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del libro yo soy la morsa
YO SOY LA MORSA
de Artur Montfort

Versión para imprimir
y leer más tarde... en papel
Yo soy una morsa, dije, sonriendo al escaparate repleto de discos. De sínguels sobre todo. Había algún elepé, pero lo que más abundaban eran los discos de dos canciones, eso que algún locutor castizo se empeñó en llamar sencillos pero que siempre serían sínguels. Yo soy una morsa, es decir, I am the walrus, era la cara B del sínguel Hello Goodbye de los Beatles. Una canción que gozaba de mis preferencias. Probaba de repetir el estribillo, sólo, ante el improvisado espejo del escaparate. Lo hacía invariablemente en inglés y en castellano: I am the walrus, Yo soy una morsa.

Como lo mío no eran las Ciencias Naturales, desde luego -ni las Matemáticas, ni la Física y Química, ni la Gramática, ni la Geografía, ¡qué desastre, Dios mío!-, ni visitaba demasiado el Zoo, ni creo que en el Zoo tuvieran alguna morsa, porque eso vino después, y si la tenían seguro que yo no me enteraba pues sólo miraba los monos, con ese culo sonrosado que a mí me hacía tanta gracia, y las serpientes de cascabel, supe casualmente de la existencia de las morsas gracias a los tebeos de El capitán Trueno, de los que sí era un experto, en una de cuyas aventuras aparecían los hombres-morsa, una especie de foca con boca de bulldog.

Colocados en uno de los estantes, desde la portada de uno de los pocos elepés del escaparate, los Beatles, todos los Beatles: John, Ringo, Paul y George, melena bien cuidada y sonrisa afable, me miraban agarrados al pasamanos desde lo alto de una escalera. Todos sonreían, ya lo he dicho, pero el que más, John. Retirados hacia la izquierda estaban los rostros mefistofélicos de los Rolling Stones, Mick Jagger y Keith Richard sobre todo, que parecían susurrar No sé que pasa que lo veo todo negro, Paint it black con sus enormes y repelentes bocas. A mí, imaginarlos en el escenario interpretando esta canción, como escupiéndola, me provocaba una sacudida en el cóxis y su temblor me recorría todo lo largo de las piernas, justamente hasta los pies, y de allí hasta la realidad de la tierra.

La música. Cuando yo era aún un bebé morsa, mi hermana fue al cine a ver West Side Story y volvió a casa traspuesta, con treinta y ocho de fiebre, reflejándose en un espejo nublado como en los cuentos. Mis padres dijeron, ¿qué le ha dado a esta chica? y yo pensé, esta hermana mía se ha vuelto loca. Ella la verdad es que se sentía como Maggguía, la chica blanca llorando desconsoladamente por la muerte del buenazo de Tony, acuchillado por un puertorriqueño. Prematura muerte la suya, y también absurda, pero que le daba el toque sentimental a la película. Así de sencillo, como antes lo era saltar a la rayuela: unas lagrimillas en el cine y ellas se resistían a despertar de aquel sueño en cinemascope y technicolor, porque la realidad las amenazaba básicamente con un futuro de amas de casa y oyentes de la radio, droga dura ésta que ríete tú de la coca. Y en algunos casos, como el de mi hermana, la amenazaba incluía también un hermanito gordo que eruptaba con alevosía y sorbía la sopa en estereo y sonido dolby.

La primera vez que escuché un disco en vivo y en directo fue en casa de Paco, remota aún la llegada del compact disc. Fernando tenía un tocadiscos portátil. Se abría la maleta, se separaban los goznes y ya tenías convertida la tapa en un espléndido altavoz. El otro pedazo de maleta contenía el tocadiscos propiamente dicho, es decir, el plato para el disco, con su esterilla de goma gris, el botón de arranque, útil además para graduar el volúmen, un segundo botón para graves y agudos, y el brazo, con la aguja en su extremo... Y para de contar. Es decir, una maravilla sólo al alcance de los privilegiados como Paco. Nos juntamos en su pequeña habitación y él mismo puso un disco de los Beatles, no recuerdo ahora mismo si fue Help o Shes love yo, pero para el caso da lo mismo. Algo parecido a una ducha de impresión. Un tembor inextricable recorrió cada uno de mis miembros y por un momento me faltó la respiración.

Sensible como pocos a mi súbita melomanía, el bueno de Paco me prestó un tocadiscos. Se trataba de la versión bebé de su tocadiscos portátil. Su padre, como muchos de nuestros padres autodidacta de la electricidad y la fontanería, era también un devoto de la electrónica por correspondencia, fruto de cuyas prácticas sugió un tocadiscos de bolsillo. El aparato en cuestión era del tamaño de una tostadora o de una caja de galletas surtidas. Ese pequeño artefacto, sin embargo, emitía un sonido infernal y, desde luego, su diminuto tamaño sólo admitía sínguels. Por muchos años el purgatorio de mis padres: el mismo disco girando una y otra vez durante días, semanas y meses. Aunque antes de la llegada de la tostadora, ya me había comprado mis dos primeros discos: Help de los Beatles y La neurastenia de los Salvajes.

Los Salvajes eran como las morsas, mamíferos carniceros muy parecidos a la foca, provistos de dos caninos que se prolongaban fuera de la mandíbula superior más de medio metro. Bueno, los caninos no llegaban a verse pero feos lo eran un rato. Para justificarse cantaban aquella canción que decía así:

Soy así. soy así
Con cabellos largos,
estrecho pantalón
y un jersey a rayas
que siempre llama la atención
Soy así, soy así

Efectivamente, Gabi, el líder del grupo, era así y, además, gordito, no sé si se me entiende lo que quiero decir.

Con mis dos sínguels bajo el brazo me presenté en casa de mis tíos, que tenían un tocadiscos fenomenal con radio y mueble bar, uno de esos aparatosos muebles pensados para el saloncito anexo al comedor, junto al jarrón de porcelana china y el tresillo. Allí, sentado en el suelo en plan fakir me pasé toda la mañaña del sábado escuchando los dos discos. Indemne al desaliento. Ten cuidado con la neurastenia.

Por fin me decidí a acudir a una fiesta o guateque. Por fin me invitaron, quiero decir. Me duché ese día, me afeité cuidadosamente, me puse masaje para después del afeitado Floid, genuino mentolado suave, ese tónico anaranjado de fuerte olor que usaba mi padre. Me vestí cuidadosamente, el pantalón nuevo, la camisa milrayas, la chaqueta cruzada de color whisky, la corbata más vistosa. Me miré en el espejo, desesperándome ante ese sarpullido de granitos que brotaban de mi barbilla y se desparramaban por todo el cuello. Pensé, good morning Mr.Frankenstein... me peiné, me despeiné, me volví a peinar, y como último recurso abominé durante unos instantes del mundo entero, incapaz de sojuzgar esos indisciplinados rizos que hacían las delicias de mi madre y amigas pero que a mí me expulsaban fuera del círculo de la moda, desbaratándome, además, el corte de navaja que mis buenos duros me había costado. No iré, decidí. Me quedaré encerrado en casa y no saldré hasta el día del juicio final.


Así que ahí estaba la bella morsa, en el cruce de las calles Provenza y Castillejos, las cinco en punto de un domingo por la tarde.

Comparecieron Fernando, Paco, José Luis, Martínez y Conesa. Y Lurdes, aunque lo de Lurdes no era una comparecencia sino una verdadera aparición. Apareció Lurdes, pues, la número one, coto reservado para las disputas amorosas entre Juan y José Luis. Lurdes y Juan se disputaban discretamente el primer puesto de la clase. Eran los lumbreras, los empollones. Los mamíferos carniceros tipo morsa común éramos, sin embargo, los últimos de la clase, ahí sólo cabían disputas para escurrir el bulto. Lurdes estaba guapísima, esa es la verdad. Tenerla a un metro escaso de distancia, desde donde casi podía olfatear la fragancia de su piel, de su pelo, de su perfume, y pecibir la armonía de su vestido, de sus palabras, cada movimiento de sus brazos, cada aleteo de su nariz, cada sílaba nadando desde su boca, todo tan diferente a la esclerosis crónica del cole, a las fangosas trincheras de los pupitres; por un lado el séptimo de caballería y por el otro la reserva comanche, las morsas y demás mamíferos apelotonándose al fondo del aula. Sí, ahí estaba Lurdes, espléndida sin esa áura disipadora de clase que lo acababa uniformizando todo, sin el invisible escudo de la rutina, de los codazos, de las bromas de mal gusto, de las imprecaciones y las risas. Aunque yo cada vez me parecía más a la Torre de Pisa, todo Dios mirándome y asombrándose de que no me desplomara irremisiblemente.


La fiesta se celebraba esta vez en el ático de Esther. Hacia allí nos dirigimos. Allí nos esperaban Esther y los demás, debidamente custodiados por sus padres, por los padres de Esther que, con la excusa de la sangría y los canapés, no nos quitaban los ojos de encima, venga sonrisa maternal y condolencia a los chicos, porque no en vano nosotros éramos muchedumbre y ellas sólo cinco. La primera conmoción se produjo, sin embargo, cuando Juan se presentó, desafiante, luciendo en su llavero una foto de Lurdes. Vete a saber cómo la había conseguido, enchufe, claro está. En la reserva comanche todo fueron burlas y risitas. Lo teníamos claro: Juan estaba haciendo el soberano ridículo. Podía haber pasado cualquier cosa: que Lurdes le propinara una bofetada a Juan, como en las películas, o que tamaña gilipollez llegara a oídos de los padres de Esther y éstos decidieran disolver la reunión, o que María Dolores, otra que tal, se desmayara de la impresión, pero Esther, que era una metementodo, disfrutaba de lo lindo y Lurdes ni se inmutó. ¡Que va! La podías ver paseándose por la terraza con su mejor estilo de princesa de Persia asediada por sus pretendientes. José Luis, relegado momentáneamente a un segundo plano, sonreía sin embargo, displicente. ¿Qué otra cosa podía hacer?, me confesaría luego.

Alguien puso un disco en ese preciso instante y Paul McCartnet nos empezó a hablar de Michelle. Nuestra amiga de toda la vida.

Las libretitas empezaron a echar humo. Ellas hacían trampa como siempre y la secta morsa éramos carne de cañón en el Hit Parade de los que esperaban su turno para bailar con Fulanita o Menganita. Mejor asomarse a la calle para ver pasar los coches y tomar el fresco, decía Paco, que no estaba dispuesto a matarse por tan poco. Como nunca llegué a considerarme un héroe, descarté a Lurdes por inalcanzable y me fijé en Esther.

Esther no era la más guapa, desde luego, pero sí la más habladora, la más incisiva, la más aguda, la más... pensándolo bien no sé muy bien porque me decidí por Esther ya que podía perfectamente morir en el intento. Idiota, se trata sólo de sacarla a bailar, pensé, intentando darme ánimos, aunque eso tampoco me ayudó.

¿Bailas?, le dije a Esther, apuntando con mi dedo índice a mi propio corazón, queriéndole decir ¿bailas, pero conmigo precísamente? Yo, en ese momento, no podía saber que nuestros futuros paseos acabarían casi siempre en una mesa de mármol salpicada con restos de croissant y perfume a chocolate deshecho y nuestras manos entrelazadas como en los cuentos. Lo cierto es que me hallaba por fin en el centro de aquella pequeña terraza, bailando con Esther, la misma chica que en clase me miraba con burleta, me repasaba de arriba a abajo y, acto seguido, se abalanzaba sobre la oreja de Maricarmen, su compañera de mesa, y le cuchicheaba al oído las cosas más inimaginables. A un átomo de distancia de mi nariz, los cabellos de Esther me emborrachaban con su olor a champú. Dentro de mis horrorosas pezuñas cabía toda su frágil cintura. Una cintura de cristal, imaginé. No quería pensar esas tonterías, procuraba discurrir frases ingeniosas, desarrollar una conversación inteligente como sin duda hacían José Luis y Juan, pero invariablemente me venía a la mente la absurda idea de que la cintura de Esther se rompería al contacto con mis manos. Y, más cosas que prefiero no comentar. Más tarde, en los epígonos de la fiesta, atiborrados de coca-cola y naranjada, mientras escuchábamos por enémisa vez Mis manos en tu cintura, en la voz inigualable de Adamo, élla, aprovechándose de que ya nadie se ocupaba de nadie, se acercó un poco más hasta dejarse abrazar y descansó su cara en mi hombro. Exactamente como decían que pasaba en la realidad. En el mundo normal, los chicos bailaban con las chicas y acaban arrullándose al amparo de una canción romántica, de esas que duraban hasta cinco minutos, y él la besaba a ella, le daba un buen morreo, eso es. Y acababan metiéndose mano por los descosidos. Te voy a besar, le dije, te voy a besar, te voy a meter la lengua por la boca hasta que nos falle la respiración.

Bueno, en realidad no le dije eso exactamente. Le conté lo bien que me lo estaba pasando y la idea tan diferente que me había hecho de ella en clase. Aunque casi ni pude terminar mi discurso porque ya Martinez bramaba ¡EEEEEh, vosotros, ¿qué estáis haciendo!, y la jodió, de veras que la jodió. Martínez, imbécil carahuevo, para arreglarlo, puso entonces Monday, monday de The Mama's & the Papa's, pero ya era demasiado tarde, los padres de Esther aparecían justo en ese momento con su característico responso: Eh, chicos, ¿os habéis divertido mucho? y, efectivamente, ahí estaba el escuadrón de la muerte llamando a la puerta, es decir, la semana enterita: después del lunes viene el martes, y así sucesivamente.

La juventud es disoluta por naturaleza, eso es cosa sabida. Las morsas, sin embargo, aunque también fuimos jóvenes, siempre hemos mantenido la mente clara con respecto a nuestras escasas virtudes y peor suerte. Es debido a eso y no a otra cosa que la constancia es una de nuestras mejores virtudes. De naturaleza mansa e inofensiva, nos pierde esa cara tristona de bulldog con la que apenas llegamos a despertar su compasión, la de los humanos quiero decir. Claro que está eso de que la música amansa las fieras. Sólo así se explica que hayamos soportado la selección natural de las especies y, en pleno siglo XX, nos hayamos adaptado medianamente bien a sus costumbres cibernéticas, a sus despiadados metabolismos, a sus dietas calóricas y, sobre todo, a su infame verborrea. En definitiva, a su fastuosidad de pavos reales.

De nada nos sirvió descubrir que la tierra era redonda y que la historia era mentira. Claro que al fin hallamos la fórmula mágica. La música amansa las fieras, ya lo he dicho antes, sólo así se explica que, transcurrido tanto tiempo desde la desaparición de los dinosaurios, nuestros primos hermanos, nos adaptemos tan bien a la frugalidad humana. Un individuo aparentemente normal escucha de casualidad el chirimiri de una canción, y de la forma más intrascendente posible: en el bar, en el radiocassette del coche, en medio de un gran atasco, en la cafetería del hotel, en su casa o apartamento, fumando y escuchando la radio, en el cumpleaños de Felisa o Manolo, en cualquier parte puede percibir la llovizna acristalada de esa antigua canción que produce un efecto similar al de la famosa magdalena de Proust pero sin tanta retórica. El individuo se enternece. Al principio no es consciente, el pacto con la realidad le distrae más que cualquier western de John Wayne, pero poco a poco la indiferencia se vuelve perplejidad, sobre todo cuando, desde la última fila, adivina claramente el rostro de Esther, lanzándole su mejor y más ambigua sonrisa desde la lejanía de las primera fila, como una pompa de jabón, a cámara lenta, cuchicheando al oído de su compañera de clase mensajes secretos que, ahora, después de tantos años, el individuo interpreta como nadie. Ese individuo es una morsa.

Claro que a las morsas nos pasa algo parecido a lo que les pasa a los gorditos, que de niños sufrieron persecución y mofa generalizada. Aunque con el tiempo muden su aspecto, modifiquen sus rudos modales y suavicen sus atributos hasta el punto de poder pasar como homo sapines vulgares y corrientes, no por ello dejan de ser en el fondo lo que siempre fueron: niños gorditos a merced de las bufonadas del respetable. Aquí me tenéis, después de todo, emulando a Gene Kelly, empapado hasta los huesos bajo esta lluvia ácida, frente a una tienda de discos. Aquí me tenéis, digo, plantado frente al escaparate, ante el disco de los Beatles, tarareando una de sus canciones, mi preferida, procurando sobre todo que nadie me oiga, mi voz convertida en otra voz pero siempre la misma, Yo soy una morsa Yo soy una morsa...

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