mágicos existentes en el mundo con idénticos poderes. Quién sabe si con rigor histórico o con ese sutil falseamiento al que tanto le gustaba jugar, deja pistas engañosas que nosotros -pequeños lectores perdidos en las inextricables sendas literarias- recogemos ávidamente. Así, aparece en el epílogo de El Aleph el espejo mágico que Oriente atribuye a Iskandar -Alejandro Bicorne de Macedonia- en el que se reflejaba el universo entero, o la séptuple copa de Kai Josrú, la lanza especular de Júpiter, o el espejo universal de Merlín, “redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio”. Borges acaba su enumeración fantástica diciendo que todos esos instrumentos pretendidamente mágicos no son más que simples instrumentos de óptica, además de ser ficticios. Borges. Pero la más fascinante imagen creada en este engañoso final de El Aleph, es la de la mezquita de Amr, en el Cairo, donde, según Borges, en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central, está el universo; nadie puede verlo, pero al acercar el oído a su superficie, se escucha el fragor incesante de todas las cosas que fueron, son y serán simultáneamente. Borges de nuevo. Estoy seguro de que María Kodama sonríe con sus ojos orientales ante mi perplejidad; no la mía, naturalmente, no tengo esa pretensión, sino la de tantos lectores asombrados por la infinita capacidad de Borges para crear y recrear la historia, una y otra vez, en un juego imposible en el que no es posible distinguir qué es historia, y qué, fabulación borgiana.

Carlos Argentino Daneri, qué extraordinario nombre de ficción creó Borges para este relato fabuloso e irrepetible. Esta afortunada creación del personaje me recuerda aquella ocasión en la que Borges conversaba con un periodista que le visitó en su casa de Ginebra para hacerle una entrevista, ya en sus últimos años. El periodista le preguntó su opinión sobre la entonces exitosa y recientemente publicada novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa. Ávido por conocer el juicio del maestro, formuló la pregunta con reconocible admiración por la novela del semiólogo piamontés. Borges, sentado en su sillón con elegancia británica, las manos nudosas apoyadas en su fiel bastón, contestó con apenas una ligera sonrisa: “Umberto Eco… Eco, qué bonito nombre, ¿no le parece?”. Y ese fue todo su juicio sobre la obra. Quedó fascinado por el nombre. El nombre, la palabra, el todo.

Borges otorga el valor preciso a cada palabra, y el nombre de Daneri no es casual. Es una contracción habilísima del nombre de Dante Alighieri, que transforma en el Carlos Argentino Daneri de El Aleph. Borges bebe de La Divina Comedia. Así lo manifiesta también el nombre de la amada Beatriz Viterbo, que Borges idolatra y a la que consigue ver a través del aleph. Evidentemente se inspira, sin disimulo en este caso, en la Beatriz de Dante. Borges juega con las referencias y las claves, como siempre hizo. Daneri, ese fatuo poeta alambicado y farragoso, pretende escribir un poema descomunal en el que describir el universo vislumbrado en el aleph, al que titula “La Tierra”, ni más ni menos. El Daneri de El Aleph es un torpe y vulgar remedo de Dante, cuya divina creación se sitúa en la cima de la poesía, y al que el pretencioso Daneri intenta emular con sus huecos y rebuscados versos carentes de vida. Borges utiliza en su obra la poderosa referencia implícita del poema escrito por el genial Dante, en el que, efectivamente en su caso, se recoge magistralmente la totalidad del universo conocido en la época de su autor. Y por contraposición a esta idea, ridiculiza en Daneri a los muchos escritores que, con sus obras mediocres, restan valor al lenguaje, lo empobrecen y empobrecen la realidad que mencionan.

Frente al pretencioso Daneri, el propio Borges reconoce su incapacidad para describir el universo con la limitada ayuda del lenguaje. Borges plasma en El Aleph su propia desesperación de escritor: “todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es.”

Borges se lamenta humildemente de su incapacidad y de las limitaciones del lenguaje para describir la realidad con exactitud, para “nombrarla”, invocando en cada ocasión el poder creador de la palabra idónea.

Dante, imbuido de soberbia y genialidad, se permitió extenderse en un poema cósmico que abarcara la realidad entera, constituyéndose en un verdadero aleph en el que se contiene el universo en su totalidad, un aleph real, frente al mítico que se oculta en la mezquita de Amr, en el Cairo.

Borges, fiel a sí mismo, destiló en unas docenas de cuentos admirables la magia de mundos inmensos y universos paralelos. La infinitud contenida en unas páginas en las que se esconde la maravilla de un lenguaje rico, preciso, pero que nunca nos desvela por completo su compleja significación. Páginas a las que acudimos, una y otra vez, sabedores de que en ellas se deslizan a un tiempo simultáneas realidades y fantasías, presentes, pasadas y por venir. Borges creó en cada uno de sus cuentos un aleph, pequeños puntos en el universo que contienen múltiples e inacabables cosmogonías.


8.- DE REGRESO A LOS ESTANTES DE MI BIBLIOTECA.


Estos días ando leyendo una crónica de viajes del fallecido Bruce Chatwin, En la Patagonia. Disfruto por las noches recostado en mi sillón con las aventuras de Butch Cassidy, Sundance Kid y la bella pistolera Etta Place. Me entusiasmo con sus cabalgadas a lo largo de toda Sudamérica, hasta llegar a los últimos rincones de la Patagonia en busca de praderas extensas y libres en las que ocultarse de los hombres de la agencia Pinkerton. Los detectives les venían acosando desde el lejano oeste americano a causa de sus espectaculares atracos a bancos y ferrocarriles. La “Pandilla Salvaje”, que así se llamaban, huía y huía con el solo equipaje de sus revólveres y los dólares arrebatados al First National Bank, de Nevada. Sólo confiaban en la bravura de sus magníficos caballos, los mejores, única garantía de éxito en sus constantes fugas. En la Patagonia se instalaron en una inmensa propiedad que pagaron en efectivo y al contado. Allí permanecieron durante años, aislados por centenares de kilómetros de praderas que los alejaban de la civilización y de los hombres de Pinkerton.

En mitad de la lectura me topo casualmente con una nueva cita de Dante, una más, una de las tantas que me han ido surgiendo con el paso de los años. En la página ciento cincuenta y siete relata Chatwin los primeros avistamientos de la Tierra de Fuego. La alusión al fuego era por las muchas hogueras de los indios fueguinos que Magallanes y los primeros navegantes divisaron en su costa. Pero hasta el siglo XVII, los cartógrafos todavía dibujaban la Tierra de Fuego en el extremo norte del mítico Antictono, y la suponían poblada de monstruos como las gorgonas, las sirenas y el roc, el fabuloso cóndor capaz de levantar elefantes. Chatwin menciona que Dante situó la Colina del Purgatorio en el centro del Antictono, y cita el canto veintiséis del Infierno, en el que Ulises divisa la isla-montaña que surge del mar. La Tierra de Fuego es para Dante la tierra de Satanás, donde las llamas brillan como luciérnagas en una noche estival.

Dante, de nuevo, me surge al encuentro y aparece en el rincón más inesperado de mis lecturas. Estas páginas que he escrito sin propósito, un poco al impulso de unos libros hallados por azar en un estante de mi pequeña biblioteca, podrían ser la continuación de aquellas que escribí hace veinte años, cuando tracé un ilusorio plan de lecturas con mi compadre Claudio Navamuño. Bien pensado, creo que el mejor sitio para ellas será ese baúl antiguo en el que encontré las tres cuartillas con la “tesis” de La Divina Comedia. Las colocaré todas juntas bajo el pesado manual de Derecho Romano y en breve tiempo las habré olvidado, del mismo modo que olvidé hace mucho qué demonios es la usucapio y la manumisio. Y, quizás, quién sabe, dentro de otros veinte años vuelva a encontrarlas casualmente y al leerlas de nuevo me sorprendan estas modestas reflexiones escritas al vuelo en una tarde ociosa. Sea, dejémoslas en ese lugar que les corresponde por derecho propio.

Debo irme, a las nueve tengo una cita con Claudio. Quiere leerme una historia que ha escrito sobre un rufián al que ha bautizado como Rosendo Juárez, el Pegador, últimamente le ha dado por contar historias de muertes y cuchillos.


Mas del Pi, Agosto de 2004

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