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EL VUELO
de Salvador Luis

El piloto de una avioneta trata desesperadamente de hacer aterrizar su nave. Ha permitido que su compañero tome el único paracaídas a bordo y salte. Quiero ver a mi hijo, le confesó el copiloto, mi esposa está por dar a luz. El piloto le dijo que sí, que fuera en busca del hijo nonato. Él tiene dos hijas y las vio nacer y sabe de la dicha que el copiloto aguarda. Nina vino al mundo a las seis de la madrugada y la menor, Roxana, a las ocho. La madre del piloto sentenció que ambas gozarían de una vida plena porque habían nacido de mañana. No todo el mundo nace temprano, hijo. Es un privilegio. El piloto le agradeció al cielo que sus hijas vinieran en horas benditas y no estuviesen condenadas.

En la casa donde deambuló cuando niño había una enredadera. El piloto gustaba de jugar en el patio con una pelota de fútbol. La pateaba contra las ramificaciones de la planta trepadora. Cada vez que la enredadera recibía un pelotazo sus flores acampanadas caían. A la abuela del piloto, una mujer imponente llamada Magda, le enfurecían los pelotazos de su nieto y siempre que presentía sus malcriadeces le gritaba desde la cocina que viniera pronto, que era hora de castigarlo. De inmediato el piloto corría a esconderse y temblaba debajo de su cama, pero su abuela, todavía en la cocina, le sugería refugiarse en el armario del tío Iván. Mijito, allí te voy a encontrar muy fácilmente. Mejor métete en el armario de tu tío. Y era en el armario donde el piloto se arrinconaba tratando de confundir a su abuela, entre gabardinas y bufandas y pantalones de corduroy, pero doña Magda tenía ojos en la espalda y también veía en la oscuridad, y siempre daba con él.

En su vecindario no había muchos niños de su edad. El único que conocía se llamaba Enrique y era un niño enfermo que salió a la calle en contadas ocasiones. El piloto no sabía exactamente en qué consistía el mal de Enrique, pero todos, desde el tío Iván hasta su abuela, le recomendaban mantenerse lejos de ese chiquito porque era un nido de microbios. Cuando el piloto preguntaba qué cosa era un microbio, tan solo le respondían: bicho, y por eso el piloto concluyó que Enrique debía haberse enfermado comiendo hormigas o moscas y que por ende era un niño dejado. Seguro que nunca se baña. Por esa razón, y porque Enrique no tenía muchos juguetes provocativos, el piloto nunca tuvo demasiadas ganas de visitarlo. Tiempo después, cuando se supo que el niño había muerto, el piloto siguió tumbando las campanas de la enredadera como si nada. Sabía que los microbios eran bichos, pero no estaba familiarizado con eso que llamaban muerte y en ese entonces no le importaba aprender.

A los padres del piloto, Ernesto y Fabiola, les fue difícil decidir en qué escuela matricularían a su hijo. Doña Magda exigía una educación conforme las leyes de Dios en un colegio religioso mientras que Ernesto, su yerno, prefería una academia progresista recién inaugurada en el país. La discusión se tornó amarga por momentos y los contrincantes llegaron a las agresiones verbales tratándose de pocacosas, testarudos y quijotes. En los momentos más críticos Ernesto le planteó a su mujer la posibilidad de irse de la casa de doña Magda, pero su retirada siempre quedaba en suspenso debido a los temores de Fabiola. Ella es una señora de edad. No podemos dejarla, Ernesto. Sería una ingrata si abandonara a mi madre después de todo lo que ha hecho por mí. El padre del piloto tuvo que aguantar los reniegos de su suegra hasta que el tío Iván comentó que sabía de un nuevo colegio dirigido por laicos, una escuela moderna y cercana a los ideales y rituales que doña Magda favorecía. Solo en ese momento el tema de la educación del piloto quedó zanjado.

Tito era uno de los compañeros de clase del piloto. Todos los niños le llamaban Tita porque tendía a cruzar las piernas y su voz era sumamente dudosa. Solamente las niñas jugaban con Tito y cuando algún chico se le acercaba era víctima de vilipendios. Una vez, en sexto grado, los directores de la escuela refaccionaron algunos salones de clase, incluyendo el del piloto. Las refacciones consistían primordialmente en nuevas carpetas para dos personas. El día de asignación de carpetas al piloto le tocó sentarse junto a Tito y todos los niños se echaron a reír. De ahí en adelante el piloto dejó de llamarse por su nombre para convertirse en Tuti. El artífice del seudónimo fue un niño pelirrojo y fofo. A pesar de que Tito se mudó con su familia a otro país al comenzar los estudios secundarios, el apodo sobrevivió y el piloto nunca pudo zafarse de él. Lo intentó por medio de puñetazos y patadas, pero fue en vano. Con el tiempo terminó por acostumbrarse. Luego pudo olvidarlo por completo cuando el niño pelirrojo creció y su cara enfermó de acné.

El nacimiento de la hermana del piloto estaba fijado para el mismo mes en el que él había venido al mundo. El tío Iván solía comentarle al piloto que si su hermana nacía el mismo día, a la hora de los cumpleaños se matarían dos pájaros de un solo tiro. Vale por dos, sobrino. Además, tú ya estás grande para regalitos. Aunque el piloto ya rozaba los quince años, no le parecía cómico el comentario de su tío, quien por ahorrarse unos centavos insinuaba obsequios a la manera de una cooperativa, seguramente para gastar más en cigarros y revistas para adultos que no compartiría con él. El piloto estaba cansado de que su tío Iván fuera tan egoísta y un día decidió dejar de masturbarse para no darle gusto. Una semana después anunció que tenía novia. La muchacha se llamaba Antuanette y usaba el cabello hasta los hombros.

Antuanette tenía un año menos que el piloto pero era precoz. Había hecho el amor por primera vez a los ocho años sin saberlo. Un primo y ella se habían desnudado en su cuarto mientras jugaban y después de tocarse mutuamente, se juntaron. Cada vez que se encontraban volvían a repetir la escena porque les parecía entretenida. Siguieron así por dos años hasta que el primo de Antuanette supo lo que estaban haciendo y decidió dejar de visitarla. Al principio Antuanette no entendió muy bien por qué su primo ya no quería jugar con ella, pero en corto tiempo una clase de ciencias naturales le dio algunas pistas. Cuando Antuanette le contó la historia al piloto, él se extrañó y no supo qué responder. Por un lado, le molestaba que su novia no fuera virgen como esperaba, pero por otro le satisfacía que Antuanette estuviese tan habituada al acto sexual. Ella le había dicho que conocía sus días fértiles y que podían hacer el amor sin temor alguno.

La primera copulación fue fugaz. Antuanette se puso el pantalón de vuelta rápidamente y le pidió un cigarrillo al piloto. La primera vez siempre es distinta. Yo lloré un poco, pero sentí algo extraño. Será por eso que mi primo y yo lo hicimos tantas veces. Creo que tratábamos de recuperar aquella primera en mi cuarto. El piloto no le prestaba atención. Estaba perdido, ni siquiera fue capaz de acercarle el encendedor. Antuanette lo observaba con benevolencia. Ya se te va a pasar. Te aseguro que no volverás a sentir lo mismo hasta que te cases. Cuando volvamos a hacerlo ya no será igual. El piloto permaneció en silencio. Había eyaculado quince años de espermatozoides y casi todo su arsenal de palabras.

La hermana del piloto no nació según estaba previsto sino prematuramente. El tío Iván no tuvo oportunidad de hacer más comentarios porque su sobrina tuvo complicaciones y falleció luego del alumbramiento. El ginecólogo dio una explicación que nadie escuchó, también dijo que lo sentía como si le hubiese sucedido a él. El padre del piloto lloró en los brazos de doña Magda y no tuvo fuerzas para ir a contárselo a su esposa. Ella no se enteró hasta muchas horas después y por boca de su madre. En un primer momento el piloto tampoco lo supo. Esa noche había ido a una fiesta con cervezas sin presagiar el principio y el fin de su hermana menor.

La relación del piloto con Antuanette terminó cuando él se enamoró de una chica que le gustaba mucho pero que no lo quería. La nueva muchacha era amiga de una amiga de un amigo del piloto. La había conocido en la playa durante un paseo. Muchas veces el piloto la invitó al cine. También la siguió a las fiestas que tenían en común. Su fijación por ella lo llevó a romper el vínculo con Antuanette diciéndole que necesitaba estar solo y a perfumarse con una nueva colonia. Por más que el piloto lo intentó la muchacha que le gustaba nunca supo quererlo. Siempre rechazaba las invitaciones y privaba al piloto de su compañía cuando se encontraban en las mismas reuniones. Después de varios meses de cortejo inútil, el piloto se llevó una gran sorpresa al enterarse que la chica que le gustaba estaba de novia con otro. Qué tiene ese que no tenga yo. Lo más seguro es que sea un pobre imbécil. La noche en que recibió la noticia, el piloto se fue de juerga y no paró de beber hasta que los vómitos lo disminuyeron. Al día siguiente el padre del piloto expuso sus preocupaciones por varios minutos. El piloto no volvió a salir de juerga por un mes.


De libro inédito Antologado & Acabado
© 2002 Salvador Luis

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