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MARGARITAS DE CHOCOLATE
de Marcelo Choren

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La mujer pasó por detrás de las retamas. Lucía un vestido demasiado corto y ajustado.
-Tiene buena figura.
-Para dibujarla -digo-, no para verla en bolas.
China ríe. Los ojitos convertidos en ranuras. En su cara de luna aparecen hoyuelos.
-No es para tanto, che -continúa la defensa-. Mirá cómo se menea.
-Los patos del zoológico me calientan más... y caminan igual.
-No caminan -me corrige-, anadean.
El cielo ha tomado una coloración púrpura, preparándose para el violeta oscuro.
Contemplo los hermosos pies de China. pequeños, estilizados.
-¿Por qué no le decís algo? -vuelve a la carga- Parecía mirarte.
-Tenés razón. ¡Fuera bicho!
China se toma la cabeza y resopla.
-Si serás -no se resigna-. ¿Por qué sos así con las mujeres? ¿No te sale una sola palabra amable? Dale, no te hagás rogar.
-Hmmm... Una palabra amable. Una palabra amable. No se me ocurre ninguna. ¿Sugerencias?
La nariz de China es diminuta y respingona. Un botoncito en medio de una torta de crema. La boca siempre fruncida, como para decir mimí.
-Me rindo, ¿qué querés? Y no me contestaste.
-Un helado de dulce de leche con almendras.
-Pregunto en serio -China mira hacia arriba, como si la paciencia le fuera a llover.
-¿En serio? Pero, ¿en serio, en serio?
Asiente con la cabeza. El cabello negro y lacio le llega a la cintura. Un cabello para hundir la nariz y aspirar con los ojos cerrados.
-Bueno, aguantátelas -digo-. Cuando estoy solo, extraño a una buena mina. Pero cuando estoy con una mina, extraño la soledad. Ahora, si me das a elegir, te prefiero a vos.
Las orejas de China enrojecen. La boca de mimí parece a punto de emitir un mumú, de puro fruncida.
-Dijiste "en serio" -se ofusca-. No hagas bromas.
-¿Bromas? ¿Te parece una broma que te bese caminito de hormigas?
-¿Y eso? -Tiembla un poco-. Dejate de joder.
-Te desnudo. Empiezo a darte besito, besito, besito. Desde el dedo gordo hasta la coronilla, ida y vuelta. Uno al lado del otro. ¿Qué tal?
China traga con dificultad.
-No seas así. ¡Malo! ¿Por qué te burlás?
-Después te dibujo margaritas de chocolate.
Da media vuelta y camina levantando una mano, como saludando a alguien. Me deja hablando solo en medio del parque. La veo alejarse hacia la playa.
Me acuesto en el pasto recién cortado. El perfume es fresco, húmedo, verde. Mastico una hojita.
Las estrellas van llegando una a una. Vigilo el cielo, pero cada vez que me distraigo aparecen más.
Se me acerca un vendedor empujando el carrito de chapa. Le compro las últimas dos manzanas acarameladas y me voy, yo también, para el lado de la playa.


Me descalzo, la arena conserva la tibieza del sol. Llevo mis mocasines en la mano. La marea abandona sus tesoros: palos, caparazones de caracoles, un pez diminuto, nosotros.
Un farol de la costanera ilumina a China. Con las piernas estiradas y apoyándose en los codos, contempla las olas.
-¿Manzana o zapato? -pregunto, y me agacho al llegar a su lado.
-Zapatos no uso -responde sin mirarme.
-Entonces, manzana.
De mala gana, toma una. Le da un mordisco delicado, infantil. Alcanzo a oir el crujido del caramelo al quebrarse entre sus dientes. Me siento frente a ella, que rehuye mis ojos.
-Este encontró un huevito -digo, mientras le pellizco con suavidad un dedo del pie-. Este le puso sal -voy cambiando de dedo-. Este lo cocinó. Este lo sirvió. Este pícaro gordo se lo comió. Y para este chiquitito, nada quedó.
China no puede contener la risa.
El mar sigue retirándose, abandonándonos a nuestra suerte.
-Ay, Marce -dice- ¿qué voy a hacer con vos?
No le contesto, y terminamos de comer en silencio.
-¿Te acordás cuando nos conocimos? -pregunta.
-Uhhh, en la caída del imperio Romano.
-¿Fue en San Telmo, no?
-Sí -digo-, habías armado esa cueva de ratas.
-Era un atelier precioso, che -se defiende.
-Dale, China. Era una piojera horrible. Me llevó Gonzalo, creo. Se rajó temprano porque Lucrecia estaba internada en la Sardá.
-Tenés razón, fue cuando lo tuvo a Lucas -evoca-. Y nos quedamos hablando de pintura. No entendías un carajo y te hacías el experto. Yo pensaba: ¿cuándo se irá este forro?
-¿Y vos? Con esa pose de mina superada -repliqué entre carcajadas-. Decías que estabas en tu período anti-verde. Y yo también pensaba: ¿Por qué no se callará la tarada esta?
-Al final -continúa-, comimos pizza a la vuelta de plaza Dorrego.
-¡Con fainá! El boliche todavía existe. La semana pasada anduve por ahí.
-Después volvimos. Hicimos el amor en la piojera, como vos la llamás.
-Quedate quieta -le digo-. Tenés caramelo pegado.
Sostengo su barbilla y paso el pulgar por la comisura de su boca mimí. Después le acaricio los labios, la punta de la nariz botoncito. China tuerce la cabeza para alejarme.
-¡A la mierda! -dice enojada-. ¡Qué memoria selectiva, la tuya! Te acordás de la fainá y a partir de ahí, nada.
Las olas se me antojan muy lejanas. Hay un poco de viento, llegan ráfagas salobres y frías. Oigo el chillido de una gaviota. Es una mancha blanquecina, volando sobre un fondo oscuro y estriado de espuma.
-Me raspé todo con la arpillera -digo-. Los codos, las rodillas, la espalda. Mirá que hacer una alfombra uniendo bolsas de papas. A vos se te ocurre, nada más.
-Ah. ¿Por eso te rajaste? Desapareciste seis meses, Marce. ¿Problemas de cicatrización?
-Hace veinte años, China.
-¡Veinte años, las pelotas! -estalla-. Cuando te dignaste volver, no fuiste capaz de darme una explicación.
-Ahora tampoco.
-Entonces, te la voy a dar yo.
Se pone de pie. No tengo ninguna excusa, ni ganas de inventarle una. Me incorporo a mi vez, y quedamos frente a frente. Hace mucho tiempo que China espera este momento. Me va a pasar la factura más los intereses. Hay dos ocasiones en que no discuto con las mujeres: cuando tienen razón y cuando están equivocadas. Hasta que meten el dedo en el ventilador.
-Bueno, dale -digo, dispuesto a poner el cuello en el tajo.
-Primero...
-¿Viene numerada la acusación? -interrumpo.
-Primero: sos un mujeriego de cuarta. Segundo: buscás minas que se creen las boludeces que les decís. Yo te creí, así que me caben las generales de la ley -dice, mientras va contando con los dedos-. Tercero: cuando descubrís que la tarada (como yo), quiere algo más que darle a la matraca; ¡te fugás, cagón! ¡Y no me niegues nada! Te conozco media docena de fatos y agachadas, ¿querés que haga nombres? Cuarto y principal: cuando se te enfrían los pies, volvés con cara de yo no fui.
Está ofuscada, echa chispas. ¿A que vienen tantas recriminaciones?
-Che, hoy a la tarde querías que me enganchara a la mina del parque -le digo-. Uno: es cierto. Dos: las minas hacen como que se creen todo, cuando tienen ganas de revolcarse un rato. Tres: soy un poco reacio al compromiso. Cuatro: vuelvo cuando ustedes se enfrían, que no es lo mismo. ¿Y vos? -le recuerdo- Tuviste como treinta y cinco machos. Parece que los coleccionás. ¿Qué te pasa? ¿Se te gastan? ¿Los tirás a la basura? Te menciono uno solo: Patricio.
-Era un divino, tan bohemio -se ataja.
-Sí, un divino -la imito-. Lástima que, cuando llovía, les hablaba a las nubes. Un pirado del año cero. ¡Ese fue tu mejor ejemplar! ¿Y el otro? ¿Cómo se llamaba? El que fue en cana, el pelado. -empiezo a reírme-. ¿Te acordás? ¿Qué se había afanado?
El enojo de China comienza a diluirse.
-Un frasco de chucrut, en el supermercado.
-Y cuando lo agarraron, se cagó a piñas con los de seguridad.
-Te llamé desde la comisaría -no aguanta más y suelta una carcajada-. No te quise explicar por teléfono, me dio vergüenza, ¡ibas a pensar que te estaba jodiendo!
-Me pasé dos horas franeleándolo al policía para que lo largaran. ¿De dónde lo sacaste a ese?
-Lo conocí en una exposición. Viniste desde el culo del mundo para rescatarlo.
-Fui a rescatarte a vos. No me digas que pensaba afanarse un florero, en lugar de un cuadro.
Tentados, caminamos como borrachos, tropezando en la arena seca.
-Basta, Marce, voy a reventar.
-El papel higiénico del baño. ¡Un mingitorio con un tipo meando y todo!
-Te dije basta, pará. Mirá que te hablo de la Martita.
-Uhh, Martita.
-Marta, Martita -recalca y pone voz didáctica, como si yo no conociera la historia-. Le dio por la mística. Anduvo un año diciendo que eras un enviado de Satanás. ¡Te pasaba estampitas por debajo de la puerta!
-¡Me mandaba crucifijos por correo! Sacaba copias de mis fotos, les escribía versículos y las pegaba en los árboles del barrio.
-¿Y Gladys? Esa no tenía desperdicio -dice China. ¡El día de la borrachera, en casa de Tato! ¿Dónde fue que vomitó?
-Adentro del piano de media cola-digo, llorando de la risa.
-¡Hijo de puta! Vos le decías: aliviate acá, mi amor ¡Y levantaste la tapa! Tato la quería matar.
-Como pianista era malísimo.
Me caigo sentado, sacudiéndome. China se arrodilla a mi lado, roja como una bandera de remate. Cuando nos tranquilizamos, me seca las lágrimas. La playa está helada, desierta. Es tarde, y por la costanera ni siquiera pasan autos. Estamos solos, como en una isla abandonada. De nuevo me acuesto en la arena, con los brazos en cruz. China se recuesta en mi pecho, me besa en la mejilla, y me acaricia.
-Marce -dice, y ya no ríe-. Marce querido, somos dos desastres.
-Fracasados, Chinita. La palabra es fracasados.
Con el brazo rodeo sus hombros, para que no tenga frío. Siento que se estremece, pero se queda así, acurrucada. Su pelo me hace cosquillas en la cara. Una ola invisible, más grande que las otras, rompe con fuerza y marca el final de la bajante.
China se levanta. Empieza a caminar hacia la costanera, sacudiéndose la arena pegada a la ropa. La sigo hasta los barandales de hierro, donde me espera.
-Llevame a casa -dice.
-¿La misma alfombra?
-¿Qué te parece un colchón relleno con marlos de choclo, para variar?
-Excelente. ¿Vamos a buscar un chocolatín?
-En la heladera tengo un Milkibar.
-Nunca comés golosinas, ¿estará bueno?
-No creo, lo compré hace como veinte años, pero se puede probar.

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