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HISTORIAS DE LA CONTRACULTURA
    I
TRES POETAS MUERTOS
PERE MARCILLA: PASIÓN Y FURIA

de Arturo Montfort

En Literatuya (septiembre de 2003) apareció un Fast Notes, nº 4 titulado Poesía contracultural, de nuestro colaborador y amigo Pere López en el que nos contaba acerca de la "Semana de Poesía de Barcelona" y, muy concretamente, del homenaje

(yo preferiría llamarle dedicatoria)

que allí se perpetró a tres poetas muertos y desconocidos, de la llamada contracultura de los años 70 en Barcelona. Tres poetas que nunca llegaron a hacerse mayores. Ellos y otros más fueron de alguna forma nuestros héroes. Con ellos, el espíritu Rimbaud planeaba, sinuoso y exigente, como los fantasmas de nuestros sueños juveniles. Y cuando cito a Rimbaud pienso, sobre todo, en aquella famosa expresión suya, cuya paradoja nos revela su actitud ante la poesía en particular pero también ante la vida: Merde pour la poesie!

Pere MarcillaLos tres poetas muertos eran, mencionados por estricto orden alfabético: Pau Maragall, Pere Marcilla y Albert Subirats. Lo dijo Kafka: uno no puede huir de los fantasmas que ha ido dejando sueltos por el mundo. Por eso mismo Genís Cano hizo lo que hizo.

Lo que hizo Genís, junto a David Castillo y Julià Guillamont fue precisamente perpetrar un homenaje a los poetas muertos. Esta expresión, le hubiera gustado, sin duda a Pere Marcilla... perpetrar. Ya hablaremos de él más adelante. Dicho acto, decía, se vio refrendado por la edición limitada de la antología Poètica de la contracultura, a cargo del Servei de Publicacions de la Universitat de Barcelona y, fundamentalmente, de la entusiasta labor del ya mencionado Genís Cano, impulsor del suceso junto a David Castillo y Julià Guillamont.

Genís CanoY permítanme que, para empezar, abra la ventana de mis recuerdos, sin mayores dilaciones. De los recuerdos, tan lejanos y, por eso mismo, sometidos al inmenso poderío de la imaginación. Déjenme que rememore aquellas figuras diletantes danzando entre el humo espeso y radiante del Bar London, en la calle Conde del Asalto, y del Zeleste, y del Café de la Ópera de Barcelona, aquellos opositores a poetas malditos que con sus osadas sentencias, irrecuperables, irrepetibles, construían imágenes que nunca olvidaremos (como nunca - creo - olvidaremos los vacíos que llenábamos con ellas) porque olvidándolas olvidaríamos también nuestra juventud y esto, además de imposible, es tan grave y penoso como no reconocer que fuimos unos ilusionistas del futuro imperfecto, y puede que bastante idiotas, pero tan románticos como el que más, los últimos románticos hasta nueva orden.

Y permítanos que dejemos de lado el pudor, los complejos y demás tonterías y nos presentemos tal como éramos: delgados y exquisitos cadáveres con blue jeans y sonrisa fácil. Correligionarios boquiabiertos ante el vuelo de la lechuza por las atalayas de antenas y ropa sucia los áridos domingos...

El desprecio ante los relojes y la marcha nupcial, eso éramos. Una escalera de champán, como dirían los surrealistas, eso veíamos cada vez que mirábamos pasar el futuro por nuestro lado. El futuro... al futuro no nos molestábamos ni en mirarlo. Y eso fue magnífico. Los mayores, los carcas, pero también los jóvenes y futuros trepas, nos llamaban los voceros del nuevo lenguaje. Las otras palabras, las de verdad, las suyas, llegaban con nocturnidad y alevosía y nos pillaban in fraganti en mitad de los sueños. ¡Pom pom, abran a la policía!

Así éramos: una especie de caja rusa repleta de nubes de Magritte, una dentro de la otra. Idealismo de bolsillo, dijeron luego, ediciones Lo Imposible. Lo cierto es que Lezama Lima, Moctezuma y Nietzsche escribían poemas en las paredes de los lavabos de la Plaza de Catalunya (que ya no existen). Sonaban chispas con halo de estrellas. Eramos algo así como meritorios, estudiantes y especialistas no cualificados. Y cantamañanas, que de todo había en la viña del señor.

Desertores de la razón, eso es lo que éramos. Cabecillas de la nada hecha pedazos, eso mismo. Aunque también soledades del cuarto de estudiar y la olivetti escuchando Pink Floyd, King Krimson y Jethro Tull, fumando un canuto, doblando la realidad como si dobláramos una vulgar esquina, arrugando el tiempo en un puño armado de ácido lisérgico. Nublados de constelaciones de cristal, disparábamos andanadas de espejos, en los que, como aprendices de vampiros, acabábamos por vernos reflejados.

Asamblearios del neón gastado y el papel de fumar, nos asemejábamos a los títulos de las canciones de los Stones. Esqueletos de vinilo y L.S.D. Viajeros en zapatos y suicidas en ascensor.

Los próceres del orden establecido nos llamaban embaucadores y dogmáticos, aunque nosotros preferíamos pensar que éramos gaviotas parricidas que gustaban de orillar en la Rambla de Santa Mónica, de Barcelona, cuando en realidad éramos revisteros del socialismo utópico y la comuna. Cada mañana mecanografiábamos el repertorio de lilas y por eso nos definíamos a nosotros mismos como cómplices de los cronopios y enemigos de los famas.

Sí, un poco juramentados de papel carbón sí que éramos, pero, sobre todo, enciclopedia de héroes garbosos: ahí estaba Henry Miller callejeando París entre humedades púbicas, y Kafka maquinando laberintos interiores con andares de escarabajo. Y Borges, cómo no, conspirando en las bibliotecas e irrumpiendo en la fantasía del todo. Rimbaud, sin embargo, se cagaba en la madre que parió a la POESIA, y, claro, nosotros nos complacíamos con nuestra querida Ana María Moix, tan joven y tan lúcida ella, siempre lamentándose, en sus Baladas del dulce Jim, de que habíamos ensuciado la playa con nuestros sueños.

Permítanme pues, ya que hablamos de Genís Cano, que rememore aquellos momentos en que Genís hacía su aparición entre las brumas del London, se sentaba como conducido hasta allí en volandas por el himno de Pink Floyd, Atom Heart Mother, y se quedaba escuchando las peroratas de Pere Marcilla, de Emilio Cortavitarte, de Enric Casasas y del que suscribe, y de tanto en tanto emitía una palabra envuelta en un celofán de admiración que Pere López y yo recordamos siempre con benevolencia y simpatía. Decía acuuuuuullunant, expresión que podríamos caer en el error o la torpeza de descifrar en castellano como "acojonante" pero que es sencillamente intraducible ya que más que una palabra era una imagen, una música, una consigna, una invocación a nuestros dioses.

Mi aportación a la crónica de la llamada contracultura de los setenta

(que yo siempre he preferido llamar como la de los últimos románticos)

será necesariamente personal, sesgada y modesta. Personal porque sólo hablaré de lo que viví y compartí. Sesgada, porque sólo traté a uno de los tres poetas muertos - Pere Marcilla -, aunque, es cierto, fue una relación intensa (cul i merda, como decimos por aquí); y modesta porque esa relación con el poeta, por muy intensa que fuera, lo fue en el período que podríamos llamar iniciático de Pere Marcilla (de 1970 a 1975 aproximadamente). Justamente el período anterior al descrito por la Introducción de David Castillo a los poemas de Marcilla en la mencionada Poética de la contracultura, Publicaciones de la Universidad de Barcelona, Barcelona 2003, Página 22.

Y digo modesta (palabra fea ésta, dejémosla en paz), también porque pertenezco, como tantos, a la turba de aventureros que pusimos el freno ante un camino de difícil retorno, de los que no acabamos de cruzar el umbral de la zona clara a la oscura, el escalón del todo o nada. ¿Cobardes? Puede ser. Vete a saber.

Por supuesto, me remito de forma entusiasta al artículo citado de David Castillo. Por su precisión, exactitud y rigor. Por su implicación entrañable y a la vez sin concesiones. Por su capacidad de contextualización. Y porque, en definitiva, estando escrito con los intestinos transmite perfectamente el espíritu "romántico" de aquellos años, es decir, su pasión y su furia.

Como escribe Castillo en el último párrafo de su Introducción a sus poemas, Pere Marcilla fue un "anarquista total", que había elegido la zona oscura porque nunca se acabó de creer la clara.

Castillo lo define mejor que nadie cuando declara que Pere Marcilla, en un tiempo de gregarismo (el de tan traída y llevada transición), donde todo el mundo quería afiliarse a partidos, sindicatos, cofradías, asociaciones de vecinos, ascensoristas, publicistas, ciclistas y otras hierbas, él, en cambio, era un artista de la impertinencia y la intransigencia, un INDIVIDUALISTA extremo.

Enlazando con esta definición, permítanme que empiece mi relato

(a buenas horas mangas verdes, ya lo sé)

por el final. Por la última vez que vi a Pere Marcilla. Fue en 1976, en la Rambla de Canaletas, cómo no. Encuentro casual, aunque eso no importe demasiado, en el mismo lugar donde habíamos perpetrado tantas historias, que en otro capítulo ya les contaré. Yo, por aquel entonces, había promovido una Comuna en un piso inmenso y destartalado de la Gran Vía, muy cerca de la Universidad Central de Barcelona y, por lo tanto, de su patio central, otro lugar insigne de maniobras orquestales y alevosías de cafetín. Para un anarquista total, como Marcilla, por supuesto, una comuna más bien light, como diríamos ahora.

Casi sin preámbulos, así era Pere, entró a trapo.

- Me han dicho que has montado una Comuna - me espetó sin más.

Y yo, viéndolas venir, me moví por el falso atajo de la defensa siciliana, como en una vulgar partida de ajedrez.

- Bueno, sí, en realidad....

Pero no me dejó acabar, su siguiente pregunta cortaba como una navaja.

- Me han dicho que os organizáis hasta para lavar los platos.

Entonces, callando vilmente que precisamente yo era el de los platos, me piqué y respondí:

- Pues sí, no nos gusta la mierda.

¿Lo vieron pestañear? Yo no. Yo escuché sus últimas palabras, las últimas palabras, la última frase y la última vez que vi para siempre a mi gran amigo Pere Marcilla, con el que tantas cosas compartí y nunca olvidaré.

- Para mí sólo hay dos tipos de comuna - sentenció: la autoritaria y la antiautoritaria.

Y quiero pensar

(ya les dije que los recuerdos son una lanzadera para la imaginación que ríete de Cabo Cañaveral)

quiero pensar, digo, que cuando llegó a su casa escribió este poema:

això sí que no el radiï en Pujal,
quina escomesa!, (*)
que pasar un cuarto de hora en tu habitación rosa y en tus sábanas de hilo.
Resumiendo me vas menos
que un mal de ventre (**)
de diez en diez o de vente en venta
pensión, posada y hostal.
Total, contigo y sin ti me lo
paso fatal.
Cuando llegues a Benares me mandas
una postal, después de limpiarte el
culo y el cerebro con Zotal.
¡Hastío mortal!

Como ves no somos
tal para cual (***)

 

(*) Aproximadamente puede leerse como: esto si que no lo radia Puyal / vaya "acometida".

"Acometida": en el Diccionario Ideológico de la Lengua Española, de J. Casares, "acometer": "Embestir con ímpetu". Joaquín María Puyal es un reconocido comunicador catalán. Entre varias de sus facetas como tal, están sus locuciones de radio de los partidos del Fútbol Club Barcelona, en las que fue pionero de las locuciones en lengua catalana, incorporando una nueva terminología a la temática futbolística en una lengua sometida desde siempre al castellano. Entre sus nuevas expresiones, quizás la más popular y conocida sea la de "és lliure de l'escomesa" (leámoslo como "se libra de la embestida") refiriéndose con ello al acoso y hostigamiento hacia el jugador portador del balón por otro del equipo contrario.

(**) Puede leerse como "dolor de vientre"

(***) Pere Marcilla, Página 29 de POÈTICA DE LA CONTRACULTURA (Coord. Genís Cano i Soler), Publicacions de la Universitat de Barcelona, Barcelona, 2003.

© Arturo Montfort
Barcelona, primavera de 2004

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