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informe 365
YESTERDAY
de Arturo Montfort

"¿A qué le llama tiempos viejos, usted?
A mí todo lo que me ha pasado me ha sucedido ayer,
anoche a más tardar.
"
Julio Cortazar

Tal como éramos: ceniceros de mar, delgados cadáveres con blue jeans y sonrisa fácil. Camaradas boquiabiertos ante el vuelo de la lechuza por las atalayas de antenas y ropa sucia los áridos domingos...

El terror ante los relojes y la marcha nupcial, eso éramos. Una escalera de champán, eso veíamos cada vez que mirábamos pasar el futuro por nuestro lado. El futuro... el futuro no nos molestábamos ni en mirarlo. Y eso fue magnífico. Los mayores nos llamaban los voceros del nuevo lenguje. Las otras palabras, las de verdad, las suyas, llegaban con nocturnidad y alevosía y nos pillaban in fraganti en mitad de los sueños. ¡Pom pom, abran a la policía!

Tal como éramos: una especie de caja rusa repleta de nubes de Magritte, una dentro de la otra. Idealismo de bolsillo, dijeron luego, ediciones Lo Imposible. Lo cierto es que Gerónimo, Moctezuma y Nietzsche escribían poemas en los lavabos de la Plaza de Catalunya. Sonaban chispas con halo de estrellas. Eramos algo así como meritorios, estudiantes y especialistas no cualificados. Y cantamañanas, que de todo había en la viña del señor.

Desertores de la razón, eso es lo que éramos. Cabecillas de la nada hecha pedazos, eso mismo. Aunque también soledades del cuarto de estudiar y la olivetti escuchando Yesyerday, The Beatles o Ray Charles, ambos eran estupendos. Andanada de espejos en los que no acabábamos de vernos reflejados. Alegres comunicadores: decíamos, como Cortazar y Evtuixenko, un hombre es un hombre cruzando un puente.

Aventajados discípulos de Breton, quien afirmaba que se arrojaba cada día por la ventana de sus sueños. Presumíamos de ser sweet hunters, dulces cazadores de la realidad aunque sólo fuéramos destellos de la navaja de Van Gogh. Nuestro lema, todos los mares, el mar. Es decir, también éramos buscadores de tesoros en los pasillos del metro. Asamblearios de neón y papel de fumar.

Tal como éramos: como los títulos de los Stones, esqueletos de vinilo y L.S.D., viajeros en zapatos y suicidas en ascensor.

Los individuos de orden nos llamaban embaucadores y dogmáticos, aunque nosotros preferíamos pensar que éramos gaviotas parricidas que gustaban de orillear en la Rambla de Santa Mónica, cuando en realidad éramos revisteros del socialismo utópico y la comuna. Cada mañana mecanografiábamos el repertorio de lilas y por eso nos definíamos a nosotros mismos como cómplices de los cronopios y enemigos de los famas.

Recordar como éramos nos conduce a las catedrales pero también a las canciones de Carol King: letra de encendida sombra, oración entre amigos, You've got a friend.

Sí, un poco juramentados de papel carbón sí que éramos, pero, sobre todo, enciclopedia de héroes garbosos: ahí está Henry Miller callejeando París entre humedades púbicas, y Kafka maquinando laberintos interiores con andares de escarabajo. Y Borges, cómo no, conspirando en las bibliotecas e irrumpiendo en la fantasía del todo. Rimbaud, sin embargo, se cagaba en la madre que parió a la POESIA, y, claro, nosotros nos conformábamos con nuestra queridísima Ana María Moix, tan joven y tan lúcida ella, siempre lamentándose de que habíamos ensuciado la playa con nuestros sueños.

¿Qué necesidad -decía Cortazar-, qué necesidad, decime, de pegarles a las viejas en el coco con nuestra puritana adolescencia de cretinos mierdosos? Che, sbornia tengo hermano, yo me voy a casa. Pues eso, más o menos.

de Artur Montfort
Barcelona, 23 de octubre de 1993


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