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informe 474
¿QUIERES HACER EL FAVOR DE CALLARTE?
de Arturo Montfort

Si se encuentra con cierta frecuencia que tiene ganas de que Pedro y Ana, sus amigos de toda la vida, se vayan porque lo que desea es echarse sobre el sofá y ver la televisión en paz. Si usted es de los que cuando se les acaba la cuerda encienden la televisión y "desconectan".

Si no encuentra el momento de ir a alguna parte.

Si de vez en cuando le entran unas ganas irresistibles de decirle a su compañero de taller o de oficina, a su conjugue, amante, amigo del alma o acompañante: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

Si piensa que los sueños son eso de lo que uno se despierta.

Si está convencido de que nadie es perfecto, que nacimos y moriremos imperfectos, que ángeles sólo hay en el cielo, que las cosas suceden, que las cosas cambian. Sí, que a veces suceden cosas y que la realidad a veces sale al paso y le saca tarjeta roja a las buenas intenciones. Las buenas intenciones, ya saben, directos al pozo, y ojos que no ven, corazón que no siente, como vulgarmente se dice.

Si sospecha que, al fin de cuentas, todo puede ir mucho peor...

Si usted es de esos que nunca recuerda la excusa que dio la última vez que ahuecó el ala a media fiesta. O de los que, de pronto, cuando el interlocutor empieza a ponerse pesado con tanto bla bla, aparta el teléfono y lo sostiene en el aire, lo suficiente cerca para advertir las pausas (¡si las hay!), y mira con cierta perplejidad el aparato del que sale una voz parecida al desembarco de Normandía.

Y si, con demasiada frecuencia para su gusto (porque es suficiente inteligente como para no entusiasmarse ni siquiera con sus propias fobias) le da mal rollo ir a reunirse con los amigos, familiares y colectivos desfavoridos en general, por no hablar de la típica fiesta de cumpleaños, uno de esos Gran Prix, en el que todos compiten por haber quién se acuesta más tarde y acaban mirándote con conmiseración si alegas que ya está bien, que estas cansaooo, estás hasta el coco de fiesta y tienes ganas de reunirte con tus compas de siempre (los que no hacen preguntas y jamás te interumpen), tu gato, tu caja tonta y tu almohada, y que ese plus de karaoke, auque puntúe para el Gran Prix, puede dañar seriamente tu salud.

Y si suele ocurrir sobre todo cuando abundan esos depredadores de papel couché que buscan sus víctimas entre los que tienen pudor en ponerse a bailar en medio del salón comedor, con el riesgo perpetuo de que alguna bruja (lo siento chicas, pero suele ser una bruja) maniquí y/o anoréxica para más señas, les ridiculicen (y lo hacen, vaya si lo hacen, se alimentan de carne ajena, nunca mejor dicho), y no digamos si es usted mujer y roza los cuarenta y todavía calza una talla aceptable pero esa barriguita empieza a reclamar señas de identidad, y si por todo eso, y más, usted no tiene más remedio que mentir cuando le dice a su pareja ¿Por qué necesitamos a más gente? Nos tenemos el uno al otro. Y, ya que hablamos de su contrayente, si últimamente le asalta con cierta frecuencia la sensación de que no sabe lo que su conjugue está pensando.

Y si, para ser francos, y llamemos a las cosas por su nombre, por favor, no les ve más futuro a muchas de sus relaciones que la de sentarse en su bonito salón comedor, o en el restaurante de turno, dos veces al año, para charlar un poco mientras comen o cenan y toman café. Y comprueba que justo esas dos veces pasan un rato agradable, y verdaderamente no hace falta nada más. Simplemente no se le ocurre imaginar otra cosa, más cosas, ya está bien así, por favor.

Si usted es de esas personas incautas e infelices que, en una reunión social, espera no ser engullida por la vorágine de la banalidad más absoluta, y si esto ya no fuera suficiente, esperan en vano oír su nombre en los dulces labios de su compañero: "Y entonces mi amada esposa (compañera, novia, lucecita de mi corazón, etc.) apareció en mi vida". O que los invitados "estrella" de turno (que siempre los hay) se dignen siquiera a mirarle y, si me apura, a preguntarle, sí, a "usted precisamente" si estudia o trabaja, cómo le va, etcétera. Si hay días que cuando llega a casa cierra los ojos y se apoya en la pila de la cocina. Y luego barre el escurridero con el brazo y manda todos los platos al suelo.

Si usted no es creyente y, además, no cree en nada. Si le sigue sorprendiendo que cuando va a emprender un viaje, aparte de su jefe o su secretaria, su portero y algún que otro colega no tenga a nadie a quien sea preciso advertir de su marcha.

Si por un casual le queda alguna migaja de espíritu crítico y cuando ve a su hijo haciendo el burro le dice a su madre: está bien, no te preocupes. Los dos sabemos que ahora mismo no ganaría ningún concurso de belleza. No es ningún Clark Gable. Pero dale tiempo. Con un poco de suerte, ya sabes, crecerá y se parecerá a su padre. Y a duras penas mantiene el tipo cuando ella pone cara de tierna hiena madre.

Si cuando regresa a casa después de una velada para olvidar y se encuentra con el sofá, exclama ¡El puñetero sofá! Y le dan ganas de no volver a sentarse en él, ni puede imaginarse por más que lo intente que en el pasado se haya tumbado allí para hacer el amor.

Si ha descubierto, por fin, que el tiempo no es un caballero, como dijo un sabio inculto e insulso. O alguna mujer vieja y cansada, quién sabe.

Si usted es de los que al tirar de la toalla o del rollo de papel higiénico para secarse, acerca su cara al espejo, moteado de manchas de dentífrico o de jabón de afeitar, y se mira a los ojos y piensa: simplemente una cara, nada extraordinario.

- Raymond Carver: Catedral, Anagrama, Panorama de narrativas, Barcelona 1988
- Raymond Carver: De qué hablamos cuando hablamos del amor, Compactos Anagrama, Barcelona 2001
- Raymond Carver: Si me necesitas, llámame, Anagrama, Panorama de narrativas, Barcelona 2001
- Raymond Carver: Short Cuts, Compactos Anagrama, Barcelona 2001
- Raymond Carver: Tres rosas amarillas, Compactos Anagrama, Barcelona 1997
- Raymond carver: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Compactos Anagrama, Barcelona, 1997


Bienvenido Mister Marshall, amigo mío. Súbase conmigo, no lo piense más y emprendamos la marcha. No lo dude, Raymond Carver es nuestro hombre, y el viaje vale la pena.

Y si no le ocurren todas esas cosas, sólo algunas, pocas quizás, o ninguna, vete a saber, felicítese, es usted mejor persona de lo que se imaginaba. Y por eso mismo sigue usted necesitando un batacazo, a ver si se despabila, que no entera, oiga. Sí señor. Sigue usted mereciéndose una buena lectura. Simplemente un escritor, nada extraordinario, Raymond Carver, por ejemplo.

de Artur Montfort
Barcelona, abril de 2002


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