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 Revista de Literatura » Poemas » Poemas 5, 7 y 8 de Camino de Extremadura  

  

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Del libro: Camino de Extremadura
POEMAS 5, 7 Y 8
de Juan Carlos Elijas

 

5

Yo sólo pronuncio las palabras pero se encarga la historia de las imágenes.

Hemos venido aquí, a través de hayedos y robledales con la mansedumbre
animal del apátrida, sus escasas habilidades sociales, su fe confesa en la
libertad.

Hemos venido siguiendo el rastro del saúco y la espadaña por la orilla de los
arces y los chopos. Desde el prado al nogal y su cintura, de la encina en flor y el almez al abeto y al castaño solemne y sus zurrones.

Libertad es nombrar a los muertos abriendo un pan sobre el sepulcro, sobre la fosa común, sobre su mesa.

Yo sólo pronuncio las palabras, otros inventaron guerras justas para la
venganza y su corazón les dijo talmente así, no pienses, consigue cuanto
puedas, conserva lo que logres y cultiva el espíritu, si es que alcanzas, en un tiempo récord.

La fábula se encarga ya de las imágenes.



7

Abajo ya los olmos, las hogueras silvestres, los terebintos con su raíz lejana,
quién sabe si en el Báltico.

Porque no sé si estoy llegando al nacimiento del Ambroz o al del Havel. No sé si el Alagón o el Elba serán nuestro destino, que no será el mar, que no será el morir.

Porque ahí me esperas, después de treinta curvas, con tu amor hidroeléctrico y tu cueva y tu brasa.

Tu azul no siempre es posible, bastará nombrarlo y un murciélago quirógrafo
tomará nota para la engañifa de la eternidad.

Camino de la brevedad, hasta el musgo y su savia selecta, hasta el lirio y sus
labios suaves, hasta el piorno que descubre el pecho de sus riscos.

Camino de la brevedad, hacia un amor criptógamo, que es piedra ya y es hierro
y otro abrazo, créeme, te abrazaría hasta la mansa caída de la
desembocadura.

Te abrazaría en jergones de genista, con mi carro temblando de deseo, con
yunta de dos tigres contra tu sable, contra el fusil, contra la pólvora y el filo, a tumba abierta, como dicen que mueren los valientes en el amor, entrando sin llamar, fulminados por el liquen.



8

La fábula se encarga ya de las imágenes.

Porque venimos de esa raza de pastores de majada y hierbabuena, porque
venimos de una estirpe de campesinos, de enterradores con un farol de frío
en las carretas y una barca y una súplica, siempre suplicando, siempre dando gracias.

Por eso vinimos aquí, desde Berlín, del adoquín a la losa, del muro al tajo, a la
arquería mudéjar, al adobe o al acueducto romano.

Porque ardió nuestra casa, la quemamos para no volver jamás, para podar la
nostalgia al primer brote y desafiar así a la melancolía.

Y vinimos aquí a comprobar si nuestra infancia tenía un rostro conocido o si
todo estaba en su sitio, tal y como lo dejamos en el último verano azul de las leyendas.

Ya han muerto casi todos. Algún tío lejano que vigila. Fue prenderle fuego y
marchar. Fue oler esta tierra y supimos tanto sobre nosotros, que nunca
nombraremos el gozo, por no ofrecer a los fantasmas del todo la nuca, ni la
respuesta, ni la pregunta, ni la nobleza.

¿Qué será de esta tierra, pensamos, sin nosotros, sin esa voz de hierro? ¿Tan sólo la fatiga que provoca el ascenso, la coz de vientre contra vientre y
marea?

He aquí la mansedumbre en torno a una presencia fugaz tras los montes, los
bueyes del llamazar en su círculo como el guante de la edad en nuestro
rostro, el duelo eterno de la nieve y su memoria, el desafío de la Historia y
el Poema, etcétera, etcétera y etcétera.

Del libro: Camino de Extremadura

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