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Fragmento de la novela
LAS CARTAS DE ANTIOQUÍA
de J.L. Caballero

 
 
Portada de la novela   Presentación de la novelaContraportada

Esta vez Robles sonrió. Tenía una sonrisa que se podía calificar de cualquier cosa menos de agradable. Se había cambiado de traje, ahora era un pantalón oscuro y una americana de cuadros con los codos de cuero. Todo arrugado. Desde luego nadie le planchaba la ropa.

-Ya le he dicho lo del marido -continuó-. Y no debería hacerlo porque está muy feo eso de la venganza y no quiero que me complique la vida. Me he estado informando. Ha estado usted casi tres años dando tumbos por ahí. Vivió en Damasco, en Amman y en otros sitios poco recomendables. Llegó hace apenas un mes de Beirut. Y allí no ha podido aprender nada bueno.
-Y que lo diga. De todos modos hay sitios peores en el mundo, se lo aseguro -le dije.
-Lo sé. Y es probable que también haya estado usted en ellos. Se le dio por desaparecido una temporada. Un día me explicará dónde estaba. Seguro que ha cogido malas costumbres como la de arreglarse sus propios asuntos o andar husmeando por ahí. Después de todo ése es su oficio, ¿no?

-Ya no. Ahora escribo novelas.
-Es lo mismo. Pero dígame, ¿por qué le zurraron?
-Tal vez me querían robar.
-No se haga el gracioso. Iban a por usted. Un escarmiento. ¿Qué ha hecho?
-No he hecho nada inspector. No tengo ni idea de qué coño le he hecho a nadie. Será el marido, el tal Espinet, ¿no cree?
-Sí, al fin y al cabo se ha acostado con su mujer. Eso suele joder, ¿no le parece? A propósito, ¿ha notado algo a faltar en su barco?
-No. todo está patas arriba, pero no sé todavía si fueron sus hombres o quienquiera que matara a Lidia.
-Mis hombres no tocaron nada -dijo Robles-. el asesino lo revolvió todo y nosotros lo dejamos tal cual estaba. ¿Qué buscaba?
-Si tuviera la más remota idea se lo diría, ¿no cree?
-No estoy seguro -añadió el poli-. Su suponemos que buscaban algo, ¿era suyo o de la chica?
-De la chica -dije sin dudar.
-¿Por qué está tan seguro?
Esta vez tardé un momento en contestar. Pensé que robles era un tío legal. Si yo decía algo, él diría algo. El menos así había funcionado con lo del colgante.
-Fui a ver a un tipo.
-A quien.
-Se llama López-Gresa y...
-¿El de la calle Sindicato?
-Ese.
-¿Por qué fue a verlo?

Le hice un resumen rápido de mi visita legal y luego me quedé esperando. En cierto modo esperaba que él correspondiera y me diera alguna información. Me miró, torció la boca y se puso en pie.

-No me gusta que ande husmeando por ahí. Me veo en la obligación de pedirle que se quede en su barco como un buen marino y no me toque los cojones. ¿Me entiende?
-Le he dicho lo que sabía. -le dije pensando en el trato de la horchatería.
-Está bien, está bien. -dijo levantando las manos- Le diré algo. Lo de las actividades de López-Gresa es algo que ya sé, es un tipo poco recomendable, aunque no he sacado gran cosa. Estoy tras la pista del tipo del colgante. Le llaman El Legionario. Se le ve a menudo por aquí, aunque vive en Barcelona. Está fichado por tráfico de drogas y pequeños trabajos sucios.

© José Luis Caballero

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