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CHICA EN TRANSITO
de Bardinovi

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En el borde del cielo se dibujaba la luna llena.
Truman Capote

La mañana era luminosa y limpia. Era de aquellas mañanas en que retazos de niñez endulzan ciertos fragmentos de la memoria y hacer sentir el suave escalofrío de lo pretérito a través de un trémulo cosquilleo corporal.

Laura sentía como los rayos de sol perforaban con pulcritud el cristal del parabrisas, acariciando cálidamente cada uno de los poros de su piel. Pero aquella sensación no significaba para ella ninguna dicha, se perdía resbaladiza por su cuerpo sin más destino que la oscuridad, en donde anidaba la vivencia del terror.

Habían transcurrido ya muchos años desde el accidente, pero la imagen de cristales destrozados mezclados con humo, polvo y sangre, aún se mantenía nítida en su memoria. Especialmente, no podía olvidar la sangre, espesa y fluida a la vez, bañando el rostro infantil que ya jamás volvería a sonreír, ni a pronunciar su nombre de aquella manea tan peculiar, que ella tanto había amado. Ahora había vuelto a la carretera, a otra carretera.

Decidió conectar la radio. La música la distraía y contribuía a relajar todo su cuerpo haciendo que se sintiera de manera distinta, aunque no supiera exactamente distinta a qué o a quién.

¿Acaso no había sepultado en aquellos últimos años a aquella tímida muchacha de capital de provincia cuyo mayor temor era el de sentirse ignorada entre la gente? ¿No había desparecido para siempre de su vida aquella imagen difusa del añejo salón familiar, cuando deleitaba las tertulias otoñales con el teclear del viejo piano de cola? ¿Qué quedaba de aquella niña de sonrisa entre comedida y pícara, que después de coger un dulce de aquí y otro de allá entre travesuras clandestinas, sabía ganarse el afecto de los empleados que trabajaban para el abuelo en la renombrada pastelería familiar?

En realidad ya no sabía quien era. Más bien, no sabía lo que era. Ni si todo estaba sepultado o bien danzaba, mezclándose locamente, a su alrededor. Sólo sabía lo que tenía que hacer, y como ello le había dado fuerzas suficientes para conducir de nuevo, en otro vehículo, por otra carretera. Sólo...

- ...quiero deciros que esta mañana es radiante y que siento como el sol corre por mis venas. Sí nena, sí, por mis venas. Porque tú ya sabes que las venas son para llevar, conducir, transmitir, sentir o soñar. Lo importante es que no las sientas vacías. Y si es necesario, llénalas de ácido como hace él, si él, que está loco por ti, él que está desesperado, él que te dice suavemente, a ti, nena...

Tu rompes mi corazón
Eres ácido de mis venas.
Tienes mi alma colgando de ti...

¿Le oyes? Tienen el alma colgando de ti, le rompes el corazón nena, ¿por qué eres así?...

Sufro el castigo de verte marchar
La cama se hiela cuando no estás.
Mis sueños se funden en una explosión...

Éstos son sus sueños, y los tuyos, ¿están muy lejos de los suyos?

La boca se abre y dibuja tu nombre.
El cielo se apaga cuando no estás tú...

Dibuja tu nombre y tú no estás. La reducción fue brusca, la curva cerrada le obligó a frenar y reducir otra vez, produciendo una inquietante mezcla de ruidos que semejaban el aullido de una extraña criatura ante la muerte.

Luego apareció Álvaro en su vida. En aquellos momentos fue como un salvavidas, una tabla a la que agarrarse, una posibilidad de vida, de algo llamado amor.

Él supo sacar partido de aquella pobre chica perdida, confusa, en cierto modo aún adolescente, en un mundo que no perdona que pierdas el tren y que te deja para siempre en el andén esperando inútilmente otra posibilidad para subirte en el furgón de cola de un nuevo tren que nunca llega a pasar.

Todos estos años sólo habían servido para que se hundiera aún más en sus propios fantasmas y temores, ahogada por una maldita y estúpida protección que sólo suponía una constante humillación a sus miedos y preguntas.

¡Cuántas veces había maldecido aquella paternal sonrisa, aquella caricia edulcorada, aquel hipócrita y fingido respeto que en la realidad escondía un deseo sucio, obsceno y brutal!

Apretó inconscientemente el acelerador y el coche dio un respingo hacia adelante, como buscando la propia huida, sin más. Tenía los ojos empañados por un velo ya habitual. Mientras, la radio sonaba, sonaba...

-Y ahora bonita vamos a dejar que tu cuerpo vuele, que vuele como un cometa ardiendo, que arda como él arde mientras piensa en ti, mientras te espera... a ti... ¿por qué no? Escucha, escucha como te murmura suavemente... al oído... i'm on fire…

Hey little girl is your daddy home
Did he go away and leave you all alone
I got a bad desire
I'm on fire…

"No lo dudo". Esa fue la única respuesta que tuvo para Javier. Así, con su natural ambivalencia, con la eterna evasiva de sus respuestas zigzagueantes, había respondido al amor que le había confesado.

Fue en aquel café cercano al viejo hotel de la estación, después de que el camarero les hubiera servido dos humeantes cafés, cuando Javier le planteó claramente sus sentimientos.

"Te quiero Laura, te quiero y te deseo. Me importa un comino Álvaro y lo que dirá la familia. Sólo sé una cosa: que te quiero."
Sus palabras quedaron colgadas, interrogantes, como esperando la agarradera a la que asirse cuando uno está realizando el gran salto al vacío.

"No lo dudo". Sólo eso y una mirada precipitada a un abismo sin fondo. Javier la amaba. Quizás sólo la amaba en aquel momento. Pero la amaba. Qué importaban los mañanas y los después. Qué importa un futuro siempre demasiado lejano si el presente nos permite vivir aquello que en un momento dado deseamos.

Después de aquel día ya no volvió a la gran ciudad. Al principio pareció extraño, pero ella supo encontrar motivos suficientes para hacer creer a todos que era mejor buscar más al norte nuevas orientaciones comerciales en el negocio de las antigüedades.
Todos se lo creyeron, incluso Álvaro, tan listo y perspicaz. Bien, todos menos tío Juan.

Él miraba a los ojos y sabía leer lo cierto y lo falso, encontrando siempre la verdad entre un bosque de palabras. Aquel día la miró con intensidad y dijo: "Tu sabrás el porqué niña, pero piensa que más vale arrepentirse de hacer una cosa, que no de no haberla hecho. El camino, si es que lo hay, sólo lo haces una vez y no tienes la posibilidad de volver sobre tus pasos."

Además de quererla, tío Juan siempre había tenido una inmensa confianza en Laura. En muchas y añoradas tardes de tiempos secretos, le había hablado del bien y del mal, del odio y del amor, de la dulzura y de la aspereza, de la cobardía y del valor, de las dos caras de la vida y de cada uno de nosotros mismos.

"No debes temer Laura, nunca debes temer el temer, porque si no temes avanzarás en la vida. No pierdas demasiado tiempo en intentar definir quién eres. Simplemente sé, en constante movimiento, siendo siempre la misma y una persona distinta a la vez, como si estuvieras todo el tiempo, todo tu tiempo, en tránsito."
Si pudiera verla ahora, estaría orgulloso de ella; vería su confianza en aquella chiquilla, ahora mujer, confirmada y recompensada.

- Vamos a ver si ahora agitas tu lindo cuerpo al son de algo movido. Yo sé que tu también lo llevas dentro, que tú sabes, entiendes, qué es lo que ellos tratan de comunicarte cuando te hablan de ese africano que todos llevamos dentro, mientras todo tu cuerpo se contornea con un suave balanceo...

Tras algún signo de vida voy
No sé quién soy ni dónde nací
Pero llevo un africano
Dentro de mí, oh sí...

Había decidido enterrar para siempre a la Laura frágil, desconcertada y dubitativa. No soportaba por más tiempo las expresiones hipócritas, los mezquinos cuchicheos sociales, ni los falsos halagos trufados de compasión. Habían terminado los tiempos de la dulces y sumisas sonrisas, los tiempos en que recibía las primeras luces del día con los ojos llenos de lágrimas, de desconsuelo, de dolor...

Ahora en sus ojos se revelaba una extraña mirada mezcla de rabia y determinación; una mirada dispuesta a defender a dentelladas su libertad y el poder ser de nuevo.

Ya había llegado. Frenó suavemente delante de la puerta de entrada del remozado caserón. Atrás había quedado el polvoriento camino de la desviación que conducía hasta la finca desde la vecina carretera comarcal. En realidad quedaban atrás muchas cosas. Se miró las manos, no temblaban, sujetaban firmes el volante. Ya no existía el maldito terror. También él había quedado atrás.

Observó la puerta de oscura madera y no puedo evitar la necesidad de acariciar la llave que reposaba en el interior del holgado bolsillo de su chaqueta deportiva. Ello hizo que sintiera el aún más frío contacto del revólver. La suya era una frialdad que anunciaba la de la muerte.

Las ratas corren por la penumbra del callejón
tu madre baja con un cesto y saluda
seguro que ha acabado tu jersey de cotton
...puedes esbozar una sonrisa blanca y pura.
Malos tiempos para la lírica.

Apagó el receptor. La mano izquierda presionó el mecanismo de la cerradura al tiempo que empujaba la portezuela. La derecha había olvidado la llave y palpaba con suavidad la metálica textura del revólver.

La llave giró fácil en la cerradura. Una vez dentro, Laura cerró la puerta tras de sí. La música triste y majestuosa sonaba a través del sofisticado equipo musical. Él siempre decía que la música que uno escucha es como un sello de estilo y calidad personal. Desconectó el aparato y las notas solemnes del adagio dejaron de sonar. Su voz resonó desde arriba.

"¿Eres tu chiquita? Estoy en el baño. Ve preparándome una copa que ahora mismo bajo."

Subió las escaleras sin prisas, poco a poco, como si midiese sus pasos, concentrándose en cada uno de ellos.

La puerta del baño quedaba justo enfrente. Entreabierta como estaba permitía oír con nitidez el susurrante sonido metálico de la máquina de afeitar.

"¿Por qué has quitado la música? Sabes perfectamente que no me gusta que manosees mis viejos discos. ¿Me oyes?".

El Smith & Wesson calibre 38 llenaba su mano derecha, mientras el dedo índice reseguía con placidez la curva del gatillo. Ahora no sentía la frialdad del arma. Al contrario, le quemaba, y sentía como su quemazón se propagaba por todo su cuerpo a cada paso que daba.

Empujó la puerta lentamente. El rostro de Álvaro se perdió entre la sorpresa y la incredulidad. El primer disparo destrozó el espejo que reflejaba una nuca erizada por el miedo. El segundo y el tercero no perdonaron el blanco: el uno en la frente, el otro, antes de que el cuerpo chocara con el sólido y duro suelo, ahí adentro, le estalló en el corazón. La caída fue seca y contundente, como si un viejo edificio hubiera sido demolido de golpe en una magnífica y única explosión. La extraña mueca en los labios parecía querer hacer juego con la fija mirada de estupidez retenida para siempre en sus ojos.

Laura alisó con tranquilidad la sedosa melena que acariciaba sus hombros. El carnoso labio inferior se despegó lentamente del superior para dejar paso a un suspiro que venía de muy adentro.

Miró el espejo roto y su imagen se reflejó fragmentada en los pedazos que todavía se tenían en pie. Sonrió. Era la misma triste sonrisa de siempre, pero a la vez era distinta. Ahora sabía que, ocurriera lo que ocurriese, jamás dejaría de ser una chica en tránsito.

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