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FEDERICO
de Miquel Silvestre

Hierático y anciano sobre su soporte, aquel loro debía ser tan viejo como el mundo. Y es que Federico, pues así se llamaba el pájaro, parecía estar allí desde siempre. O al menos desde que yo guardo algún recuerdo. Nunca me cayó bien. De niño trataba de hacerle hablar repitiéndole palabras; jamás le dio la gana hacerlo. Quizá fuera un loro sabio. Quizá conocía que una vez se empieza a hablar, se acaban diciendo tonterías. Pero el caso es que aquel bicho emplumado mantenía un hosco mutismo; lo cual le granjeó mi antipatía infantil al tomarlo yo por desdén.
Los niños suelen ser estúpidos; no saben apreciar el enorme valor del silencio.
Sin embargo, para sus viejas dueñas el loro era un auténtico primor, un adorable ser policromo, un bomboncito volador. Eran sus felices propietarias dos hermanas solteronas, añosas y arrugadas, que profesaban por Federico un amor desprendido. Para Clotilde y Matilde—pues esos eran los nombres de las hermanas—el loro era inteligente, discreto y agradecido. Y precisamente una de sus mejores virtudes era esa silenciosa existencia; nada que ver con otros congéneres parlanchines, todo el santo día con la habitual cantinela distorsionada y molesta.
Desde luego, era aquel un afecto genuino; casi estremecería de no resultar ridículo por su desmesura.
Ridículo y desmedido, sí, porque por otro lado, aquellas viejas, encerradas en su coqueto bungalow, lindante con el nuestro, vivían carcomidas por un infatigable afán misántropo. Su odio hacia la humanidad era de una pureza casi mineral. En nuestros muchos años de cortés, aunque superficial relación de vecindad, todos los juicios sobre los seres humanos que pude escucharles resultaban despiadados veredictos de culpabilidad. Salvo ellas, el resto de la humanidad era basura envidiosa y malévola.
Con los años he tenido que reconocerles gran parte de razón.
Quizá compensaran su odio por la gente amando a Federico. Yo, en cambio, aprendí muy pronto a aborrecerlo. Tal vez él no tuviera la culpa, pero el caso es que aquellos vejestorios impusieron coto a mis naturales energías de infante. No podía gritar, ni saltar, ni cantar, ni jugar a la pelota, ni hacer nada que pudiese perturbar el tranquilo sueño de Federico, quien, como todo buen anciano, dormía poco y entrecortadamente.
Caramba con el loro, pensaba yo, y eso que no habla ni una palabra. Pero es que un niño no entiende las cosas que no tienen una utilidad clara. Si el loro no hablaba, ¿de qué servía? Y si no servía para nada, ¿por qué demonios tenía que subordinar mis infantiles impulsos a la tranquilidad de su sueño geriátrico? Así que le hice responsable exclusivo de aquellos frenos a mi libertad.
No, desde luego, yo no entendía para qué servía un loro mudo. Como tampoco lo entendía el noble Kim, nuestro pastor alemán. Aquello sí era un animal adorable. Vivaz, fiel, paciente, peludo y cariñoso. Cierto que era bastante golfo, que tenía el vicio de escapar con exasperante frecuencia en busca de jarana y bronca, que alardeaba demasiado de virilidad y bravura, que tenía más hijos bastardos por la urbanización de los se podían contar y más enemigos sometidos de los razonables. Pero para mí, él sí tenía sentido, servía para algo: su misión era jugar y ser acariciado.
Y así me pasaba las tardes después del colegio: jugando y acariciándole.
Quizá Federico fuera tan inteligente como aseguraban sus dueñas. Sin embargo, para mí, quien sí gozaba de esa cualidad intelectual era Kim, y no el maldito loro, que ni jugaba, ni hablaba, ni se dejaba acariciar. Yo lo intenté alguna vez y me premió con un picotazo. Desde entonces le tomé íntima y definitiva inquina. Sí, lo reconozco, es verdad, le odiaba; le odiaba como sólo un niño rechazado sabe hacerlo.
Y Kim, el bueno de Kim, era tan inteligente que pronto aprendió a odiar al loro tanto o más que yo.
Federico debía ser tan viejo como el mundo y su edad exacta era tan misteriosa como las de sus dueñas. Por eso, cuando el tiempo lo permitía, Clotilde y Matilde lo sacaban al jardín para que tomase el sol y se desentumeciesen sus vetustos huesos, rígidos de la humedad y el frío de tantos inviernos acumulados. Era entonces cuando Kim lo miraba fijamente por encima del seto divisorio de nuestras propiedades colindantes. Lo miraba durante horas; sólo el hilillo de baba que se le escurría belfos abajo y el brillo de sus ojos negros denotaban sus ocultos pensamientos. Quizá nadie se diera cuenta, pero yo sí. Y lejos de intentar diluir esa animadversión, la fomentaba diciéndole:
“buen chico, Kim, buen chico. Federico es malo, malo.”
Luego acariciaba la tozuda cabezota del can.
Los años pasaron. Las viejas se hicieron todavía más viejas. El loro envejeció hasta casi convertirse en un pergamino de colores desvaídos. Kim tampoco pudo escaparse a su propia vejez. ¿Y yo? Pues yo me convertí en adolescente, fugándome a toda prisa de una infancia que se me quedaba estrecha para todas las aventuras que tenía urgencia por vivir.
Sí, yo era otro de tantos niños estúpidos que tienen prisa por dejar de serlo.
Quizá los que peor llevamos el cambio fuimos Kim y yo. Aún nos queríamos, y latía en nosotros la misma semilla rebelde de antaño, pero poco a poco él dejó de escabullirse en pos de hembras y peleas. Para entonces ya había otros machos por el vecindario más bravos y viriles. Tal vez hijos suyos. A dentelladas comprendió que la humillación de volver derrotado pesaba más que el tenue sabor de unas victorias cada vez más pírricas y difíciles.
A mí esa sabiduría me llevó un poco más de tiempo.
Pero antes de eso, empecé a comprender algunas cosas con la edad, como lo valioso de algunos silencios, lo atractivo las curvas femeninas y lo fácil que se gastaba el dinero de papá.
Aquel fin de semana yo era feliz. Al menos en la medida en que puede serlo un jovenzuelo mimado con ínfulas de rebelde. Mis padres se habían ido de viaje. Me dejaban la casa para mí sólo. Ya había llegado el momento de demostrar lo responsable que era con mis diecinueve años recién cumplidos. Y por supuesto que lo iba a demostrar. Para empezar, organicé una fiesta salvaje en el bungalow familiar; para continuar, destrocé el BMW paterno en una curva demasiado virada para mis ímpetus; para terminar, matamos a Federico.
O para ser más exactos, matamos a Federico por segunda vez.
Casualidades de la vida, el viaje de mis padres coincidió con la anómala ausencia de mis vecinas, quienes no solían pasar la noche fuera. Sin embargo, por alguna extraña razón habían desaparecido desde el viernes; lo cual nos permitió a mis amigotes y a mí montar con plena libertad un guateque descomunal, cósmico y lisérgico. Aunque a pesar de todo el alcohol derramado y de todo nuestro derroche hormonal, las tías de la pandilla se mostraron en la fiesta tan estrechas como sólo sabían hacerlo las tías de diecinueve años por aquel entonces.
Ahora, cuando la treintena es casi un trayecto terminado para todos nosotros, me hace gracia ver qué ansía fornicatoria se ha apoderado de aquellas que en su adolescencia reservaban tenazmente el himen para mejor ocasión. Ocasión que finalmente les llegó sin pena ni gloria en forma de novio y asiento trasero. Novio que se diluyó años después para dejarnos un puñado de buenas amigas solteras, escépticas y experimentadas. Pero no divaguemos más, estábamos hablando de la muerte de Federico, y no del poso de desilusión que nos dejan los años. Aunque ahora, en mi retorcido entendimiento, todo parezca estar tan relacionado.
Pues sí, Federico murió aquella noche. Fue la suya una tragedia aceitunada, iluminada por una luna oronda y romancera. Kim hizo de guardia civil, quizá por alguna influencia recóndita de perro policía que residiese en su código genético de pastor alemán. De repente, se nos presento feliz y vibrante de rabo; venía con el loro entre las fauces, y me lo presentaba satisfecho de su hazaña criminal. Inmediatamente salí de mi aturdimiento etílico y comprendí la enormidad del desastre. El viejo Kim había decidido tomarse cumplida venganza por tantos años de odio. Sin duda, aprovechó un momento de descontrol para saltar el seto y liquidar a Federico.
No obstante, fiel y noble como era, no se había ensañado con él. El pájaro estaba intacto; era un regalo que me hacía. Era yo quien merecía el honor de descuartizar el bicho, de embriagarse con su sangre, de gozar con el crujido de su débil osamenta entre los dientes.
Sin embargo, en ese momento yo estaba demasiado sobrecogido como para apreciar en lo que valía el obsequio. No sabía qué hacer con aquel cadáver húmedo entre las manos. A mi alrededor sólo oía risas, comentarios jocosos y alabanzas a la valentía del perro. Mi borrachera se difuminó y me di cuenta de que estaba solo. Solo ante el cataclismo que veía cernirse sobre mis tiernos diecinueve años. Aquellas brujas jamás me perdonarían. Exigirían mi cabeza para colocarla en el soporte de Federico.
Mientras tanto, mis amigos, aquellos estúpidos niñatos, seguían bebiéndose el güisqui de mi padre sin preocuparse de mi suerte. Así que yo estaba solo; solo como todos los desgraciados. El tiempo correría inexorable en mi contra. Mis progenitores no tendrían piedad de mí por aquella tropelía. Y encima justo ahora que empezaba el verano, y con él las chicas bronceadas, las tardes en la piscina y las noches de escapada hasta el amanecer.
Todo por culpa del mutismo del loro. Ay, Federico, si hubieras hablado cuando te incitaba a ello. Te agarré tremendo resquemor por tu recalcitrante silencio. Qué quieres, yo era un niño; los niños somos dictadores, y tú me desobedecías. Te negabas a someterte a mis caprichos infantiles. Por eso te odiábamos Kim y yo.
Por eso estás muerto, jodío loro.
Yo te he matado.
Andrés, mi mejor amigo, fue quien tuvo la feliz idea.
“Déjate de monsergas, total, es sólo un puto loro. Lo dejamos otra vez en su percha, y nos hacemos los locos. Si te preguntan las viejas les dices que se habrá muerto de viejo”.
Andrés estaba borracho, pero la idea no era mala; o mejor dicho, era una idea pésima, pero yo no tenía más alternativas. Lo valioso de su aportación fue esa capacidad innata que poseía mi amigo, su poder para desenmarañar de inmediato la tupida red de intoxicación, remordimientos y desesperación que me rodeaba para ofrecerme la única posibilidad que tenía sin perderse en elucubraciones insensatas; elucubraciones que a mí me hubiesen llevado tercamente una y otra vez al punto de partida antes de ver la luz. No quedaba más que una salida: eludir toda responsabilidad.
Porque la otra opción era reconocer sin ambages el delito cometido y afrontar la penitencia debida. Y ya para entonces, con apenas diecinueve años, sabía que la honradez y la valentía son lujos demasiado caros. Al menos para que yo me los pueda permitir.
Así que saltamos el seto y colocamos al bueno de Federico sobre su soporte; quedó un poco torcido, pero tampoco nosotros veíamos muy nítido aquella noche. Luego continuamos la fiesta como si nada hubiese pasado. En parte era cierto, porque los hechos no se convierten en realidad sino por la mañana, cuando la resaca se presenta con todo su dictatorial esplendor, y es entonces cuando te das cuenta, asombrado de tu propia osadía, de que has dejado un loro muerto y escorado sobre una percha metálica.
Aunque tampoco me importaba demasiado aquella mañana el drama trivial de Federico, porque lo de verdad grave era el siniestro total del M3 de mi viejo. Si sobrevivía a aquello, cosa que dudaba, lo del pájaro sería una auténtica minucia.
La noche de domingo, acompañado únicamente por Andrés y mis sombríos pensamientos, oí llegar a las viejas cacatúas, anunciadas por un tintineo de llaves y huesos descalcificados. Un portazo, algunos pasos leves, el deslizar de la puerta corrediza del jardín, y, por fin, un alarido inhumano por duplicado que nos estremeció hasta lo más hondo. Por un momento, nos quedamos petrificados en el sofá. La televisión seguía encendida, pero sólo prestábamos atención a los desgarradores aullidos al otro lado de la pared. Nuestra estrategia sueca no podía mantenerse por más tiempo ante aquel escándalo. No podíamos continuar como si nada ocurriese porque al otro lado estaba aconteciendo un cataclismo colosal, como si todo el horror de este mundo, todo el dolor, todo el sufrimiento se hubiese concentrado en el departamento contiguo.
Dudamos. Los adolescentes no sólo son más estúpidos que los niños, sino mucho más cobardes. Pero al final decidimos dar un paso al frente. Era imposible continuar como si nada cuando al lado se estaba desencadenando tan atronadora tragedia.
Llamamos a su puerta; tuvimos que insistir porque las hermanas estaban medio sordas, y entre tanto vocerío aterrado los timbrazos pasaban desapercibidos. Cuando por fin abrieron, descubrimos unos rostros desfigurados por las arrugas y el pavor. Sin duda, aquel drama era excesivo, incluso para el fervor romántico que sentían por el pobre Federico.
Sí, de acuerdo, la muerte de un ser querido siempre es traumática. Puede que al fiambre amado ya no le importe. Porque la muerte debe ser eso, la ausencia total y absoluta de importancia. Estoy muerto, luego nada me importa, ni siquiera mi propia muerte. Sin embargo, para los deudos es sólo el comienzo de una dolorosa ausencia; de una ausencia eterna y circular. Así, por mucho tiempo que pase, cada nuevo día siempre trae en algún momento el recuerdo incompleto, embellecido y deformado del ausente. Pero esa certeza se tiene después, y no de forma súbita ante el hecho inmediato, inesperado e incomprensible de una muerte reciente.
Cierto también que Clotilde y Matilde tenían ya los años suficientes para saber de ausencias, muertes y recuerdos. Cierto también que quizá su experiencia les pudiese permitir adelantarse en ese mismo momento la noción exacta del dolor que les quedaba por vivir. Cierto, no lo niego, pero aun así, seguía siendo exagerada esa colosal explosión de duelo, sorpresa y pánico nada más descubrir el cadáver. Porque eso es lo que yo veía en sus pintarrajeadas caras: pánico más que dolor. Un terror mineral, pleno, absoluto. Un sentimiento distinto a la sorpresa, a la indignación o al abatimiento.
“Ay, Dios mío, Federico ha vuelto, ¿por qué lo has hecho?, ¿por qué?”, exclamaban al unísono.
¿Volver? Volver de dónde, me preguntaba yo. Tratamos de tranquilizar a las viejas, lo cual no resultaba fácil en absoluto. Al menos allí, en presencia del difunto, porque mientras él estuviera allí, enhiesto sobre su percha, querían abandonar la vivienda inmediatamente. No quedó más remedio que invitarlas a mi casa, donde nos contaron entrecortadamente lo que había sucedido.
De esa forma nos enteramos, entre divertidos y avergonzados, de que ya el jueves pasado Federico había amanecido muerto. Lo encontraron por la mañana. Estaba como ausente, con la expresión beatifica y congelada, rígido en su mortaja de plumas. La culpa, al parecer, la tenían los demasiados años vividos; demasiados incluso para un loro silente. Así que las ancianas le oficiaron un sentido funeral, y lo enterraron en el jardín bajo un tilo. Decidieron irse el fin de semana con unos familiares para hacerse más soportable la pérdida irreparable.
Así que Kim, el bueno de Kim, aprovechando su marcha, debió profanar la sepultura de Federico para exhumarlo y ofrecérmelo como trofeo, seguramente llevado hasta allí por su fino olfato y el hedor del odio antiguo. El odio que yo le había inculcado; un odio infantil e irracional, motivado por el silencio de un loro viejo.
Un odio equivocado además, porque si Federico se mantenía discreto no era por su testarudez, sino por obra de las amantísimas hermanas, quienes lo habían hecho enmudecer quirúrgicamente siendo apenas un polluelo. No querían que su nueva mascota les arruinase la tranquilidad con esos graznidos tan molestos, propios de los pájaros parlantes maleducados.
Sin embargo, eso no lo sabía entonces, cuando era tan joven e ingenuo como para no ser capaz de imaginar semejante grado de ignominia; lo supe bastantes años después cuando mis padres lo comentaron en una cena con amigos. Lo supe como se acaban sabiendo esas historias sepia cuyo conocimiento se reserva a los adultos y que se van transmitiendo como un secreto entre divertido y vergonzoso; como una más de tantas otras verdades inservibles y crueles que sólo sirven para envejecer.

© Miquel Silvestre

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