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UNA DE MIS HISTORIAS
de J.L. Caballero

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Verás; el tipo estaba en el centro de un estanque. Uno de esos artificiales rodeado de césped verde y fresco. Estaba en un bote pequeño, apenas para dos personas, solo, por supuesto, sentado y con su caña tendida delante de él. No sé quién era, tal vez alguien del pueblo, o un antiguo enterrador jubilado porque aquello era el cementerio. Uno de esos cementerios a la americana, con las tumbas cavadas en el suelo, cruces blancas, el lago y unos cuantos mausoleos de mármol veteado. Lejos, pasando una colina tan verde como un campo de golf, estaban las oficinas y lo que sea que haya en los cementerios. No sé. Bien, el caso es que el tipo pescaba tranquilamente, con su caja de cebos al lado y su caña tendida, una de esas pequeñas, nada espectacular, al fin y al cabo en el estanque no había oleaje ni corrientes.

Entonces apareció el cortejo. Tampoco sé de quién se trataba, un pobre tipo que había dejado este valle de lágrimas, un pequeño hijo de puta que había terminado de joder a sus semejantes. Así es la vida. Va el tipo y se muere y hasta el más ruin de los mortales resulta que tiene amigos o gente que está interesada en parecer su amigo. Pues vale, el tipo en cuestión viajaba cómodamente en su ataúd, uno de esos de madera noble, marrón oscuro, grande y pesado como un viejo barco. Lo llevaban a hombros seis personas, bien, seis hombres ¿comprendes? Porque un monstruo de esos es muy pesado; madera dura, herrajes y los ochenta o noventa kilos del muerto. En fin, seis porteadores es un buen numero. Detrás venía el resto del cortejo, bien, delante iba el cura, claro y un monaguillo con una gran cruz metálica bien grande, luego el féretro cargado por los seis amigos o parientes y luego una mujer vestida de negro que lloraba lo suyo y un par de mocosos cogidos uno de cada mano. Con las manos ocupadas, la mujer no podía enjugarse las lágrimas, así que se le habían corrido todo el rimmel y parte del rouge de labios. Un desastre. Luego iba más gente, tal vez diez o doce, de diferentes edades y tamaños. Un buen cortejo, sí señor. Pero había algo que llamaba la atención. Yo no soy aficionado a reírme en los entierros, nada de eso, me producen una sensación de respeto, como si en verdad fuera la única vez en que un tipo vulgar se merece un poco de respeto. Porque digo yo, ¿qué puede hacer que respetes a una persona si no es su cadáver? Un fiambre da siempre la sensación de quietud, de ser una buena persona. ¿Por qué si no se dice siempre ante un muerto: era un buen tipo? Y a lo mejor era un auténtico cerdo o un hijo de su madre. La gente es como es, pero se muere y todo cambia.

Así que ahí estaba el tipo en su ataúd y yo mirando. Y lo que miraba era la escena más increíble que había visto en mi vida, porque el tipo que cargaba el ataúd en la parte delantera, a la izquierda, era un enano cojo. No un enano en todo el sentido de la palabra, tal vez no, pero debía medir como mucho un metro cuarenta y eso contando su pierna más larga, porque una de ellas, la izquierda, debía medirle diez o quince centímetros menos. Joder, joder. El tipo iba dando unas zancadas forzadas y cada vez que echaba la pierna izquierda adelante todo el tenderete se escoraba hacia babor como un velero ciñendo el viento. ¡La hostia!, podían haberle puesto música, música de marcha militar, ¡hay que joderse! Uno, dos treeees, uno, dos, treeees. El resto de los porteadores sudaban lo indecible para aguantar el mamotreto y que no se les fuera hacia delante. Había sobre todo uno, un chaval joven en el centro del lado izquierdo a quien se le resbalaban las manos cada vez que el enano ponía en el suelo el pie izquierdo. Visto por delante el espectáculo era para filmarlo, con el féretro dando bandazos hacia la izquierda, recuperándose un poco y volviendo a escorar. ¡Virgen santa! Aquello no podía acabar bien. Y no lo digo porque aquellos cinco tíos no trabajaran de lo lindo para mantener el tipo. Había para darles una medalla y no digamos al enano que, más bajo como estaba, debía soportar sobre el hombro más peso que ningún otro.

Bueno, uno enciende un cigarrillo y se queda mirando, como diciendo: no es cosa mía. Entonces el grupo empezó a descender por una pendiente suave que terminaba en el lago. Supongo que iban en busca de la parcela que correspondía al pobre tipo del ataúd. Una imprudencia, uno, dos, treees, uno, dos, treees. Muy mal. Muy mal porque de pronto el enano no pudo más y el féretro se le deslizó por encima del hombro dándole un golpe en la cabeza. El chico que iba detrás perdió por completo el control cuando le resbalaron las manos y los tres del lado derecho poco pudieron hacer cuando el féretro se deslizó hacia la izquierda.

El golpe en el suelo fue sordo, como un ¡plum! Contra una superficie mojada. Dio de canto después de lanzar a unos metros al pobre enano. El chico también fue a parar al suelo, pero lo peor de todo es que el enorme ataúd, enfilando la pendiente empezó a resbalar hacia el lago sin que pudieran sujetarlo.

¡Dios bendito! Puede que hubiera unos cincuenta metros hasta el agua y una buena pendiente, ya lo creo, buena pendiente. Así que aquello cogió velocidad mientras los supervivientes corrían intentando sujetarlo. La viuda, supongo que era la viuda, había dejado de llorar y miraba la fuga del féretro con cara de incredulidad. Uno de los críos echó a correr detrás, pero el otro se quedó mudo, seguramente traumatizado viendo el ataúd viajero. El cura supongo que oyó el jaleo pero lo debió achacar al lógico dolor, así que siguió andando sin volverse, lo mismo que el monaguillo con la cruz.

No es cosa que uno conozca si un ataúd flota o no, la verdad es que nunca lo había pensado, pero aquel flotaba, ya lo creo que flotaba. Entró en el estanque como si fuera un yate recién botado, todavía sin el aparejo y enfiló hacia el centro, directo y veloz como un torpedo. Era digno de verse. Nunca el pobre tipo que iba dentro había viajado de modo tan cómodo y con semejante suavidad, salvo que hubiera ido en el Ave. Los perseguidores se quedaron el borde del agua, dado que no tenía mucho sentido meterse en ella y miraron con expresiones variopintas el progreso del torpedo, dirigido justo al centro de la quilla de la barca. Porque hacia allí iba directo, a toda máquina. No me explico cómo nadie dijo nada, cómo era posible que a nadie se le ocurriera gritar, decir ¡cuidado, féretro! O cosa parecida, no es fácil encontrar las palabras, lo sé, pero algo tenían que haber hecho.

El caso es que el ataúd, a toda leche, fue a chocar contra la barquita que, como ya he dicho, apenas si era útil para dos personas. El trancazo fue notable y el pobre pescador acabó zambullido en el agua. Lo que no sabría decir es si le tiró al lago la embestida o fue el susto épico que se llevó al ver lo que le había atacado porque, un momento antes de saltar de la barca, vio claramente la brillante superficie combada del ataúd modelo S45, con cruz metálica, Cristo crucificado y herrajes de bronce.

José Luis Caballero
Barcelona. 08/06/99

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