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MAMÁ HA MUERTO
de Arturo Montfort

Cuando amanece, me quedo embobada ante ese resplandor anaranjado que se entrelaza, altivo, entre los pliegues grises del cielo. Esa silenciosa conflagración que nace en la lejanía, se expande con su gama de colores vivos como la sangre, acaricia los tejados de mi ciudad, desciende hasta el jardín de la Comunidad y arranca brillos rojizos a la pared de obra vista de la piscina. Es una aparición que dura lo que un instante pero que me trasmite múltiples sensaciones que ni siquiera intento descifrar. El último sorbo de café coincide con la claridad del preludio. Y ya no sé lo que es peor.

La claridad del preludio, así llamo yo a mi amanecer silencioso. Será que por mucho que me resista, siempre me atrapa la melancolía de ese instante y su futuro recuerdo. Una melancolía que precede a la voracidad de la monotonía. No sin esfuerzo, intento reconstruir el rompecabezas de cada día, esos hábitos, tan simples por otra parte, que cada vez requieren un mayor esfuerzo. Retiro los platos del desayuno, cambio las sábanas, me limpio los dientes, me embadurno la cara con crema hidratante y enciendo la radio. La sintonía de la radio sustituye la sinfonía de los colores. Sumisa, espero ese dolor en el pecho, ese vértigo sin precipicio. No ofrezco resistencia. El dolor puede ser también una costumbre. Casi no hace daño, sólo destruye poco a poco. Lo hace en silencio, como si no quisiera molestar.

Llegan en tropel los locutores, esos seres optimistas a los que nunca se les ve el rostro y que acompañan sus cálidas voces con señales horarias y noticias cada hora en punto. Son los voceros de la normalidad: anuncian tiempo estable en el centro y llovizna en el norte, vulgares escándalos políticos y declaraciones de personajes supuestamente relevantes. De vez en cuando la muerte de algún famoso antecede la necrológica de urgencia. Luego, las piezas del puzzle se recomponen gracias a los embotellamientos, las diatribas parlamentarias y los partidos de la champions ligue .

Cuando rompe el día, hace ya rato que Luis ha salido disparado por esa puerta, con un café recalentado en el micro, tres galletas integrales y un cigarrillo en la boca, amen de un maletín lleno de papeles, pliegos y escrituras y un montón de kilómetros por recorrer. Viéndolo salir de casa, se consolida más mi teoría acerca de la masculinidad, la del hombre burro. Burro y puede que hasta cazador.

- ¿Tendrá alguna amante?-, me pregunto en ocasiones, sorprendiéndome a mí misma ante la vacuidad de este pensamiento. Ni frío ni calor, vaya. La costumbre puede atacar así, sin compasión. A veces, el fracaso puede ser la repetición de cada gesto, esa invasión de hormigas en mi cerebro que me avisa y notifica de que el tiempo no pasa en vano, pero, sobre todo, como dice la canción, de que el tiempo no es nada. Sí, a veces resulta insoportable.

Entonces descubro que me importa un bledo si tiene amantes o no. Y esa sensación me encerraba todavía más en el cuarto vacío de mi cuerpo.

Siempre he sido un tanto aprensiva y boba. Desde muy pequeña, desde que veía una gota de sangre y me desmayaba.

Sí, lo mío viene de antiguo. Aún ahora me acechan ruidos de fantasmas y me asusto como un gato faldero:

sonidos de papeles quemándose
cristales haciéndose añicos
papel de aluminio arrugándose
una pantalla de televisor reventando en diminutos fragmentos de cristal.
Infinidad de cristales quebrándose.

Bueno, este ruido lo vengo escuchando desde hace poco menos de tres meses. Primero pensé que se trataba de una fobia más.

como los asensores
como las ventanas cerradas
como encontrarme en un atasco y sentirme encerrada en un ataúd y experimentar ese vómito interno
ese ataque de pánico
como el miedo a la oscuridad
como despertar a las tantas de la madrugada y descubrir que me han robado la matriz los intestinos el corazón

Estas sensaciones se acrecentaron con la menopausia, "ahí estás preciosa, bienvenida, mala hija de puta". Cuando llegó la recibí con dignidad, eso sí. Me preparé resignadamente para la depresión y el malhumor. Lo hice paciente y metódicamente, aumentando mi dosis de trankimazín y gelocatil

Pero antes de que el fantasma de José Luis cruce el umbral de la puerta, con su maletín negro con cierres dorados, su cabello aplastado con gomina y su afeitado apurado al máximo, dejando su pestilente olor a after shave, mucho antes de eso, suena el despertador. Primero el de color rojo, modelo convencional, zumbido cimbreante, si se me permite la expresión.

Ni caso.

Y más tarde, el antiguo, el que truena con su endiablado driiiiiing. El único que despierta a José Luis, a todos los vecinos, al canario, y a mí la primera, desde luego

Por supuesto, odio los despertadores.. Y eso que aún tengo guardado bajo llave el que me regaló mi querida cuñada, ese que imita el canto del gallo. Sí, mi cuñada... Esperen que les cuente.. Me regaló un cubrecama de un color horrible y chillón, estampado de flores, de esas mismas flores con las que antes se empapelaban los pisos baratos, y un juego de tacitas de té y café de porcelana, y un delantal de plástico con la reproducción de Marilyn Monroe, todo regalos de mi encantadora cuñada, que nunca se olvida de un cumpleaños ni que la maten, es tan previsible, tan inevitable, diría yo, es el tipo de mujer que yo siempre aspiré a ser... hasta que me di cuenta de la broma, de la farsa del hogar y todo eso... También es verdad que al final acabé cediendo ante su constancia, sí, acabé llamándola un día para avisarle de las rebajas en la tienda de la Juani y, acto seguido, claro, pienso qué imbécil que soy, y para qué les voy a contar.

Luis se levanta a las seis y media. Empieza entonces el festival de ruidos, primero en la cocina, luego en el cuarto de baño y, finalmente, en el armario ropero. Tendrían que ver su desespero cuando no encuentra los pantalones a cuadros, ni el traje beige, ni la gabardina recién sacada de la tintorería que cuelga de la percha dentro de su inmaculada bolsa de plástico. Como un pulpo en un garaje. Hasta un ciego la vería. Una hora más tarde suena el segundo despertador.

Sigo. Le preparo el colacao a Víctor, le despierto, le hablo (cosa inútil, es como hablarle a las plantas o a mi madre, la pobre, que está sorda), le visto, le peino y es, en ese momento, mientras le hago la raya (en el lado izquierdo, como su padre), los dos frente al espejo, cuando me encuentro que, junto a un hermoso, listo, inteligente niño de cabellos negros agitanados y ojos de avellana, tengo a una mujer rancia legañosa y un poco canosa que me mira a lo raro. Me mira, aunque en realidad parece mirar hacia un punto indefinido más allá del espejo. Y es que, en determinados estados del alma, mirarse como yo me miro es como un símbolo. O un síntoma, no sé. Un síntoma de la decadencia. Es en ese instante, generalmente, cuando suena el teléfono. No, no es Marta. Es Amador. Le digo que de ninguna manera, que no, que imposible de todas todas, y cada vez que menciono alguna imposibilidad, imposibilidades que se acumulan una sobre la otra como una gran pastel de tortillas (mi especialidad), esa es la verdad, me abandonan un poco las fuerzas, se me escapan junto con el aliento, por las ventanas, y por la chimenea, por todas partes se me escapa el valor, si alguna vez lo tuve. Y acabo sumida en un cansancio tibio, acariciándome los muslos bajo la bata, esa venla que sube sinuosa hasta la rodilla, y así me quedo un rato recreándome en esas odiosas venillas, pero esto es instintivo, ese cosquilleo que me sube hasta los pechos, mis pezones tan helados e insensibles. Me miro en el espejo y esta vez sí que encuentro algo de mí, aunque en realidad sea como buscar una aguja en el pajar: yo entre todas las mujeres que peinan a un niño, entre este niño guapo y esas mujeres que se resumen en mí misma, que de pronto se pasan la mano por el rostro e intentan borrar en vano esa expresión de tristeza y siempre con el miedo de que detrás de ese borrón no quede rostro.

Le recuerdo a Víctor que revise su mochila, ¡atención a la agenda del cole! ¿Algún trabajo pendiente para hoy? Le doy un beso y vigilo desde la ventana la puntual llegada del microbús. Es en ese momento cuando oigo por primera vez el ruido de un papel arrugándose hasta quedar prensado del todo, un bulto dentro del puño. Y es más tarde cuando pienso que quizá no sea un papel arrugándose, que vete a saber si se trata de un montón de cristales rompiéndose, o la luna del armario ropero quebrándose hasta hacerse añicos. Y, acto seguido, escucho, nítido, el sonido del ukelele, aunque un poco más lejano. Y entonces me entran ganas de morirme.

Vendrá pronto, de eso estoy segura, las profesiones liberales tienen sus ventajas, me dijo una vez. Entre cliente y cliente, toda una hora para tomar el café juntos. Lo cierto es que nunca tomábamos el café y que cuando yo le decía ¿a joder le llamas tú tomar el café?, él soltaba una risita nerviosa que se suponía debía excitarme. ¿Qué fácil, ¿no? Primero estas cosas me parecían, sencillamente, vulgares, terriblemente vulgares, sino bochornosas. Algo que les podía pasar a las demás pero nunca a mí, una muchacha educada para ser una princesa o, lo que es lo mismo, para enamorarse de un príncipe. Ahora ya no me parecen nada. Me despierto cada mañana y pienso, bueno, un día más. En esta frase he reducido la filosofía de mi vida.. Otras veces, me despierto y pienso ¿así que la vida era esto? Vaya minucia.

Hará justo ahora tres meses, entramos en un restaurante. Luis pegó un bote de silla y, sin mayores explicaciones, como es su costumbre, regresó acompañado de un individuo más alto que él, más delgado y más guapo, y bruscamente, sin proponérmelo, me imaginé haciendo el amor con un representante de joyería, y me quedé de piedra, claro, me entró como un sofoco. Siempre fabricaba mis fantasías eróticas en el baño o en la cama, en ausencia de Luis pero jamás, hasta entonces, en vivo y en directo. Luis insistió en que el tipo me enseñara su muestrario de bisutería cara, te regalo lo que quieras, imbécil, pensé yo, elige tú misma, respondió él, eso sí que no lo soporto de Luis, su fanfarronería innata, algo que se remontaba sin duda a los tiempos de la mili, en la que, según cuenta siempre, hizo de general o algo parecido, imposible resistirme a esa pulsera de plata, por otra parte.

Bajo a la calle para comprar el pan y tropiezo siempre con el bar que hay junto a la droguería. Sé que el guarda del parking, que ahora mismo me está vigilando (deformación profesional, pienso yo) desde su rincón, con su orujo y sus ducados, el guarda digo, anda loco para que cruce las piernas sobre el taburete y le enseñe las bragas. El problema es que hoy no llevo, así que mi audacia tiene un límite. Oí por primera vez ese ruido cuando murió mamá. Paco, mi hermano mayor, llegó con el rostro compungido pero afable, comprensivo y atento, me rodeó la espalda con sus largos brazos, me abrazó y dijo, mamá ha muerto. No lloré ni me quejé pero sí que oí el ruido de los cristales quebrándose, ese ruido de cristales desintegrándose en trozos muy muy pequeños, en pedazos que no medirían más de un milímetro cayendo sordamente sobre unas baldosas que por mucho que se laven siempre parecen sucias. Fue la primera vez, sí, lo recuerdo muy bien. Este bar tiene el olor a bares viejos y sucios, olor a fritanga y a poso de café, con sus mugrientos banderines de clubes de fútbol, del Real Jaén, por ejemplo, y fotografías viejas, y un camarero que podría ser cualquier cosa, un albañil, un conductor de autobús, un mecánico tornero, todo menos un camarero de esos que se te acercan por la espalda y esconden su brazo izquierdo, bien pegado contra su espalda, un parado de la Seat que ha arrendado un bar con la indemnización del despido, por ejemplo. Un camarero que nunca soñó con ser un camarero y que cuando le pido una copa de coñac pensará seguro que soy una descarada, una perdida. Entonces, cuando me tomo la copa, y a pesar de la mirada subnormal del guarda, pronto a desmayarse, y esto he de reconocerlo, empieza molestándome pero acaba divirtiéndome, es cuando oigo, pero mucho más lejano, el sonido del ukelele.

Llamará a la puerta. Como en las películas de espías: dos llamadas seguidas, una pausa y una tercera llamada. Ding, dang... dong. Dejará su maleta en el sofá. Me ha prohibido terminantemente que me arregle, que me ponga colorete, que me pinte los labios. Ni siquiera me permite que me vista. Hasta aquí lo puedo entender, puedo ser muy comprensiva, lo que no puedo entender es que me ordene que ni siquiera me lave. Le excita pensar que acabo de levantarme de la cama, que aún no me he duchado, que me huele el chocho. Eres un cerdo, así de claro. Por este camino, le dije un día, ya te estás comprando una colección de videos pornos y vete poniéndote al día tú solito, guapo. Por cierto, que cuando le dije esto me cruzó la cara. Me quedé helada de la sorpresa, me abofeteó. Le insulté y acabé mordiéndole en la mano. Y, claro, cómo no, eso no pareció disgustarle al señor... Al día siguiente, como disculpa por el mordisco, me puse las gafas de sol que me había regalado y que siempre me negué a ponerme,, pues no tengo una vista de lince que digamos y, además, a esas horas, con gafas de sol y camisón de raso parezco, no sé qué, una putilla. Ahora las utilizo, más que nada, para disimular ante el camarero y el guarda del parking, esas bolsitas azuladas que asoman por debajo de mis, ejem, bonitos ojos.

Luego ya haré la cama. Claro, quiere la cama sin hacer, ¿para qué?, me digo yo, si nunca la usamos. Tenderé la ropa, fregaré los platos y pondré otra lavadora, y así hasta que...

Hasta que algo pase de verdad. A veces pienso que los sueños me avisan de los acontecimientos pero todo es pura mentira. Mis sueños no se han cumplido jamás. Quizás por eso los olvido tan fácilmente. Marta, mi cuñada, me convenció finalmente para que acudiera a una vidente, ¿qué significado tiene ese ruido?, le dije a ese espantajo que tuvo, a pesar de todo, la delicadeza de esconder su bola de cristal, ¿ese ruido de espejos rotos? Pero no supo contestarme, eso pareció molestarla, esa expresión de clara decepción, que no me molesté en disimular, porque, acto seguido, me vaticinó conque moriría joven, aunque eso sí, muy rica. La traté de imbécil y débil mental, y por eso Marta tuvo que sacarme a rastras de allí y me retiró la palabra durante varias semanas, hasta las rebajas de enero para ser exactos.

Cuando llegó Amador, ¡vaya nombre para un amante!, y me encontró con las maletas hechas, se pegó el susto de su vida, esa es la verdad. Me dijo que mejor lo dejábamos para mañana, pero no regresó jamás. Mientras lo miraba escurriendo el bulto pensaba que nunca había luchado tanto, ni con tanta desesperación, por sentir amor, amor de verdad, de los de los cuentos de hadas. Y no conseguía sobreponerme a la sorpresa de comprobar lo fácil que era desprenderse de un amante sarnoso, nunca mejor dicho. Y esa misma tarde, cuando le dije a Luis que tomaba las de Villadiego, ni se inmutó. No es tan fácil, después de todo, desprenderse de un marido normal, con el que has compartido miles de horas. Con el que alguna vez te has sentido razonablemente tranquila, quizás hasta feliz. Yo ya me había hecho mi película mental, pero no ocurrió nada de lo que me había imaginado, nada de esas complicadas discusiones sobre la pareja, el desgaste conyugal, los reconocimientos de culpa y todo eso que se supone que una puede esperar después de tantos años de oscuridad y vacío. Ni siquiera el ruego final, no te vayas, por favor... O eso otro, ¿y ahora que voy a hacer? Me miró de arriba a abajo y me dijo ¿de qué crees que vas a vivir? Y, luego, me dijo, tú sabrás lo que haces... Me quede de una pieza, mirándome los zapatos como si de pronto me hubiera entrado un feroz ataque de limpieza. Estaban llenos de polvo.

Faltaban dos semanas para la entrada del verano. Rosa, la madre de Javier, el amiguito de Víctor, me había hablado muchas veces de su amiga, la que había conseguido un trabajo de guía turística en la Costa Brava. Nos reíamos las dos, pobre infeliz, cantábamos a coro, seguras dentro de nuestro papel de madres diligentes y hábiles en el arte de soportar la vida. Lo que tendríamos que hacer, decíamos con esa frivolidad tan propio de los que no tienen casi nada que perder, es buscarnos un viudo rico y a ser posible viejo y no precisamente hacernos la hippie a estas alturas de la vida. Pero eso es la teoría, y de la teoría a la práctica hay un trecho, como muy bien dicen. Al día siguiente ya tenía ese trabajo. Hice nuevamente las maletas y me esperé dos horas en el bar de la estación. Esperaría todo el tiempo necesario para asegurarme bien de no oír mas ese maldito espejo deshaciéndose en diminutas partículas dentro de mi cerebro. Te morirás joven aunque rica, eso es lo que dijo la pitonisa engañabobos, pues sí que empezaba bien... Claro que no dijo nada del ruido y yo tampoco le conté nada del runrún del ukelele, estábamos en paz, ese era mi secreto.

Cuando el tren asomó al mar abierto y vi las playas repletas de bañistas, una luz desgastada dejó un rastro de mariposas muertas en mis párpados. Supe, sin saber por qué, que ya nunca más volvería a escuchar otro ruido que no fuera el de mi propia voz. Y fue entonces, como una dulce contradicción, cuando percibí el ligero rumor del ukelele, ligero como la brisa del mar. Y qué cosas, me acordé del delantal, con la imagen de Marilyn Monroe, y de mi hermano apareciendo con rostro arrepentido y apesadumbrado y abrazándome, mamá ha muerto.

Artur Montfort
Barcelona, 30 de julio de 2002


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