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GALLINEJAS
de Nina Melero

Vivía en pensiones, malcomía en bares de barrio, se peleaba con Dios y con su sombra. Se llamaba Salvador Garrido. En realidad, sus amigos le decían Sal. Aunque, bueno, eso también se lo decían los camareros, y las mujeres, y la policía, porque Garrido era un tipo incómodo, un tipo que andaba por ahí oliendo a gallinejas y gritando cosas que la gente no quería oír.
Al final, Garrido se acabó casando con una monja. De acuerdo, había sido monja antes, pero eso no se quita así como así. Llevaba botines con faldas cortas, usaba una pastilla de jabón cuadrada en vez de champú, y seguía oliendo a naftalina. Que no, que seguía siendo una monja. Garrido se había dado cuenta enseguida, en la noche de bodas, cuando ella no se quiso quitar los calcetines. Vamos, que estaba clarísimo.
Que hubiese sido una monja, pase; que tuviese que ir todos los días a misa a las siete de la mañana, bueno. Pero lo que Garrido no podía soportar era que se hiciese la mosquita muerta cuando él, que no era tonto, no señor, sabía de sobra que se la pegaba.
Fue al bar, empezó a interrogar a todo dios con una cara que, claro, todo el mundo le daba la razón.
-Pero Sal, ya te he dicho que yo ni siquiera conozco personalmente a Custodia.
-¿Ah, no? ¿Y entonces cómo demonios sabes cómo se llama?
-Sal, baja la voz, que te van a acabar echando. Pintan bastos.
-A mí no me mandas tú a callar, mostrenco. ¿Y tú? ¿No tienes nada que decir? Que te he visto rondando por mi portal.
-Es que para eso me pagan. Soy el portero, ¿sabes?
-¡Excusas! Arrastro. ¿Y tú qué estás pensando? ¡No estarás pensando en mi mujer!
-Sí, y en lo buena que está, con su verruguita de monja en esa napia tan sexy que tiene.
-¿Estás insinuando que mi mujer tiene cara de monja?
Y le arreó un puñetazo al pollo aquel, y le echaron del bar, y aquella noche no pudo concentrarse, hipnotizado con aquella maldita verruga de monja.
Era el portero, estaba seguro. Aquella sonrisita cuando él salía a trabajar, aquella manera de escurrirse fregando la escalera... Lo preparó todo: a la mañana siguiente Salvador salió como todos los días, a las ocho en punto. Se aseguró de que el portero le había visto salir; después tuvo que hacer malabarismos para subir sin que le viera: trepando por la escalera de incendios, abriendo la puerta de la azotea, bajando por la escalera hasta su piso. Y allí estuvo escondido, esperando, encogido en un entrante del descansillo frente a su piso. De pronto oyó subir a alguien, fijo que era el portero, los pillaría a los dos in fraganti. Pero no. Era el empleado de la luz, revisando los contadores. El tipo llamó a la puerta, Custodia le abrió. La puerta se cerró, Sal estaba que no vivía. Tardaban mucho, oyó algo. No podía aguantar más. Metió la llave, abrió la puerta de golpe. Allí estaban.
El empleado con la mano en el contador, su mujer esperando junto a la nevera. De acuerdo, no sería el de la luz, pero a su mujer se la beneficiaba algún otro, estaba cantado. Ya le pescaría él, y entonces, entonces se iba a enterar ese mamarracho de quién era Salvador Garrido.
Fue a la iglesia a ver si se tranquilizaba un poco. El confesor le dijo que mirara por su alma y que no cometiera locuras, que para juzgarla a ella ya estaba Dios.
-Pero Custodita, ¿qué te pasa? –le preguntaba cada noche a su mujer- ¿Es que yo no te basto?
-Es el vino, Savador, que te hace delirar.
-Tú me la pegas, pastorcita. No me vengas con esas.
-Cállate y presta más atención, caramba, que me voy a dormir.
-¿Pero por qué? ¿Qué buscas tú en un hombre?
-Que sea devoto y que se calle cuando hablo yo.
-Tú me engañas, Custodia.
-Lo que tú digas, pero no pares ahora, no...
-Déjame en paz. Ya no me apetece nada, mala mujer.
El supermercado y el seminario de jóvenes creyentes eran los dos sitios que su mujer frecuentaba durante el día. Garrido se apostó todo gallardo en la puerta del Ahorramás, quería echar un ojo a esos mozos del supermercado. Uno de ellos era jorobado, pero bueno, nunca se sabe, y además ésta andaba siempre con el amor a los desvalidos y toda esa parafernalia encubre-engañadoras-de-maridos. Cogió al jorobado por una oreja, le preguntó por su mujer. El chico le dijo que estaba chiflado, el chico tenía un ojo morado al día siguiente.
No, no podía ser. Pero ¿quién?, ¡quién! Sal no dormía por las noches, se emborrachaba los días pares y los impares, perdió su trabajo.
Pero allí estaba, contra viento y marea, Salvador Garrido, en la puerta de la parroquia, esperando a los jovencitos a los que catequizaba su mujer todos los jueves por la tarde.
Empezaron a salir por la puerta de madera labrada. Uno llevaba un bocadillo de salchichón envuelto en papel de plata, otro se explotaba un grano de pus mirándose en un cristal. Ninguno pasaba de los quince. Salvador Garrido se golpea la cabeza contra la puerta de madera labrada.
Su mujer estaba muy preocupada por él, porque ya no comía, ni dormía, ni quería ni suplicándoselo lo que antes acostumbraba a tomar por la fuerza. Aquella noche le preparó su plato de gallinejas, a ver si surtía efecto. Y allí estuvo, en la cocina, deshuesando, limpiando y revolviendo tripas de gallina toda la santa tarde.
El plato humeante espera ya bajo la bombilla de la cocina. Una cucaracha corre bajo la servilleta: Custodia la aplasta con el dedo y el cuerpo del insecto cruje blandamente al abrirse sobre el mantel. Las once y media, Salvador no viene. Anda por ahí buscando al supuesto amante de su mujer. Las gallinejas ya están frías.
-Pero Sal, ¿qué es lo que te pasa? Ya no me acaricias, ni me atas las muñecas con mi rosario, ni nada de nada.
-Encima, cachondeo. ¿Y cómo quieres que todo siga igual, cuando tú vas por ahí riéndote de mí?
-Eres un paranoico, Sal. Estoy hasta el moño. Ya no me mimas, estás muy...
-Que te mime ése, que te mima por el día.
Los amigos de Salvador Garrido le evitaban en la taberna, no querían acabar con la nariz partida por una mujer que había sido monja. Y él gritaba, y pataleaba, y todo el mundo le decía que sí, que tenía razón y que chillara lo que quisiese, porque Salvador Garrido había sido subcampeón de los pesos pesados de la Arganzuela, y del bar a la parada del autobús había un trecho demasiado largo, sin farolas.
Y Sal se imaginaba al presunto amante de su mujer de mil formas distintas, negro o chino, bajito o jugador de petanca, con bigote, yo que sé, como el mismísimo demonio.
-Custodia, cariño.
-¿Qué? ¿Ya te apetece? ¿Ya se te ha pasado?
-No, es sólo que... Aquí huele raro.
-¿Que huele raro? ¿El qué?
-Las sábanas. Las sábanas huelen a chino.
-¿A chino? Dios mío, Salvador, no aguanto más.
Los días pasaban, el impostor no aparecía. Fue a la iglesia, el confesor le dijo que se calmara. Sus amigos tenían razón, andaba persiguiendo fantasmas chinos que sólo existían en su cabeza de perdedor nato.
-Es verdad, Sal. Te la han pegado tantas veces, que ahora que tienes una mujer, que bien buena que es, no te quieres dar cuenta.
-As de oros. ¿Y tú cómo sabes que es buena, eh?
-Ha sido monja, Sal. Las monjas no van por ahí acostándose con la gente. Y ese as es el quinto que sacas, Sal.
-Sí, claro. Tampoco usaban ligueros de encaje, las monjas.
-En serio, Sal. Haznos caso, esto va a acabar contigo. Tómatelo con calma, hombre.
Sus amigos estaban en lo cierto. Custodia era una esposa fiel con nombre de esposa fiel y pequeños pies blancos de esposa fiel. La quería mucho, era sólo que le daba miedo pensar que pudiese perderla.
Salvador Garrido encontraría otro trabajo, le compraría un rosario nuevo, le pediría perdón. Le arrearía con el cilicio y todo volvería a ser como antes.
Entró en el portal. Estaba oscuro, olía a basura, a gato muerto. Por un momento tuvo un pálpito. Qué va, el portero estaba allí, con su radio encendida y su gorra de cuadros.
Se sentía contento y subió galopando los escalones del portal, tan gastados, que se curvaban por la parte del medio. Alguien lanzó un cubo de agua sucia por el hueco de la escalera, el portero soltó un taco. Todo estaba como siempre.
Metió la llave en la cerradura, la giró sin prisas. Por una vez, se limpió los zapatos en el felpudo, estaba de buen humor. No parecía que hubiese nadie, ah sí, su mujer estaba leyendo el Evangelio en el salón. Le dio un beso y se sentó un rato a ver la tele, pero no ponían nada. Entró en el baño a orinar, palpó en la oscuridad buscando el interruptor de la luz. Fue entonces cuando el interruptor dio un brinco. Estaba seguro, el interruptor se había cambiado de sitio, notaba un bulto con la mano. ¿Qué estaba pasando? Algo sonó en la oscuridad, como un sollozo contenido. Por fin encuentra el interruptor, la bombilla se enciende.
Allí, detrás de las toallas. Una pierna, otra. Una calva. Salvador Garrido dio un grito; el confesor salió corriendo al salón, cubriéndose púdicamente con una toalla.
-¡Y lo negabas! ¡Entonces ya me dirás qué es esto! ¿Un champiñón?
-No, un hombre devoto que sabe callar, y que me escucha. Te presento a mi confesor, el Padre Onofre.
El hombre intenta darle la mano, pero no puede porque la tiene ocupada sosteniendo la toallita.
-¡Lo sabía! ¡Sabía que me estabas poniendo los cuernos!
-No, no te los estaba poniendo; pero te pusiste tan pesado, todo el día por ahí vigilando a todo el mundo, que me entraron las ganas. No me hacías caso, y me empecé a aburrir. ¿Qué esperabas?
Después de aquello, Salvador Garrido decidió hacer los votos. Lleva ya varios años dando la misa de los domingos en el Convento de María Inmaculada; así que ahora puede perseguir a todas las monjas que le dé la gana sin que se le escapen. Ya no juega a las cartas, pero su parroquia jura y perjura que sigue oliendo a gallinejas.

© Nina Melero

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