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LOS HOMBRES AZULES DEL DESIERTO
de Rosa Mora

En el poblado de Timia, en Níger, en las profundidades del desierto del Sahara, habitaba una tribu muy antigua de nómadas. Llevaban turbantes teñidos con indigo, este pigmento era tan fuerte que con el paso del tiempo su piel adquiría una tonalidad azulada, les llamaban “los hombres azules”. Era una tribu mítica de la que se decía que procedía de Venus. Algo terrible sucedió en este planeta y parte de sus habitantes huyeron precipitadamente a la tierra y fundaron la Atlántida. Los atlantes crearon las poderosas civilizaciones de Egipto, Caldea Asiria y Babilonia. Ellos fueron los que instruyeron a los arquitectos de las pirámides, los que les enseñaron su doctrina secreta, y tenían como símbolo a la poderosa esfinge, que representa la sabiduría.Dicen algunas tradiciones que fundaron la civilización egipcia y que los jefes más antiguos de la dinastía eran atlantes de raza pura. Esto se reflejaba en las representaciones de sus dioses, los dioses egipcios Ammón y Shu tenían la tez azulada.

Los hombres llevaban un turbante y la cara tapada para protegerse de las tormentas de arena, pero las mujeres no llevaban velo. Hablaban el Tamashek, un idioma muy antiguo que fue elaborado por los nubios, los ancestros de los libios. En sus fiestas organizaban carreras de dromedarios, y la ilusión de todos los niños era poseer un camello y entrenarlo para estas emocionantes competiciones. Desde hacía siglos mantenían una estructura social feudal, con diferentes clanes. Vivían en tiendas llamadas “warqa”, tiendas de color negro hechas con largas tiras de pelo de cabra o de camello que descansaban en cinco soportes, que las mujeres se encargaban de montar y desmontar. Después de once meses extremadamente calurosos, con tormentas de arena, cambiaba el tiempo y llegaba el viento, la lluvia y la tormenta, pero era de corta duración. Los hombres azules eran comerciantes y pastores y, desde tiempos inmemoriables, recorrían el desierto en caravanas de dromedarios. Pero como no les daba lo suficiente para vivir, se convirtieron en campesinos y empezaron a cultivar la tierra para obtener su sustento diario.

Sin embargo, cada año seguían organizando caravanas a la ciudad de Bilma, situada junto a un oasis, para recoger y vender su tesoro más preciado: la sal. Allí tenían depósitos de sal, de los cuales hacían evaporar el agua y recolectaban. Con ella formaban unos conos de sal que vendían a la tribu de los Haussa, campesinos que hablaban otro idioma, y también comerciaban con dátiles. En este viaje realizaban un trayecto de más de dos mil kilómetros que duraba unos seis meses. Antes de partir se pasaban días organizando el viaje, reuniendo comida suficiente para los dromedarios, una variedad de hierba que dejaban secar y colgaban en sus flancos. A los dromedarios que estaban muy intranquilos les introducían tabaco en los orificios nasales. Seguían rutas muy antiguas de oasis a oasis y se guiaban por las estrellas.

Su filosofía de la vida era un ciclo como la ruta nómada, el camino entre la tienda y el pozo simbolizaba la vida y la muerte. Cuando descansaban se sentaban reunidos junto al fuego y contaban historias fantásticas sobre el diablo, del que se decía que podía hacer desaparecer una caravana completa en unos instantes. En el desierto disponían de varios puntos de orientación, como los antiguos dibujos en las rocas de Ekedi, de animales extinguidos en esta zona como la jirafa, el elefante y la cebra.Y si había suerte, volvían a su poblado satisfechos con todos sus productos vendidos .

Desde tiempos inmemoriables, su vida transcurría tranquila y sin sobresaltos. Pero en un momento dado, la vida de los hombres azules cambió radicalmente. Cada año azotaba estas tierras una tormenta de arena de tan inmensas proporciones que parecía que llegaba el fin del mundo. Sus habitantes sabían que cuando el cielo se oscurecía, debían permanecer durante días en sus escondites bajo tierra hasta que la tormenta hubiera amainado. La tormenta de arena traía todo tipo de animales desconocidos, insectos monstruosos que parecían salidos de otras galaxias.

Para protegerse de estos insectos, estos hombres habían excavado galerías subterráneas parecidas a los nidos de las hormigas, con diferentes niveles, donde podían sobrevivir durante meses si fuera necesario. Pero estos monstruos gigantes poseían una antena magnética especial, con sus ondas podían descubrir a los humanos, y así situarse en las entradas y succionar con una fuerza impresionante todo lo que se encontraba en las galerías.

El curandero de la tribu imploró ayuda a sus dioses y tuvo una visión que mostraba que la única manera de protegerse de estos temibles insectos era conseguir el polen de la flor Nicolaia Eliator, también llamada Etlingera o Antorcha Imperial, una planta tropical de la familia de las heliconias. Con este polen podían cubrir su cuerpo y así obtener una capa que resultaba muy difícil de detectar. El curandero vió en su sueño una flor de color rojo con ramilletes en forma de pirámide, y les dijo que podían encontrarla en las selvas de Africa negra, a miles de kilómetros al sur del desierto. Sólo sabía que crecía en lugares luminosos pero con luz filtrada, en sitios protegidos por el viento. La reconocerían facilmente porque daba la sensación de un bosquecillo de antorchas vegetales, que brillan en la penumbra cuando las toca un rayo de sol. Así que cada año enviaban una expedición de hombres valientes que, arriesgando su vida, se adentraban en la peligrosa selva para ir en busca de la preciada flor, aunque sabían que quizás nunca se reunirían de nuevo con sus familias. Eran pocos los que volvían. Cada temporada, algún atrevido explorador conseguía traer unos gramos de este polen tan valioso. Se preparaba en unos alambiques especiales mezclándolo con otros ingredientes, hasta conseguir una pasta de color marronoso, algo pegajosa y de textura suave.

Cuando el cielo se oscurecía y empezaba a soplar el fuerte huracán, los nómadas sabían con certeza que se acercaba la fatídica tormenta de arena. Entonces corrían a sus refugios y se embadurnaban el cuerpo con esta pócima de olor extremadamente penetrante, esperando que los insectos, con sus antenas monstruosas, no consiguieran descubrir las entradas de las galerías subterráneas de los humanos. Eran unos días terribles y angustiosos, pero el resto del año vivían felices entre las dunas, las palmeras del oasis y la paz del desierto.

Pasaron muchos años y llegó un día en que, debido al capricho de la naturaleza, la flor de la Etlingera se extinguió. Desde entonces, esta tribu escoge cada año a varias personas, empezando por las de edad más avanzada, que deberán permanecer en las galerías más cercanas a la superficie, como una ofrenda para los insectos gigantes. Pero las personas sacrificadas cada vez son más jóvenes y los líderes buscan desesperadamente una solución. Año tras año se suceden las despedidas más desgarradoras. Incluso han construido unas estatuas de grandes proporciones en medio del desierto para pedir los favores de los dioses y suplicar clemencia a los terroríficos insectos.

Pero estos insectos son seres con un cerebro rudimentario que sólo siguen sus instintos primarios de supervivencia. Llegará el día en que los nómadas desaparezcan y cuando pasen caravanas de dromedarios por esta zona perdida en el desierto, se preguntarán que significan estas figuras gigantes de aspecto desconocido con facciones de saltamonte o araña, situadas lejos de la civilización , y nadie podrá explicarles su increíble historia.

© Rosa Mora

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