LITERATUYA
 escribo porque escribo y porque tú

REVISTA DE LITERATURA

 
 Revista de Literatura » Relatos » Mátame 

  

> LITERATUYA
INFORMES
>> RELATOS
POEMAS
ESCRITOS...
CLUB de los Cronopios


RELATOS

de Emilio Arnaiz
El Soho y otros relatos

de Miguel Gutierrez
Para y por ti

de Sira
Un siniestro

de Marcelo D.Ferrer
Crónica de una
  noche de niebla

de Rosa Mora
• El espejo, el río,
  la ciudad

de Julia Otxoa
Oto De Aquisgrán
• Correspondencia
• El escritor en tiempos de crisis
• El tren de las seis
• Longevidad
• Firma
• Muzzle
• Caballos
• Avenida Lincoln

de Miquel Silvestre
Diario de un gigante
• Federico

de Salvador Luis
• El vuelo

de Massi Lis
• Las plantas dormilonas

de Sergio Borao
• Feria

de Bardinovi
• Chica en tránsito

de Remei Romanos
• Collage con merengue

de Marcelo Choren
• Volver al mar
• En la madriguera
• El mejor amigo
• Margaritas de chocolate
• Dos manchas blancas

de Pedro Ugarte
• La curva de Flick
• El escritorio
• Un dios vulnerable
• Travesía
• Lección de idiomas

de Arturo Montfort
I can’t get no   satisfaction
• Yo soy la morsa
• Yo soy la morsa (contraportada)
• El archivo secreto
• Mamá ha muerto
• Mátame

de J.L. Caballero
• Las cartas de Antioquía
• Como lágrimas en la lluvia
• Palabras de un rebelde
• Una de mis historias

de Toni Martínez
• El silencio al otro lado




MÁTAME
de Arturo Montfort

Versión para imprimir
y leer más tarde... en papel
Laura conduce su Manta MGM con parsimoniosa precisión. Es delgada, menuda, cabello negro, largo y liso con dos o tres puntas que le dibujan un ese o ese en la frente y unos ojos azules bajo el fino trazo de sus cejas depiladas. Lo hace, manejar el volante, mirarse en el espejo retrovisor, cambiar de marcha, fumar sus cigarrillos rubios, encandilarse en la monotonía de los semáforos, como si su flamante automóvil fuera una escama más de esa lenta y sinuosa serpiente en que se ha convertido el viejo circuito de la Travesera de Dalt, una arteria sin corazón más que circunda Barcelona mirando hacia ninguna parte Y que las lluvias encharcan cuando les viene en gana.

Luce una cabellera de reflejos rubios cuyas puntas acarician sus mejillas. Una media melena que le da ese aire de desenfado que a ella le gusta, aunque siempre acabe poniéndole pegas. Su rostro es anguloso y expresivo y su boca reluce en esos labios carmíneos que resaltan la palidez de sus mejillas. La orografía de sus ojos se endulza con pequeñas arrugas que nunca enturbian la serenidad azul de su mirada. Sí, ese pelo y ese rostro que huelen a champú de miel advirtiendo de un cuerpo limpio y terso. Cada quince días a la peluquería, una vez a la semana al masajista y cada día la paciencia frente al espejo. En una mano las diversas cremas nutritivas, las ceras depilatorias, sus parfums, y el lápiz labial, y en la otra el sempiterno cigarrillo rubio prolongándose en la ceniza de la tarde.

Y luego, claro, los silencios. Esos silencios encerrados en sí mismos, reclamando todos los signos externos de una vitalidad, ya perdida a sus cuarenta y nueve años. Desde el interior de su MGM, Laura se mira en el espejito del parasol y piensa en Antonio, que la espera en el apartamento de la calle Ganduxer. Y cuando piensa en él, se pasa la mano por la nuca, y luego por el cuello. Y acaba acariciándose el labio inferior con un gesto vago, cansado, cierto que sensual. Como buscando en ellos, en sus labios, ese rastro de melancolía de las tardes de abril, primavera incipiente, pero también desconsuelo de chirimiri entre semáforos. Mancha azul que sólo brilla en sus ojos.

Pero eso le ocurre, sobre todo, los viernes, esa es la verdad. Porque, todos los viernes por la tarde se abre un hueco diáfano en su opaca monotonía. Y a su puerta llama el amor. Un amor a tiempo parcial, clandestino. Esas cosas, enamorarse de un hombre casado, como los accidentes de coche, ella siempre había pensado que estaban reservadas para otros, para los chismes de oficina y los cotilleos en la pelu. Sí, ese amor incompleto que, para su sorpresa, y sin ser el cuento de hadas que todo mortal atesora en algún intestino delgado, torpe y tozudo, le había dado, sin embargo, la pasión y la ternura a la que no renunciaría por nada del mundo.

Antonio, como buen representante, vendedor o comercial, como le gusta decirse él, supuestamente tiene visitas a clientes preferentes. O bien reuniones con otros vendedores.

Con los que cuenta chistes
Beben hasta emborracharse
Presumen de grandes ventas en Taiwan o Hong Kong
Cuentan batallas sin fin
Entristecen juntos

O recibe alguna visita de algún delegado Jefe de Madrid, Bruselas o Amsterdam, y, cómo no, debe acompañarlo al hotel, y luego del cambio de impresiones, qué menos que tomar una copa, sondear el terreno, confrontar ratios de ventas, en fin. Aunque tampoco exagera Antonio con sus visitas, ya que las manecillas del reloj del apartamento de la calle Ganduxer nunca suelen pasar de las dos de la madrugada, eso seguro, si acaso las tres. A esa hora, Antonio siempre acaba escapándose. Dirá, como siempre,

¡Vaya, qué tarde se me ha hecho!- , y desaparecerá en quince minutos, después de una ducha rápida. Atrapará al vuelo la gabardina y el maletín y Laura le ajustará, pudorosa, el nudo de la corbata. Se moriría si no lo hiciera, eso de ajustarle el nudo de la corbata, porque, aunque se maldiga por esa predisposición al simulacro conyugal, la verdad es que, cada vez que lo hace, se imagina que Antonio no es el eterno extraño ante el que se desnuda y hace el amor cada semana. Por eso reincide siempre, por ejemplo, con ese botón de la camisa que flojea, aunque él la recrimine, indiferente, ¿cómo es posible que no te moleste hacer estas cosas?, y ella se maldiga nuevamente por ello, pero aún así no puede evitar hacerlo, como no puede evitar el recaer una y otra vez en esa vulgaridad, la mayor de todas, la menos elegante, la más sórdida, cuando justo en el vestíbulo, junto a esa horrible esculturita china o japonesa, junto a la lámpara de pie, junto al cuadro con el tópico paisaje de tulipanes holandeses, y cuánto más prisa tiene Antonio, porque es el cumpleaños de Eva, su mujer, o el de la niña, o vete a saber qué efemérides intranscendente e inevitable, pues precisamente ese día, cuando más prisa tiene Antonio, ella, y es un impulso que la vence, que la mortifica, que la humilla, entonces ella se rebela, aunque su rebelión es sumisa y tramposa, eso es cierto, entonces tontea con él, se ve a sí misma haciendo lo último que siempre habría deseado hacer, es decir, se cuelga de aquel instante sin pensar en el después, lo manosea hasta hacerse deseada, y piensa, no puede evitar pensar, soy una golfa, y en el rincón más recóndito de su desesperación le complace pensarlo, porque ese día se ha puesto el negligé que a él le dispara lo fantasioso, y ese día se interpone entre él y la puerta, y allí se queda, y desde allí le muerde el lóbulo de la oreja y se niega a besarlo en la boca, y por contra lo que hace es mordisquearle los labios, lamerle el cuello, mientras empieza con la sarta de obscenidades, cochinadas las llama ella mientras se ríe, porque a él le gustan esos arrebatos de niña ingenua aunque golfa, palabrotas que siempre provocan las quejas de él, quejas simuladas, complacientes en el fondo, claro, y a las que añade un no me dejes así, cariño, cálido, húmedo, esponjoso... Un no me dejes así del tamaño de un garfio que lo atrapa por el pescuezo y lo deja tocado y jadeante. Y se ríe, claro, con esa risa suya, la más falsa de todas, pero vete a saber por qué, la más efectiva. Y, acto seguido, le baja la cremallera del pantalón, y él se lamenta de que se le hace tarde, pero ella profundiza en la herida abierta y exclama el gusto que le da, segura como está de que le está entrando por el lado fácil, y así, mientras las palabras se enroscan como lenguas, como diablillos juguetones, ella le sujeta los riñones con sus piececitos de princesa, y busca jadeante ese calor que la ayuda a no pensar, ese placer oblicuo que la inunda, una complacencia mórbida que también la humilla, que la empuja al qué mas da. Es el más clandestino de sus placeres, porque justo al otro lado de la puerta está el rellano de la escalera, y al otro lado los vecinos subiendo las escaleras cargados con bolsas del Corte Inglés, resoplando como cerditos de cuentos de hadas. Y cada vez que ella le dice, mátame, por favor, él se exaspera y se ensaña con ella, y emite suspiros que más parecen sollozos, y así hasta que finalmente sus orgasmos estallan en gritos desgarrados, pero lo que él no llega a imaginarse es cuán sincera es ella cuando le dice eso, mátame. Cómo lo desea, que él la mate de verdad, todo menos abandonarla así.

Y una vez Antonio haya desaparecido, precipitadamente, visto y no visto, y ya sin las prisas del principio, sin esa premura del tiempo que no le pertenece, con esa naturalidad que sólo es el artificio de la costumbre y nada más, eso que su piel reconoce como un gesto que debe seguir al próximo, y así sucesivamente, sin punto final, Laura envuelve cada uno de sus movimientos en el frío ovillo del último beso, ese que la conduce, que la empuja a la soledad del fin del semana. Entonces, Laura, como cada viernes, se dejará llevar por la pendiente del cuarto vacío, por la inmensa rampa del tiempo menor en su habitación de la calle Gandúxer, un tiempo sin fisuras, compacto y frío. Rehará la cama, recogerá las tazas del café y las copas vacías de champan, y repasará el frigorífico para que no falte de nada la próxima semana.

Y algunas lágrimas se escaparán, como un pájaro herido, de sus ojos todavía helados. Mirará un rato, desde el otro lado de la contraventana, el fragmento de ciudad inmóvil y extrañamente silencioso. Antes de salir, sin embargo, contemplará una vez más su rostro en el espejo: descubrirá esa otra arruga, ya no tan pequeña, que nace en sus ojos y avanza implacablemente hacia la comisura de sus labios.

Y entonces, puesta ya a acabar mal el día, odiará extremadamente a la mujer de Antonio, y luego posiblemente a Sole. Detestará con sus últimas fuerzas a Sole, su compañera de oficina; la recordará mostrándole sus fotos de Atenas o de Florencia; Sole sonriendo con su marido y sus dos hijos, bajo un tímido despegue de palomas, el Duomo al fondo.

Porque a Antonio no puede odiarlo. Sencillamente no se puede odiar al último asidero de una vida invadida por todas partes menos por una que no es otra que la terraza soleada de la calle Gandúxer. Entonces, cuando piensa en su amiga, es cuando le resurge el infundado coraje de siempre. En definitiva (se defiende) vivir es lo que importa. Y, acto seguido, se infunde serenidad enfadándose consigo misma: ni un reproche, eso se lo juró a sí misma hace tiempo, ni una lágrima, porque el reproche lleva inevitablemente a la falsa promesa, a la suprema humillación, esa que acaba con ese, pediré el divorcio. Se prometió que nunca entraría en el juego de mentiras, y de eso hace ahora muchos años, quizás demasiados, quizás ya son demasiados años, demasiados meses, demasiados días. Hace tiempo que le ronda esa idea por la cabeza, quizás sea por la propia actitud de Antonio, tan esquivo últimamente, también a ella le dice alguna vez lo del compromiso imprevisto, claro, el delegado de Madrid que llega en el puente aéreo. Quizás vendrá un día y le dirá, esto se acabó, Laura, esto se acabó, quizás habrá conocido a otra mujer, ¿por qué sino esa nota equívoca que encontró en el bolsillo interior de su chaqueta?. Y eso lo piensa mientras conduce su Manta MGM hacia el interior del parking de Gandúxer, como cada viernes Antonio estará a punto de llegar, mientras el portón elevadizo se cierra y ella echa un último vistazo al espejito del coche, y saca de la guantera ese frasco de cristal que tantos esfuerzos y engaños le ha costado adquirir en el hospital, y cuyo bebedizo maldito le tiembla en las manos, escalofrío oscuro que se remueve en sus entrañas y desde allí la reclama. Y todo eso mientras deja escapar un suspiro, que más parece un quejido, un clamor que le acaricia los labios, como diciéndole, como diciéndose a sí misma una vez más, mátame.

Versión para imprimir

Otras Literaturas
autoretrato Carles Verdú
• Conversaciones
  por Ferran Jordà
  y Arturo Montfort
• Retratos
• Ilustraciones de   Cortázar
Libro de artista

Juegos y acertijos
Ambigrama
 Anagramas
 Sam Loyd
 Enigmas, acertijos y rompecabezas clásicos
 Ambigrama: De joc a joc
• Ambigramas
• Enlaces


Novedades
 Novedades editoriales
 Anhelo de vivir
 Textículos bestiales
• Materiales para una expedición
 Lo que queda del día
 El corazón de las tinieblas



Autores
George Steiner
Julio Cortazar
John Le Carré
Vladimir Nabokov
Umberto Eco
Lewis Carroll
Raymond Carver







Cronopios | Informes | Relatos | Poemas | Juegos | Otras Literaturas

diseño de páginas web
 diseño web | posicionamiento en buscadores | promoción web
 Patrocinio: ferran jorda
© Literatuya