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Los poemas tan amada calle Balmes, deseo de noche, deseo de ti y me duelen las palabras, forman parte del libro de Jorge Brotons, El tiempo raro.

EL TIEMPO RARO
presentación del libro de Jorge Brotons por Jordi Llavina

Jorge Brotons andaba a vueltas con este libro desde los tiempos inmemoriales en que lo conocí -hará de eso unos tres años-, haciendo lo que todo poeta consciente de su trabajo: pulir sus versos, desarrollando una idea, engarzando una palabra nueva en un verso viejo (o expulsando otra del refugio de una estrofa), remozando la carpintería de una imagen, abrillantando el metal de una metáfora.

El tiempo raro es, por ello, un libro honesto, cargado de vida, sin los aspavientos verbales ni los fuegos fatuos ideológicos tan caros a la juventud aprendiz. Un libro cuyos poemas, uno a uno, no acaban de tener sentido sin el concurso de sus vecinos: el uno apoya al otro, el de más allá alienta la intención del que le sigue. Una obra razonable: me gusta, por ejemplo, que no haya estridencias, que el conjunto dé una sensación de vida tranquila, de vida que se va apurando con todos sus dolores, "sinpresencias" y "sinsilencios" (una vida como esa entrañable tacita que una pareja sorbe con toda la dulzura inconsciente del mundo ante un malecón). Como si desde la explicación de ese "tiempo raro" -"el de las primeras obras / que van anclando nuestras vidas": un tiempo aún zarandeado por ciertas zozobras existenciales-hasta ese anagrama de nívea ternura (Anitram) que cifra un tiempo nuevo -en el que "contra todo pronóstico, la vida se me / ha llevado por delante"-, como si en ese interregno, digo, al poeta, en efecto, le hubiera cundido la vida, y la hubiera sabido trasvasar -midiéndola, como quería Eliot, con cucharillas de café- en el recipiente de palabras que es el verso.

El tiempo raro reflexiona, ante todo, sobre el tiempo. Hasta ahí, Brotons no se mueve un ápice del guión universal de la literatura: el tiempo, el paso del tiempo, la piel que se descama y el alma que se desconcha, constituye, acaso, el gran tema sobre el que vuelven, una y otra vez, los poetas de todas las épocas. Y Brotons no es ninguna excepción. El poeta habla de construir "memoria y tiempo", y se pregunta -mera interrogación retórica, puesto que la respuesta es de lo más obvio-: "¿No es la decadencia la belleza que más duele?". Pero la reflexión sobre ese particular implica, por supuesto, dar cuenta de lo que, con el paso despiadado de los años, representa, al decir de José Ángel Valente, "una lenta desposesión". "Vivir es fácil. Arduo, sobrevivir lo vivido", apuntaba Valente. Y Brotons parece remachar la idea en muchos de sus versos, en los que se anuncia la inestabilidad de todo, como si se tratara de un parte metereológico para un país tropical en la estación más agitada: "Esta mañana hemos oído cómo anoche / nuestros cuerpos ya se despedían".

El deseo es otro de los acicates para escribir: espléndido fruto de jugo amargo, que siempre acaba por desazonar. Brotons -o el personaje que se encarna en sus poemas- quiere, con Gil de Biedma, llevarse la vida por delante, pero es más bien la vida quien le marca el carril por el que seguir avanzando, y de vez en cuando, tras "un día de todo y una víspera de nada", llega a sentir "tanto pánico en mi cuerpo / que me grito al oído / para moverme". Aun así, de tanta ausencia impuesta, de tanto alejarse aquello que nos ha colmado de placer, de tanta colección de pérdidas, el poeta extrae una lección conveniente y convincente: "No quiero volver a tenerte lejos / para saber que te quiero".

En El tiempo raro el poeta se muestra con entrañable desnudez: duda. Cuando éramos más jóvenes, hasta sin llegar a viajar en sucios trenes que iban hacia el norte (a nuestra generación no le han hecho ninguna falta), aprendimos, en nuestras primeras clases de inglés, que de los "mistakes" se aprendía lo suyo. Pues bien, en este libro yo diría que late un corazón, que se retuerce una inteligencia, que una piel siente escozor. Me parece una obra de una rigurosa humanidad, una fiel veleta que va apuntando nortes muy diversos, con ese prurito inicial de la juventud del "arribar y no quedar" hasta esos poemas finales en los que el autor parece haber logrado un equilibrio plausible para el fiel de la balanza del tiempo. Entremedias, versos ingeniosos a veces ("hoy me has dicho que eres como el mar / inabarcable": tiempo y lengua, sustancia del poema), brillantes otras (la lluvia se convierte en "alfileres de llano mecanismo [que] suturan / el quehacer a la mañana); lúcidos y hermosos, las más de las veces ("Pero nuestras piedras no hacen fuego y / siempre lo hemos sabido, / acaso te quiero").

Un libro, en suma, de verdad, en el que todos sus amigos podemos reconocernos en el tributo de un verso que nos dedica. Ahora, a partir de aquí, empieza todo, como diría Tavernier. Primeras piedras para prender el fuego de la palabra en las cuartillas. Seguiremos leyéndote, Jorge, para identificar nuestras propias emociones y desvelar nuestros mismos miedos.

© Jordi Llavina

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